¿Punto de no retorno en Ucrania?

DESAFÍOS DEL ORDEN MUNDIAL

Opinión del experto Global

Opinión del experto Global

Amos Olvera Palomino

La evolución del conflicto sugiere que para una parte creciente de las élites político-militares rusas la neutralidad de Ucrania ya no sería suficiente. Si esa percepción termina consolidándose, la guerra podría dejar de orientarse hacia una negociación y avanzar hacia la desaparición del Estado ucraniano en la configuración política surgida tras 1991.

Hoy examinamos una pregunta que hasta hace poco parecía impensable: ¿está cambiando la naturaleza misma de la guerra en Ucrania? Lo que comenzó como una disputa sobre fronteras, neutralidad y seguridad podría estar evolucionando hacia un conflicto cuyo desenlace ya no dependa únicamente de quién controle determinados territorios, sino de qué clase de Estado ucraniano podrá existir al finalizar la guerra.

Durante más de cuatro años, la discusión sobre la guerra en Ucrania estuvo dominada por preguntas inmediatas: quién avanzaba unos kilómetros más, qué paquete de ayuda aprobaba Occidente o qué nuevo sistema de armas llegaba al frente. Sin embargo, los acontecimientos de las últimas semanas sugieren que la naturaleza misma del conflicto está cambiando.

Ya no parece tratarse únicamente de una guerra por territorio.

Comienza a perfilarse como una guerra sobre la existencia futura del Estado ucraniano tal como fue concebido después de 1991.

Esta afirmación puede parecer extrema dentro de la narrativa predominante en Occidente, pero adquiere otra dimensión cuando se observa la evolución del pensamiento estratégico ruso durante casi dos décadas y no únicamente los acontecimientos de las últimas semanas.

Mucho antes del Maidán de 2014, Moscú venía advirtiendo que la expansión de la OTAN hacia sus fronteras constituía una amenaza existencial. El discurso pronunciado por Vladimir Putin en la Conferencia de Seguridad de Múnich en 2007 marcó un punto de inflexión. A partir de entonces, Rusia dejó de hablar únicamente de desacuerdos diplomáticos para comenzar a plantear un conflicto de naturaleza estructural con el orden de seguridad europeo surgido tras la Guerra Fría.

En paralelo surgieron los BRICS como una expresión del nuevo equilibrio internacional, mientras Rusia profundizaba su asociación estratégica con China. Desde entonces, diversos analistas rusos —como Rostislav Ischenko, entre otros— comenzaron a sostener que Moscú necesitaba ganar tiempo para fortalecer sus capacidades antes de un enfrentamiento que consideraban cada vez más probable.

Desde esa perspectiva histórica, la guerra iniciada en 2022 no representa un episodio aislado, sino la culminación de un largo proceso de deterioro de las relaciones entre Rusia y Occidente.

También explica por qué los objetivos rusos parecen haber evolucionado.

En los primeros meses del conflicto, uno de los principales objetivos declarados por Moscú era garantizar la neutralidad permanente de Ucrania. Aquella exigencia ocupaba el centro de las negociaciones celebradas en Estambul durante 2022.

Hoy esa condición parece haber pasado a un segundo plano.

El discurso oficial ruso insiste cada vez menos en la neutralidad y cada vez más en que las operaciones militares continuarán hasta alcanzar plenamente los objetivos estratégicos de la denominada Operación Militar Especial.

No es un cambio menor.

Para una parte creciente de las élites político-militares rusas, Ucrania habría dejado de ser un país cuya orientación internacional pudiera corregirse mediante acuerdos diplomáticos para convertirse en una plataforma permanente desde la cual Occidente podría amenazar nuevamente la seguridad de Rusia.

Si esa percepción termina consolidándose, las implicaciones serían profundas.

En las últimas semanas se observa una intensificación de los ataques rusos contra infraestructura logística, energética, portuaria e industrial ucraniana, mientras Kiev incrementa sus operaciones de largo alcance contra infraestructura económica, comercial y objetivos civiles dentro del territorio ruso. Ambos bandos parecen haber entrado en una nueva fase de desgaste estratégico.

Para Ucrania, sometida a un enorme desgaste humano y material, el tiempo constituye probablemente su principal recurso estratégico.

Para Rusia, en cambio, el cálculo parece distinto.

La cuestión ya no sería únicamente derrotar militarmente al ejército ucraniano, sino impedir que vuelva a existir, en el futuro, un Estado capaz de convertirse nuevamente en una plataforma militar hostil.

Es aquí donde adquiere relevancia una analogía histórica.

Marco Porcio Catón el Viejo concluía todos sus discursos en el Senado romano con la misma frase, independientemente del tema que se discutiera:

Carthago delenda est.

Cartago debe ser destruida.

No porque Roma buscara simplemente derrotar a Cartago en el campo de batalla, sino porque había llegado a la conclusión de que mientras Cartago continuara existiendo como potencia rival, Roma jamás disfrutaría de una seguridad duradera.

Naturalmente, la historia nunca se repite de manera mecánica y toda analogía tiene límites.

No afirmamos que esa sea hoy la política oficial del Kremlin.

Lo que sostenemos es que la dinámica acumulativa de la guerra podría conducir gradualmente a una parte del liderazgo ruso a una conclusión estratégica semejante: que mientras exista un Estado ucraniano organizado como plataforma militar permanente de Occidente, ninguna victoria rusa será definitiva.

En ese escenario, el problema dejaría de ser únicamente la desmilitarización o incluso la llamada "desnazificación".

La cuestión pasaría a ser mucho más profunda: impedir que sobrevivan las condiciones políticas y militares que hicieron posible el conflicto.

Ello podría traducirse en escenarios que hace apenas dos años parecían impensables: una capitulación militar de Ucrania, una profunda reorganización territorial e incluso la desaparición del Estado ucraniano en la forma política que surgió tras la independencia de 1991, con una eventual reconfiguración de algunas regiones conforme a realidades históricas anteriores.

Se trata, por supuesto, de una hipótesis analítica, no de una decisión oficialmente anunciada por Moscú.

Pero precisamente por eso merece atención.

Paradójicamente, mientras Washington parece buscar una salida que reduzca los costos estratégicos de su involucramiento, Europa ha terminado convirtiendo esta guerra de delegación en una cuestión existencial para su propia arquitectura de seguridad.

La paradoja histórica resulta evidente.

Estados Unidos impulsó decisivamente el cambio político ocurrido en Kiev en 2014, pese a las reservas manifestadas entonces por varios gobiernos europeos. La célebre frase atribuida a Victoria Nuland durante aquellos acontecimientos —"Que se joda Europa"— sintetizó con crudeza esa diferencia de prioridades.

Hoy el panorama parece invertirse.

Washington busca márgenes de maniobra.

Europa aparece cada vez más comprometida con una guerra cuyo desenlace podría redefinir el equilibrio geopolítico del continente durante varias décadas.

Existe además otro elemento que suele pasar desapercibido.

En algunos círculos occidentales persiste la expectativa de que un eventual desgaste interno provoque la caída de Vladimir Putin.

Sin embargo, esa hipótesis podría contener un grave error de cálculo.

Nada garantiza que un eventual relevo en el Kremlin condujera a posiciones más conciliadoras.

Por el contrario, no puede descartarse que un liderazgo menos prudente concluyera que la guerra debe terminar de manera mucho más rápida y contundente, recurriendo a la enorme superioridad convencional acumulada por Rusia durante estos años, sin necesidad siquiera de considerar el empleo de armas nucleares.

Las guerras largas rara vez concluyen persiguiendo exactamente los mismos objetivos con los que comenzaron.

Y cuando uno de los contendientes llega a la conclusión de que su propia seguridad futura exige transformar por completo la realidad política del adversario, el conflicto entra en una fase distinta.

Quizá por eso la pregunta más importante ya no sea cuánto tiempo más durará esta guerra.

La verdadera cuestión es otra.

¿Nos estamos acercando al punto de no retorno?

Amos Olvera Palomino 

*Analista amosop@hotmail.com

 @PalominoAmos

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