EU y el Plan Marshall verde: ¿liderazgo o imposición?

PorRicardo Peraza El mundo se encuentra al borde de un cambio profundo. Brian Deese, quien fuera director del Consejo Económico Nacional de la Casa Blanca, ha propuesto un plan audaz: un nuevo Plan Marshall, pero esta vez enfocado en la energía limpia. Deese, ahora ...

Por Ricardo Peraza

El mundo se encuentra al borde de un cambio profundo. Brian Deese, quien fuera director del Consejo Económico Nacional de la Casa Blanca, ha propuesto un plan audaz: un nuevo Plan Marshall, pero esta vez enfocado en la energía limpia. Deese, ahora asesor de Kamala Harris, sugiere que Estados Unidos debe liderar una cruzada global contra el cambio climático. Deese plantea que la nación más poderosa del mundo tiene la obligación y la oportunidad de encabezar la transición hacia una economía global libre de carbono, y que debe hacerlo de una manera que también beneficie sus propios intereses económicos.

Su propuesta es sencilla, aunque ambiciosa. Estados Unidos debería fabricar productos de energía limpia y venderlos a países en desarrollo, subsidiando estas ventas para facilitar la adopción de estas tecnologías. Deese evoca el Plan Marshall de 1948, que ayudó a reconstruir Europa tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, para sugerir que algo similar podría lograrse hoy en día, pero en el contexto del cambio climático.

El Plan Marshall original fue un éxito rotundo, no sólo porque ayudó a Europa a levantarse de las cenizas, sino también porque cimentó la hegemonía económica y política de Estados Unidos en el mundo. Deese argumenta que un Plan Marshall de energía limpia podría tener un impacto similar: fortalecer la posición de Estados Unidos en un mundo cada vez más fracturado y, al mismo tiempo, abordar el desafío más apremiante de nuestro tiempo.

Sin embargo, lo que, en teoría, suena a una propuesta sensata y generosa, podría encontrar obstáculos significativos en la realidad. Deese sugiere que los productos estadunidenses deberían ocupar un lugar predominante en los mercados de los países en desarrollo. Esta idea, que parece alinearse con un enfoque de nacionalismo económico, podría no ser bien recibida en otras partes del mundo.

Países como Brasil, India e Indonesia, que Deese menciona específicamente, han dejado claro que quieren ser actores clave en la producción de tecnología de energía limpia. No están interesados en depender de Estados Unidos para su desarrollo tecnológico. Es probable que vean esta propuesta como un intento de perpetuar su dependencia y podrían reaccionar con políticas destinadas a fomentar su propia producción nacional, limitando la entrada de productos estadunidenses en sus mercados.

Este tipo de proteccionismo, aunque indeseable, es una realidad política que no puede ser ignorada. A medida que más países busquen desarrollar sus propias capacidades en energía limpia, es probable que la competencia se intensifique, lo que podría llevar a una serie de conflictos comerciales. Además, los aliados tradicionales de Estados Unidos, como Europa, Japón y Corea del Sur, también podrían tener sus objeciones. Ellos han invertido significativamente en sus propias industrias de energía limpia y no querrán que sus mercados sean inundados con productos subsidiados de Estados Unidos.

El riesgo de una guerra comercial es real y las guerras comerciales rara vez terminan bien. Las batallas por los subsidios pueden ser amargas y prolongadas y, en última instancia, perjudican a los consumidores y ralentizan el progreso hacia los objetivos compartidos.

A pesar de estas preocupaciones, Deese cree que Estados Unidos puede ser generoso y, a la vez, proteger sus intereses. Su visión de un Plan Marshall de energía limpia es, en última instancia, una llamada a la acción. Estados Unidos tiene los recursos y la capacidad para liderar el mundo en la transición hacia una economía verde, pero debe hacerlo de manera que también permita a otros países desarrollarse y competir. La competencia, al final, puede ser beneficiosa. Con más actores en el mercado, los precios bajarían y la adopción de tecnologías limpias podría acelerarse beneficiando a todos.

Otro aspecto controvertido de la propuesta de Deese es su idea de utilizar aranceles como herramienta para fomentar la acción climática. Él sugiere que Estados Unidos debería imponer aranceles a los productos importados en función de las emisiones de carbono asociadas con su producción. Esto, según él, no sólo nivelaría el campo de juego para los productores estadunidenses, sino que también incentivaría a otros países a reducir sus emisiones.

Sin embargo, esta idea podría generar resentimiento en el mundo en desarrollo. Desde su perspectiva, Estados Unidos, que históricamente ha sido uno de los mayores emisores de carbono, ahora pretende castigar a otros países por sus emisiones. Este enfoque podría ser visto como una estrategia para desviar la atención de las propias responsabilidades de Estados Unidos y podría alimentar tensiones internacionales en lugar de fomentar la cooperación.

Se menciona que estos aranceles podrían ser utilizados como una herramienta para motivar a los países a adoptar tecnologías limpias estadunidenses. Sin embargo, es probable que los países afectados vean esta medida como un intento de coerción más que como una oferta de ayuda.

A pesar de estas críticas, el plan tiene el mérito de intentar abordar un problema urgente de manera ambiciosa. Sin embargo, para que tenga éxito, Estados Unidos deberá encontrar un equilibrio entre promover sus propios intereses y fomentar una cooperación genuina y equitativa a nivel internacional. La transición a una economía verde es un desafío global y sólo podrá superarse con la colaboración de todos los países, grandes y pequeños, desarrollados y en desarrollo. El Plan Marshall de energía limpia, tal como se propone, podría ser el comienzo de ese esfuerzo, pero deberá ajustarse para evitar caer en los errores del pasado.

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