La conjura contra América

La conducta de Trump contra EU sí parece conjura.

Por: Jaime Rivera Velázquez 

 

 

La novela relata la irrupción en la política de un aviador célebre a finales de la década de 1930, personaje inspirado en Charles Lindbergh, quien fue el primer piloto que cruzó por aire el Océano Atlántico. Aparentemente ajeno a la política, el piloto de pronto se manifiesta a favor de Hitler; compite y sorpresivamente gana la candidatura presidencial del Partido Republicano; luego, contra todos los pronósticos, en 1940 vence al experimentado presidente Franklin D. Roosevelt (después se sabrá que el gobierno alemán había intervenido en la elección a su favor). Ya en el gobierno, Lindbergh rompe protocolos institucionales, es autoritario, segrega a los judíos, fomenta el odio racista.

Con un discurso ultranacionalista y aislacionista (“America First”), abandona a sus aliados europeos, declara la neutralidad de Estados Unidos en la Guerra Mundial y de hecho ayuda disimuladamente a la Alemania nazi. La vida de mucha gente cambia para mal.

La intolerancia, la persecución política y los actos impredecibles del nuevo presidente siembran incertidumbre y miedo. Estados Unidos deja de ser lo que era; para muchos es irreconocible. “Todos los días me hago la misma pregunta −exclama uno de los protagonistas de la novela−, ¿cómo es posible que una cosa así esté ocurriendo en América? ¿Cómo es posible que personas así estén al frente de nuestro país?”. Un joven de la familia que ocupa el centro de la narración se marcha a Canadá para unirse a las fuerzas británicas que enfrentan al nazismo. Muchos otros piensan en abandonar el país. No contaré el desenlace, para no privar del suspenso al eventual lector de la obra. Solamente la recomiendo como una gran novela que, para desgracia de Estados Unidos y del mundo, resultó profética.

Desde que empecé su lectura a finales de 2016, por momentos no distinguía entre los episodios de la novela y las noticias que se acumulaban en 2017. Miraba con azoro que, en la primera y más grande democracia del mundo moderno, sería presidente un personaje que no entiende a la democracia ni respeta sus reglas y valores fundamentales. En la nación que posee la economía más grande del orbe, encabezaría el gobierno un magnate que sólo sabe hacer negocios engañando al socio, al cliente y al gobierno. Más que un empresario eficiente, ha sido un jugador con pocos escrúpulos y mucha suerte. Su método para negociar es la intimidación, el engaño y la imposición. El comandante en jefe de la primera potencia militar del planeta sería un individuo ignorante de la política internacional y que detesta los acuerdos multilaterales; un hombre emocionalmente inestable, intolerante, prejuicioso y egocéntrico. Desde 2016 pensé que era un peligro para la paz mundial. Y para México sería una pesadilla. Dado su inocultable desprecio por los mexicanos, tomaría a nuestro país como blanco fácil para satisfacer las pulsiones más primitivas de sus votantes.

Ahora que Trump ha vuelto a la presidencia, los excesos retóricos, la vulgaridad, las amenazas y los estropicios de su primer período parecen un juego de niños. Su odio a los inmigrantes lo manifiesta con represión policiaca despiadada. Desprecia los cimientos del tradicional federalismo de los Estados Unidos y, cuando puede, atropella la autonomía de los estados.

A la Corte Suprema la intimida para que falle a su favor, y si ésta no lo hace, la insulta. Hacia el exterior, ahora no sólo amenaza a otras naciones: ataca sin miramientos y con desprecio absoluto al derecho internacional.

 Su intervención en Venezuela es arbitraria y contra todo derecho, por más que haya actuado contra un tirano odioso y usurpador. Los ataques a Irán son ilegales, prepotentes y crueles, aunque pocas personas decentes puedan defender al régimen opresivo de los ayatolas.

La conducta de Trump parece, en efecto, una conjura contra América. Una acción desenfrenada para demoler el prestigio y el respeto que los Estados Unidos se han ganado a lo largo de su historia, a pesar de muchos episodios de abusos que su gobierno y una parte de su población han cometido contra otros pueblos.

Los actuales son tiempos oscuros e impredecibles. A pesar de todo, hay esperanza. Quedan la fortaleza de las instituciones democráticas de Estados Unidos, la cultura cívica de sus ciudadanos y el dinamismo de una economía global a prueba de la estupidez provinciana. Tengo esperanza también en la prudencia y firmeza de otras potencias democráticas para contener las ambiciones atrabiliarias y defender lo que subsiste del orden internacional.

Consejero del INE