El regreso a las armas: entre las sombras del nacionalismo y la tormenta del cambio climático

El Foro Económico Mundial lo ha dicho con claridad. En 2025, el mayor riesgo global no será el cambio climático ni la inseguridad alimentaria ni siquiera la ciberseguridad. Será la guerra, ya sea fría o abierta, entre Estados. Un eco de los años más oscuros de la ...

El Foro Económico Mundial lo ha dicho con claridad. En 2025, el mayor riesgo global no será el cambio climático ni la inseguridad alimentaria ni siquiera la ciberseguridad. Será la guerra, ya sea fría o abierta, entre Estados. Un eco de los años más oscuros de la historia, donde la desconfianza y el nacionalismo prendían la chispa de la destrucción. Pero, ahora, una amenaza silenciosa persiste, ignorada mientras el mundo se arma para conflictos que podrían ser imaginarios.

Desde la caída del Muro de Berlín en 1989, el mundo entró en una fase de esperanza. La globalización prometía un futuro de interdependencia económica que evitaría grandes conflictos. Los líderes apostaron por el diálogo, por tratados que reforzaran la cooperación internacional. Pero ese sueño se desmorona. Hoy, las grandes potencias levantan nuevas barreras, se preparan para escenarios de confrontación, y el proteccionismo reemplaza al ideal de integración global.

Estados Unidos, China y Rusia encabezan esta nueva carrera geopolítica. Cada acción es calculada no para construir, sino para evitar que el otro gane ventaja. El proteccionismo económico se utiliza como arma, las fronteras se endurecen, y los tratados internacionales se desmoronan bajo el peso de la desconfianza. Esta dinámica tiene un precio: mientras se destinan recursos colosales a arsenales y tecnologías de defensa, la urgencia climática se ve relegada a un segundo plano.

El cambio climático, que durante años buscaba encabezar las preocupaciones globales, ha sido desplazado por las tensiones entre naciones. Sin embargo, sus efectos son cada vez más devastadores y visibles. En España, inundaciones sin precedentes arrasaron poblaciones enteras. En México, huracanes más fuertes y frecuentes han dejado tras de sí destrucción y pérdida de vidas. En Los Ángeles, los incendios forestales tiñen de rojo los cielos y dejando vastas áreas en cenizas. Estos eventos no son excepciones, sino advertencias de un sistema climático que está colapsando.

A pesar de ello, el foco sigue estando en las amenazas humanas, en la competencia y el miedo. Se desperdician recursos que podrían ser usados en la transición energética, en la reforestación o en la construcción de ciudades resilientes al cambio climático. La paradoja es dolorosamente clara: en lugar de enfrentar la mayor amenaza de nuestro tiempo, nos enfrascamos en divisiones que sólo debilitan nuestra capacidad para sobrevivir como especie.

El cambio climático es un enemigo que no conoce fronteras ni alianzas políticas. Su impacto es global y sus consecuencias, inevitables, a menos que se tomen medidas inmediatas. Los científicos advierten que estamos acercándonos rápidamente a puntos de no retorno: momentos en los que los ecosistemas colapsarán y los cambios serán irreversibles. Sin embargo, las prioridades políticas están marcadas por el corto plazo, por cálculos estratégicos que ignoran la urgencia de salvar el planeta.

El nacionalismo, como una sombra del pasado, resurge con fuerza. En lugar de unirnos frente a una amenaza común, nos dividimos aún más. Los líderes apelan al miedo y al proteccionismo para consolidar su poder, pero esta estrategia, aunque efectiva a corto plazo, es destructiva a largo plazo. Ignora una verdad fundamental: la humanidad no puede permitirse el lujo de estar dividida.

Los paralelismos con los inicios del siglo XX son inquietantes. Una pandemia global que recuerda la devastadora gripe de 1918, una crisis económica que evoca la Gran Depresión, el surgimiento de líderes autoritarios, y el proteccionismo comercial, que socava el comercio internacional. Estos elementos ya nos han llevado antes a un desenlace catastrófico. La historia no sólo advierte, grita. Pero, esta vez, la amenaza no es sólo bélica; es también ambiental.

El cambio climático no es un problema del futuro, es una crisis del presente. Cada año de inacción nos acerca más a un punto donde el daño será irreparable. Los patrones climáticos extremos, desde inundaciones hasta incendios, son un recordatorio constante de que el tiempo se agota.

Si el mundo continúa por este camino, repitiendo los errores del pasado, el desenlace podría ser aún más devastador que las guerras mundiales del siglo pasado. Hemingway, en Adiós a las armas, describió con amarga precisión cómo la guerra devora todo a su paso, dejando un vacío donde antes había esperanza. Hoy, aunque las trincheras han cambiado, el riesgo es el mismo. La batalla no se libra con balas, sino contra un clima que no perdona nuestra negligencia.

La historia está llena de ciclos, pero esta vez romperlos es una cuestión de supervivencia. No podemos darnos el lujo de regresar a las armas mientras la verdadera batalla se libra en los océanos que suben y en los campos que se vuelven estériles. Hemingway entendió que en toda guerra la única victoria es sobrevivir, pero, en este caso, ni siquiera eso está garantizado si no actuamos ahora.

La elección es clara: aprender de los errores o ser recordados como la generación que tuvo la oportunidad de actuar y la dejó pasar. El futuro no espera, y el tiempo para cambiar el curso se agota. Hemingway nos mostró que no hay heroísmo en la destrucción; es hora de demostrar que aún queda humanidad en nuestra lucha por proteger lo que nos queda.

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