Por Laurent Warlouzet*
PARÍS.—Marine Le Pen, líder del partido de extrema derecha Agrupación Nacional (RN) en Francia, ha presentado un programa económico centrado en una rápida consolidación fiscal –más conocida como austeridad–. Con ello, ha roto radicalmente con el pasado de su propio partido y se ha alineado más estrechamente con una tendencia de larga data en la derecha europea.
La iniciativa del RN se produce justo cuando Francia se ve sacudida por las protestas y su gobierno tiene dificultades para que se apruebe un presupuesto por no tener mayoría parlamentaria. La deuda pública se ubica en 119% del PIB, frente a 102% del Reino Unido y a 63% de Alemania, y se prevé que el déficit alcance 5.4% del PIB en 2026. Para reducirlo a 5% en 2027, el gobierno ha anunciado recortes presupuestarios por valor de 54 mil millones de euros (60 mil mdd), que son profundamente impopulares. Le Pen, sin embargo, quiere llevar la austeridad más lejos. Propone que Francia imite el “freno a la deuda” alemán consagrando una “regla de oro” en la Constitución francesa, que tendría que ser aprobada mediante un referéndum. Suspenderla durante un año requeriría un apoyo de 60% en el Parlamento, y hacerlo durante un segundo año requeriría otro referéndum. En consecuencia, Le Pen ha ofrecido una visión populista de la consolidación fiscal.
En lugar de basarse en el modelo tecnocrático habitual, en el que las restricciones fiscales, legales o ambientales se integran en normas difíciles de modificar, Le Pen quiere dotar a la austeridad de un mandato democrático. Este enfoque audaz encierra una importante contradicción política. Para lograr el ahorro prometido, Le Pen tendría que recortar no sólo el gasto relacionado con la inmigración, sino también políticas de bienestar social, como las pensiones y la atención sanitaria (algo que no goza de aceptación). Una de las formas en que Le Pen planea generar ahorro es reduciendo el número de funcionarios públicos. Sin embargo, los votantes de RN suelen exigir más intervención estatal, no menos. Esta contradicción no es exclusiva de Francia. En toda Europa, la derecha nacionalista combina las demandas de una mayor intervención estatal con la austeridad fiscal. El partido RN, Alternativa para Alemania (AfD) y Reform UK coinciden en la necesidad de reducir el gasto público y limitar la deuda pública. Al mismo tiempo, Le Pen se ha cuidado mucho de diferenciarse de AfD. La extrema derecha, antes asociada al radicalismo político y económico, supuestamente se está volviendo más moderada y más “responsable”. Meloni ha cooperado con la UE en varias cuestiones y ha aplicado una política económica cautelosa, y Le Pen hoy intenta su propia “melonización”. Su retórica de cara a las elecciones presidenciales del año que viene está calibrada para tranquilizar a los votantes de centroderecha. Para vender su enorme programa de austeridad, ha invocado nada menos que a Charles de Gaulle.
Lo que Le Pen quiere en realidad es reducir a la mitad la contribución neta de Francia al presupuesto de la UE. Sin embargo, no presenta esta postura como un rechazo revolucionario a Europa, sino como un retorno al nivel de contribuciones netas realizadas durante el gobierno de centroderecha de Jacques Chirac, entre 1995 y 2007. La aparente transformación de Le Pen resulta aún más llamativa por el repudio de su propio pasado político. Le Pen también está intentando borrar el recuerdo de su propio radicalismo antieuropeo. Hace apenas diez años alababa el Brexit y reflexionaba sobre el atractivo de un Frexit. Durante la campaña presidencial de 2017, abogó por que Francia abandonara el euro, sólo para ser humillada por Macron en su decisivo debate televisado.
Es posible que haya aprendido de estas experiencias. Su discurso reciente en el que esbozó sus políticas económicas estuvo repleto de cifras y detalles técnicos. En un momento en el que su partido se ve envuelto en una polémica por los comentarios antisemitas atribuidos a su adjunto, Jordan Bardella, ella proyecta una imagen de responsabilidad fiscal. Sin embargo, el programa de Le Pen podría indicar una transformación más amplia de la extrema derecha europea. Durante décadas, la línea divisoria política en materia de política económica fue relativamente clara: los partidos de centroderecha y liberales defendían la disciplina fiscal y las reformas orientadas al mercado, mientras que la izquierda, y la derecha radical, exigían una mayor protección social e intervención estatal.
Si esta combinación se afianza, Le Pen podría encarnar una nueva alianza entre nacionalismo y neoliberalismo, una asociación que se ha vuelto cada vez más popular en todo el mundo, tal y como muestro en mi libro Liberty, Solidarity, and Community. Pero, como los partidos de extrema derecha obtienen gran parte de su fuerza electoral de los votantes que más tienen que perder con la austeridad, Le Pen tendrá que conciliar la promesa de protección nacional con la realidad de la reducción del gasto público. Su capacidad para lograr ese equilibrio podría determinar no sólo su propio futuro político, sino también el de la derecha nacionalista europea en general.
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*Profesor de Historia en la Universidad de la Sorbona
