Actualidad de Juárez
En México brilla por su ausencia una biografía moderna sobre Benito Juárez, a la altura del siglo XXI, en el que ya nos hemos adentrado.
Por Mario Raúl Guzmán*
Al revisar la bibliografía disponible sobre la vida y la obra de Benito Juárez saltan a la vista los intentos por establecer comparaciones y destacar similitudes con otros personajes excepcionales de la historia. Quizá sea Abraham Lincoln el presidente con quien el parangón se traza más frecuentemente a la hora de admirar la tenacidad con que Juárez afrontó numerosas adversidades. El historiador Enrique Krauze advierte, sin embargo, una diferencia que tiene que ver no con las trayectorias singulares de uno y otro estadista, sino con el material al alcance de la mano de los lectores actuales: nuevas biografías rigurosas y estudios exhaustivos acerca de Lincoln aparecen sin cesar en Estados Unidos, enriqueciendo las interpretaciones al indagar en fuentes documentales hasta el momento desconocidas e incorporando enfoques novedosos, que refutan o renuevan puntos de vista sobre aspectos específicos, mientras que en México brilla por su ausencia una biografía moderna sobre Juárez, a la altura del siglo XXI, en el que ya nos hemos adentrado.
Krauze destaca el trabajo monumental de Ralph Roeder (Juárez y su México, Viking Press, 1947; 1ª ed. en español, FCE, México, 1972, 1101 p.), al que califica de muy meritorio y del que celebra la pasión con que fue acometido. En su artículo “Juárez: se solicitan biógrafos” (Reforma, 02-04-2006), Krauze reconoce las investigaciones de varios autores en su tiempo estimables, pero hoy superadas o superables: Francisco Bulnes, Ramón Prida, Carlos Pereyra, Justo Sierra, Andrés Molina Enríquez, Cosío Villegas, José Fuentes Mares. Porque su lista no pretende ser completa quedan fuera varios títulos cuyo propósito es más bien el de la divulgación. En este rubro sobresalen el de Héctor Pérez Martínez (Juárez, el impasible, de 1934; 1ª ed. en el FCE, Colec. Popular, México, 2006, 214 p.), el de Andrés Henestrosa (Los caminos de Juárez, de 1972; 1ª ed. en Lecturas Mexicanas 77, FCE, México, 1985, 150 p.), el de Ermilo Abreu Gómez (Juárez. Su vida contada a los niños, Ediciones de Cultura Popular, México, 1972, 102 p.) y el drama teatral de Franz Werfel (Juárez y Maximiliano, de 1925; 1ª ed. en español, Secretaría de Cultura de Jalisco, Guadalajara, 1993, 177 p. Traducción de Enrique Jiménez. Prólogo de Jorge Luis Borges). No viene al caso mencionar muchos otros trabajos alusivos o enaltecedores del niño indígena que se convirtió en Presidente de la República por obra y gracia de su esfuerzo individual, incluso conviene evitarlos porque participan del relato edificante y persisten en la mitificación tan cara a la historia de bronce.
El libro de Abreu Gómez se libra de tales simplezas y su eficacia probablemente se deba a una premisa desconcertante: todavía no sabemos (los niños, pero no sólo los niños) lo que significa para México la vida y la obra de Benito Juárez. La síntesis que ensaya –en términos que trascienden el afán didáctico– es memorable: “No fue (Juárez) a la vida pública impulsado por deseos de medro, fama o de poder. Fue a ella porque sintió que debía servir a su pueblo (…) Su gobierno estuvo rodeado de amenazas y de sinsabores. La estabilidad de su gobierno y la seguridad de su propia vida estuvieron siempre en peligro. Tuvo que luchar contra enemigos nacionales y extranjeros. Pero ni las derrotas ni los infortunios doblegaron la firmeza de su carácter ni su recia voluntad puesta al servicio de la patria. Jamás fue indiferente ante el dolor ajeno. Tampoco fue indiferente ante el crimen. Supo así condenar al malvado y enaltecer al virtuoso. Su tenacidad logró vencer, para bien de la patria, a los enemigos que se habían confabulado contra ella. Su presencia fue siempre la garantía de la sobrevivencia del pueblo de México”.
Palabras que es menester poner de relieve, al lado de las siguientes de Henestrosa: “La leyenda juarista es muy rica. Tanto como su historia. Y las dos se confunden. Porque es claro que la leyenda, el mito y la fábula son también maneras de la verdad. Nacen de la verdad. Un hombre que lleva al cabo hazañas legendarias es, virtualmente, capaz de realizarlas fabulosas, mitológicas y legendarias. En vista de lo que realizó, se le pueden atribuir hasta hechos imposibles”. La garantía de la sobrevivencia del pueblo mexicano. Palabras para la reflexión en horas aciagas. Juárez, al dirigirse a la multitud en Querétaro el 5 de mayo de 1867, aniversario de la Batalla de Puebla, las diría en un axioma: “…al afianzarse la República se afianza la soberanía nacional”. Él tenía claro que la soberanía reside en el pueblo y que en una república la única fuente de legitimidad es el voto, de ahí que insistiera con sus colaboradores más cercanos, en especial Sebastián Lerdo de Tejada, en que debían convocar a elecciones para garantizar la legitimidad de su gobierno. “En esta mesa todos somos juaristas, señor Presidente”, dijo José María Iglesias. “¡Eso no! −exclamó Juárez−. En esta mesa todos somos republicanos, no juaristas. Si el designio del pueblo es que otro los gobierne, todos seremos dóciles a la voluntad ciudadana”.
Sobre la tierra firme de esa convicción podría entonces emprenderse la construcción de una nación con la cohesión suficiente para arrostrar cualquier designio de vasallaje: “(…) México no es lugar donde venir a buscar aventura ni provocar batalla para someter a un pueblo a la esclavitud”.
No deja de ser significativo que la primera edición del libro de Pérez Martínez (1934) lleve prólogo de José Manuel Puig Casauranc, secretario de Relaciones Exteriores de aquel entonces, en que la nación mexicana se disponía, acaso sin aún saberlo, a la consecución de una hazaña histórica ante la voracidad de las fuerzas imperiales anglosajonas. No en balde la afirmación del autor de Juárez, el impasible: “La figura de Juárez cobra hoy, no sólo para México, sino para América misma, un valor trascendental (…) Él, como nosotros, luchó por afirmar sus principios; combatió una intervención extranjera; levantó la esperanza en una patria insigne y respetable”. Tal es, en eso radica la actualidad de Juárez. Krauze tendrá sus razones para apuntar que Juárez es “ese personaje tan omnipresente como misterioso”. Para nosotros Juárez es sencillamente el protagonista en la hora de la afirmación soberana.
Frente a la agresión y las amenazas contra el pueblo y el gobierno de México vociferadas por el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y sin pasar por alto la carga racista de sus insultos, desgañitados en todos los foros desde que ganó la candidatura del partido republicano hasta el día de hoy que despacha oficialmente en Washington, la reciedumbre de Benito Juárez se alza como el símbolo mayor de la voluntad de los mexicanos por persistir como nación que no se arredra ante la soberbia diplomática, económica y militar de ninguna potencia, especialmente la que linda con nuestra frontera norte. Se alza o debería alzarse, porque un signo de los tiempos es el advertido por una reportera que visitó la tumba de Juárez en el panteón de San Fernando en la calle de Héroes, en la colonia Guerrero de la capital del país.
Las ceremonias que se realizan en memoria de Juárez fueron perdiendo importancia, relata, y “ya no asiste el Presidente, sino el secretario de Gobernación o el jefe de Gobierno, y algunos empleados de la delegación Cuauhtémoc” (Cristina Hernández, “Los presidentes ya no visitan a Benito Juárez”, en El Universal, 22-03-2016).
Juárez... “Su carácter fue su destino”. Estas palabras, dichas con brillo sintético por un raro cuentista al referirse a uno de sus personajes, son las proferidas por Borges al aludir al Maximiliano de Franz Werfel. Podríamos asimismo emplearlas al hablar de su enemigo, el zapoteca de Guelatao.
*Editor y escritor
