Desinformación y nacionalismo, el caos en Reino Unido

Por Miguel Alejandro Rivera El fin de semana, Reino Unido sufrió sus peores disturbios en 13 años; todo indica que, en gran medida, fueron causados por la desinformación, rumores y, de fondo, el nacionalismo extremo de un sector social que pretende minimizar su propia ...

Por Miguel Alejandro Rivera

El fin de semana, Reino Unido sufrió sus peores disturbios en 13 años; todo indica que, en gran medida, fueron causados por la desinformación, rumores y, de fondo, el nacionalismo extremo de un sector social que pretende minimizar su propia historia.

El pasado 29 de julio, Axel Rudakubana, de 17 años, atacó a un grupo de niños en Southport, Inglaterra. Tres pequeñas murieron, ocho menores resultaron heridos y dos adultos también terminaron en el hospital. En la localidad donde sucedieron los hechos hubo protestas e incluso los manifestantes quemaron una camioneta de la policía.

Las tensiones escalaron cuando influencers de extrema derecha difundieron el rumor en redes sociales de que el atacante era un migrante islamista, por lo que muchos ultraconservadores salieron a las calles en ciudades como Manchester, Liverpool, Belfast (Irlanda del Norte) y demás localidades británicas para causar destrozos con la misión de violentar extranjeros.

En Rotherham y Tamworth, al menos dos hoteles de alojamiento para migrantes fueron atacados por los extremistas: rompieron puertas y ventanas, prendieron fuego, destruyeron lo poco a lo que aspira una persona que, en busca de mejores oportunidades, deja su patria ante la incógnita que hoy representa el mundo.

Este penoso escenario nos pone ante dos perspectivas; una es el rumor, aunque la policía afirmó que el atacante nació en Gales y proviene de una familia cristiana, el caso muestra cómo las redes sociales son un crisol perfecto para destruir la estabilidad, incluso desde las fantasías. Según medios británicos, los padres del adolescente provienen de Ruanda, lo que tampoco debería ser razón para iniciar una cacería como la que se desató en el país europeo.

Ya lo dijo alguna vez el filósofo Umberto Eco: “Las redes sociales dan voz a una legión de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino”.

No importa si se trata del “primer mundo” o de cualquier país, es claro que la sociedad actual es incapaz de manejar la autocomunicación de masas de la que habla Manuel Castells y que, como ya vimos, empodera demasiado.

En este contexto, tampoco podemos ignorar que ayer el primer ministro laborista, Keir Starmer, que terminó con 14 años de gobiernos conservadores, apenas cumplió un mes en el cargo. ¿Es esta la bienvenida que le dan quienes no están de acuerdo con sus políticas relajadas en cuanto a la migración? Él dio carpetazo a la inhumana iniciativa de su sucesor, Rishi Sunak, de enviar a los migrantes a Ruanda como país seguro, cosa que no les gustó a los extremistas de derecha.

En ese supuesto, las redes de internet se presentan también como un arma destructiva que cualquiera puede usar para manipular u organizar movimientos sociales.

La otra perspectiva es un nacionalismo que niega su historia. Si los británicos que hoy juzgan a los migrantes por un crimen que no cometieron entendieran todas las injusticias que su país cometió en África durante el siglo XIX y en Oriente Medio en el siglo XX, estarían buscando kenianos, somalíes, nigerianos, musulmanes y demás para darles un abrazo y disculparse por el daño que se cometió contra sus pueblos.

A David Livingston y Henry Morton Stanley se les llamó exploradores cuando en el siglo XIX realizaron viajes al continente africano patrocinados por la Royal Geographical Society de Gran Bretaña para buscar mayores tierras y recursos que pudieran poner al servicio de su patria. A los migrantes que escapan de la precariedad en sus naciones en busca de empleo y una vida digna se les llama criminales.

A partir de la Conferencia de Berlín, las potencias europeas determinaron fronteras antinaturales en África que destruyeron la dinámica tribal de muchas sociedades. Genocidios en Ruanda, Kenia o Sudán tienen mucho que ver con el patrocinio de países occidentales a pueblos originarios que aprovecharon ese apoyo para aniquilar con armas modernas a rivales que se quedaron con las lanzas y piedras del pasado.

Qué decir de los recursos y los sembradíos que muchas tribus perdieron porque de pronto el poderoso explorador, también podríamos llamarlo migrante, llegó y dijo: “Me gusta, es mío”.

Asimismo, Gran Bretaña tuvo mucha injerencia en Oriente Medio durante la Primera Guerra Mundial. A través del acuerdo de Sykes-Picot (1916) con Francia, ambos países lograron divisiones internas en la región y afectaron de forma dramática sus dinámicas políticas y sociales, muy similar a lo que sucedió en el caso africano.

¿Entonces por qué odiar al migrante? La historia nos enseña que la Revolución Industrial, el mercantilismo y el imperialismo, conceptos todos instaurados y practicados por Occidente, generaron la migración que hoy experimenta el mundo.

El asesinato de tres niñas fue una tragedia horrenda y no debiera repetirse nunca, pero que eso sea el pretexto para exacerbar el odio contra grupos sociales que no tuvieron la culpa de ser subdesarrollados en el juego del sistema mundo, no tiene ningún sentido, menos aun en un territorio como Gran Bretaña.

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