El fracaso de la utopía ante el triunfo de la violencia
En las Relaciones Internacionales existen dos grandes vertientes que nos ayudan a comprender las dinámicas en el concierto de las naciones: el Realismo Político y el Idealismo Político.
Por Miguel Alejandro Rivera
Lo bello de las palabras es que, en su estado más puro, no dejan lugar a duda; más allá de la intención o la interpretación, los significados nos ayudan muchísimo a comprender, por ejemplo, procesos políticos que, desde nuestra parte más humana, son incomprensibles.
En las Relaciones Internacionales existen dos grandes vertientes que nos ayudan a comprender las dinámicas en el concierto de las naciones: el Realismo Político y el Idealismo Político. Cada una de estas teorías tiene algunas características principales, aunque, precisamente desde las palabras que las identifican, podemos adelantar cuál es la que termina por ser aquella que rige el sistema mundo y cuál termina por dibujar una utopía.
El Realismo Político tiene sus precedentes en el estudio de filósofos como Thomas Hobbes o Hans Morgenthau, quienes proponían que el Estado debía ser el actor principal de las naciones para garantizar estabilidad.
Gran base del Realismo Político es también la existencia de contrapesos militares en el poder internacional, por lo cuales se mantiene una especie de orden bajo una tensión similar a la que se agravó en la época de la Guerra Fría, es decir: “No conozco a totalidad las potencialidades de mi enemigo, por lo que mantengo mi arsenal en alerta, pero no provoco un caos que después no pueda controlar”.
Con estas premisas tenemos a países pequeños que tienen un poder geopolítico importante por el que mantienen a raya a sus enemigos: quizá Corea del Norte, por ejemplo, no pueda destruir a Estados Unidos, pero sí puede poner de cabeza el mercado de la tecnología internacional con un bombazo a Corea del Sur; lo mismo Irán, que tiene a sus pies el comercio en el Estrecho de Ormuz, o el enorme apoyo que Israel posee de las potencias occidentales.
Bajo esas tensiones se mantiene el orden mundial, según el Realismo, que basa sus preceptos en el poder y en conceptos como la aniquilación mutua asegurada, pues pondera el fin más allá de los medios para conseguirlos; sin embrago, hubo otros teóricos que apostaron a la filosofía humanista, a los principios de la Revolución Francesa, y a la esperanza de que el ser humano pudiera hacerse cargo de forma responsable de otros seres humanos. Así surge el Idealismo Político, como lo dice su nombre, una utopía internacional en la que los países puedan llegar a acuerdos.
Si bien es cierto que esta concepción viene de los catorce puntos de Woodrow Wilson (1918), su auge tiene lugar y tiempo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los líderes mundiales pensaron en estrategias para evitar que de nuevo se diera un conflicto armado de escalas mundiales. Así, en el ideario de las potencias, lideradas por el gran vencedor de la guerra que fue Estados Unidos, surgen instituciones como la Organización de las Naciones Unidas, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, entre otras.
El domingo pasado, la Asamblea General de la ONU aprobó, con 193 votos, el Pacto para el futuro de la humanidad y algunos otros documentos que proponen más de 56 acciones en materia de paz, economía, cambio climático e incluso inteligencia artificial.
Los países firmantes aceptaron los retos que propone el texto, esperando que se revierta el rumbo caótico hacia el que camina el planeta. Sin embargo, personajes como el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, signaron los objetivos, pero fueron críticos ante los pocos avances que, por ejemplo, han representado los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030. “Los ODS fueron el mayor empeño diplomático de los últimos años y van camino de convertirse en nuestro mayor fracaso colectivo”, dijo el mandatario.
En otras palabras, Lula aceptó que el Idealismo Político ha fracasado como modelo internacional. Por otro lado, en Oriente Medio, Israel se empeña en destruir la infraestructura de las naciones musulmanas bajo el pretexto de que persiguen a terroristas en la región; la semana pasada, cuando los bípers y walkie-talkies de miles de personas en Líbano explotaron, el mundo no condenó un acto que, de haber sido ejecutado por cualquier país islamista, hubiese significado un ataque condenado por buena parte de la humanidad.
Ayer, varios bombardeos israelíes contra Líbano dejaron unos 500 fallecidos y miles de desplazados.
Si a esto le sumamos el conflicto en Gaza, la guerra en Ucrania, el hostigamiento a los saharauis, a los kurdos y demás conflictos basados en lo inhumano, decida usted si vivimos en la utopía idealista que busca la ONU o en un realismo donde las potencias destruyen toda ética y moral que pudiese existir en el sistema mundial.
