De muros y murallas
PorLuis Maldonado Venegas * Parece inminente que la reiterada intimidación se convertirá en realidad: el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, levantará un muro en la frontera de su país con México. La construcción de ese muro ha causado sorpresa en ...
Por Luis Maldonado Venegas *
Parece inminente que la reiterada intimidación se convertirá en realidad: el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, levantará un muro en la frontera de su país con México.
La construcción de ese muro ha causado sorpresa en México y el mundo entero, y algo parecido a la indiferencia (por ahora) en amplios sectores de la sociedad norteamericana. Pero el tema cobró fuerza en los prolegómenos de las elecciones intermedias en el país vecino, efectuadas el pasado martes 6 del mes en curso, de las cuales nos ocuparemos en otra ocasión.
Como bien lo señaló hace algunos meses el periodista y escritor Francisco Masse (fue director editorial de la revista Algarabía durante nueve años), la idea del mandatario estadunidense no es ninguna novedad, pues la historia tiene el registro de diversos gobernantes que construyeron grandes murallas para proteger sus imperios, y mantener a raya a invasores e indeseables.
Siete de esas obras singulares asombraron a la humanidad y se mencionan con frecuencia: la Gran Muralla china, que mide la friolera de 21 mil 196 km; el ominoso Muro de Berlín, construido para frenar el éxodo desesperado de quienes huían del estalinismo que gobernó en la entonces República Democrática Alemana; el Muro de los Lamentos, en Jerusalén; el Muro de Adriano (en Inglaterra); la Muralla de Constantinopla, construida por Constantino I para proteger de invasiones a la actual ciudad turca de Estambul; las murallas de lo que fue la ciudad-estado de Dubrovnik (en Croacia), ahora declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y la Gran Muralla de Gorgan (en Irán), la segunda más grande del mundo.
Pero hay otros muros
El escritor y activista político duranguense José Maximiliano Revueltas Sánchez, mejor conocido como José Revueltas (1914-1976), perteneció a una familia cuya raíz genética fue el talento. Entre sus hermanos, Silvestre fue compositor, Fermín fue pintor y Rosaura actriz. Con talento (y dolor) escribió Revueltas varias de sus obras. Una de ellas fue Los Muros de Agua (1941), en la que describe su propia experiencia como recluso (en dos ocasiones) de la cárcel de alta seguridad en las Islas Marías, en el Océano Pacífico. Otra fue El Apando (1969), escrita en su celda de la cárcel de Lecumberri, en donde estuvo preso, acusado de estar involucrado en el movimiento estudiantil de 1968.
Existen otros muros, los mentales, que construyen el miedo y la inseguridad. De ellos se han ocupado muchísimos autores especialistas en diversas disciplinas. Asedian la conducta humana y lastiman las relaciones sociales.
En el caso de Venezuela y su crisis, la periodista venezolana Esmeralda García Ramírez escribió el año pasado, para el sitio web Aporrea, que existen dos grandes macro grupos de trastornos que inducen la génesis de los llamados muros mentales en los seres humanos: la neurosis y la sicosis.
La neurosis, precisó, se refiere a trastornos mentales que distorsionan el pensamiento racional y el funcionamiento adecuado de las personas a nivel social, familiar y laboral. El término sicosis es utilizada en la sicología para referirse a un estado mental descrito como “pérdida de contacto con la realidad”, el cual puede presentar alucinaciones o delirios y exhibir tanto cambios en la personalidad como pensamiento desorganizado.
Si introducimos esos macro grupos en un recipiente adecuado y lo agitamos, bien podemos imaginar el coctel resultante: un muro mental perfecto, sólido, difícil de derrumbar.
Ese título: Los muros mentales, lleva un artículo escrito hace algún tiempo (2011) para el periódico La Vanguardia, por Joana Bonet, brillante escritora y periodista española, actualmente consejera editorial en Prisma Publicaciones (Grupo Planeta).
En su texto, Bonet reconoce que los espacios propios confieren seguridad, y más cuando son tácitamente respetados, porque procuran un sentimiento parecido al de transitar por la vida con una casilla asignada. Aunque concluye: “Hoy hemos vuelto a las puertas y a los tabiques. A los compartimentos y a las casillas. También a los muros mentales que levantamos para mantener nuestro recalcitrante individualismo a pesar de hallarnos bajo la mirada panóptica de infinidad de cámaras y pantallas… Los muros reales nos protegen o nos separan. Los mentales nos extravían”.
* Presidente de la Academia Nacional de Historia y Geografía de la UNAM.
