Energía nuclear: el retorno estratégico entre Europa y Estados Unidos
DESAFÍOS DEL ORDEN MUNDIAL

Opinión del experto Global
AMOS OLVERA PALOMINO
Durante años, la transición energética global se construyó sobre una premisa políticamente dominante, pero estratégicamente incompleta: sustituir aceleradamente los combustibles fósiles por energías renovables, relegando progresivamente la energía nuclear. Sin embargo, en un entorno de tensiones geopolíticas crecientes y presión sobre la demanda eléctrica, esa narrativa comienza a desmoronarse. Con el tiempo, la realidad económica y estratégica se ha impuesto.
Diversos análisis recientes lo confirman. En American Thinker, Thomas Kolbe advierte que Europa quedó atrapada en una “trampa ideológica” al subordinar su política energética a un marco rígido. En paralelo, en The National Interest, autores como Nick Loris y Sungyeol Choi describen un giro distinto en Estados Unidos: un modelo energético que, en esencia, responde a la demanda, la innovación tecnológica y la competencia global.
El contraste es claro.
En Estados Unidos, gradualmente, se consolida un renacimiento nuclear basado en reactores modulares pequeños (SMR). Esta tecnología —más flexible, escalable y con menores costos potenciales— no solo responde a objetivos climáticos, sino a una necesidad estructural: garantizar suministro eléctrico constante en un entorno de demanda creciente. El auge de la inteligencia artificial y los centros de datos ha alterado la ecuación energética. Empresas como Google, Meta y Microsoft requieren energía firme, continua y en grandes volúmenes; condiciones que las renovables intermitentes no pueden asegurar por sí solas.
Bajo estas condiciones, la energía nuclear deja de ser una opción ideológica para convertirse en infraestructura estratégica.
No obstante, el obstáculo en Estados Unidos no ha sido tecnológico, sino regulatorio. Durante décadas, la Nuclear Regulatory Commission ha operado bajo esquemas diseñados para reactores tradicionales, ralentizando la adopción de nuevas tecnologías. En este punto, iniciativas a nivel estatal comienzan a marcar un cambio relevante.
El caso de Florida resulta particularmente ilustrativo. Una propuesta legislativa, analizada en The National Interest, busca otorgar a las autoridades estatales un papel más activo en la supervisión y permisos de reactores avanzados. El objetivo es claro: reducir tiempos y costos mediante un enfoque basado en evaluación de riesgos, sin comprometer estándares de seguridad. De consolidarse, este modelo podría replicarse en otros estados y acelerar, de manera significativa, el despliegue nuclear en Estados Unidos.
Sin embargo, persiste un desafío estructural: la capacidad industrial. Tras décadas de baja construcción, la cadena de suministro nuclear estadounidense se ha debilitado. Aquí es donde entra Corea del Sur como actor clave. Como señala Sungyeol Choi, la industria surcoreana mantiene capacidades completas de diseño, manufactura y construcción, lo que la posiciona como socio estratégico para escalar la producción de SMR. En referencia a esta posible alianza, lo que se configura es una lógica más amplia: reconstruir capacidades industriales dentro de un bloque aliado para competir frente a China y Rusia.
Mientras tanto, Europa enfrenta las consecuencias de decisiones adoptadas bajo una lógica distinta.
Durante más de una década, especialmente tras Fukushima, países como Alemania optaron por abandonar la energía nuclear, apostando por renovables y, de manera implícita, por el suministro de gas ruso barato. Este equilibrio, que en apariencia resultaba funcional, terminó por revelar su fragilidad. Al desaparecer el gas ruso como factor estabilizador, quedó expuesta la vulnerabilidad estructural del modelo energético europeo.
Francia, que mantuvo su capacidad nuclear, logró amortiguar parcialmente ese impacto. Alemania, en cambio, ha experimentado una reducción en su producción eléctrica y una creciente dependencia de importaciones, con efectos directos en costos y competitividad. En términos prácticos, limitar la capacidad energética propia ha tenido consecuencias económicas y estratégicas.
Con el paso de los meses, incluso desde Bruselas, este enfoque comenzó a ser cuestionado. En marzo de 2026, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, reconoció —según Reuters— que reducir la energía nuclear fue “un error estratégico”, al haber abandonado una fuente fiable, asequible y baja en emisiones. Se trata de una admisión significativa, aunque tardía.
A partir de ahí, la Comisión Europea ha comenzado a respaldar nuevos proyectos nucleares en países como Francia, Polonia o la República Checa. Sin embargo, los recursos asignados siguen siendo limitados frente a la magnitud del rezago acumulado. Eventualmente, Europa deberá reconstruir capacidades que desmanteló durante años.
La cuestión de fondo trasciende la discusión energética. Se trata, fundamentalmente, de poder. La energía es la base de la producción industrial, la estabilidad social y la autonomía política. Cualquier restricción autoimpuesta en este ámbito se traduce, inevitablemente, en pérdida de influencia.
Estados Unidos parece haber internalizado esta lógica. Su estrategia energética combina expansión de hidrocarburos, impulso nuclear y alianzas industriales, todo orientado a garantizar capacidad suficiente para sostener su liderazgo tecnológico y económico. En ese sentido, la energía nuclear se integra como pieza clave de una arquitectura de poder más amplia.
Europa, en cambio, se encuentra en una fase de corrección. El reconocimiento del error por parte de Ursula von der Leyen marca un cambio de discurso, pero no resuelve de inmediato las consecuencias estructurales.
En definitiva, la energía nuclear ha dejado de ser el “tabú” de la transición verde para convertirse en su complemento indispensable. No sustituye a las renovables, pero sí las estabiliza. Sin ella, cualquier sistema energético avanzado corre el riesgo de volverse intermitente, costoso y vulnerable.
En el nuevo tablero global, la energía vuelve a ser sinónimo de poder. No se trata únicamente de descarbonizar, sino de sostener economías complejas en un entorno de competencia estratégica. En este punto, la diferencia entre pragmatismo e ideología deja de ser un debate teórico para convertirse en un factor decisivo de posicionamiento internacional.
Con el tiempo, los países que aseguraron su base energética —diversificada, estable y tecnológicamente viable— tendrán ventaja. Aquellos que la sacrificaron en nombre de la narrativa enfrentarán no solo costos económicos, sino una erosión progresiva de su capacidad de influencia.
Amos Olvera Palomino
*Analista amosop@hotmail.com
@PalominoAmos