Felicidad sin escalas
Todos queremos vivir tranquilos. Que nadie nos moleste, que no haya de qué preocuparse, que sólo nos ocupe ser “felices”, como en las películas con final feliz. La ilusión de no tener preocupaciones es una fijación que nos impide —en muchas ocasiones— resolver conflictos, aprovechar el presente… crecer. Entender que la vida es también lucha, y que la tristeza, la frustración, los roces son parte de la cotidianidad, y que esa felicidad soñada es también parte del imaginario colectivo. No somos los únicos: ese otro al que le damos la espalda o al que ni siquiera consideramos desea tanto como nosotros no tener aflicción alguna.
Nos enseñan a soñar “a ser felices”, pero nadie nos explica cómo, parecería que tenemos que seguir esperando a las hadas madrinas, a los magos, a los astros, a las brujas buenas o malas, a los dioses y santos que lleguen en avión a cumplirnos y hacernos el milagrito con un conjuro mágico, no con esfuerzo ni dedicación ni trabajo. Entonces, volteamos al santito de cabeza para conseguir novio, guardamos el dólar en el monedero para tener dinero, comemos lentejas para llamar a la abundancia, nos leemos las cartas para reiterar que sí seremos felices, pronto, algún día.
Prendemos veladoras para pedir que no nos pase nada malo, pero permitimos que el vieneviene nos cobre por estacionarnos en un espacio público. Nos encomendamos a Dios y le pedimos que cambie el sistema político, pero damos mordida porque para qué complicarnos la existencia y hacer las cosas de la manera correcta. Leemos el horóscopo y entendemos que ahora que se alineen los astros sí encontraremos el trabajo de nuestra vida, no porque estemos preparados sino porque alguien nos echará la manita, claro, únicamente le tenemos que dar una lanita, pero es la seguridad de tener una plaza de por vida de lo que sea nos augura la verdadera felicidad. Nos hacemos cartas astrales para que nos digan que Acuario está en Venus y que nos despreocupemos de la inflación y del tráfico. No nos gustan los caminos largos, preferimos la varita mágica o frotar la lámpara de cualquier mago que nos augure el “seremos felices para siempre”.
Por qué les enseñamos a nuestros hijos que se merecen todo, en lugar de educarlos a esforzarse, a pensar y actuar. Por qué les inculcamos que se encomienden al Señor en lugar de que se encomienden al conocimiento. Creemos que la felicidad se pide por teléfono y que si llega 20 minutos tarde nos saldrá gratis. Y así pasan los días, se acaban las veladoras, se reacomodan los astros, cambiamos del año chino de la cabra al del mono de fuego, y entonces decidimos “darle” otra oportunidad a la vida para recompensarnos —ahora sí— pero sin que ello implique que tengamos que actuar, hacer, defender, luchar, proteger, confrontar, cuestionar, exigir, dar… Eso si no: uno está para que nos den y nos hagan, no para dar y compartir.
Queremos una sociedad más justa, pero que nos caiga del cielo y que tampoco nos pida demasiadas responsabilidades, si no qué flojera: si se trata de recibir lo que nos merecemos, lo que los otros —esos que impiden nuestra felicidad— están obligados a darnos. Nadie está dispuesto a hacer, a trabajar, a perder. Todos siempre quieren ganar en una sola exhibición, en lugar de crecer e ir ganando. Esperamos que la felicidad nos llegue en paquetería a nuestro domicilio y gratis. Nadie quiere pagar “el precio”, sin darse cuenta que esa pasividad también remite facturas.
Como los astros y el tarot nos fallan, al igual que el sistema, el gobierno y los poderes fácticos, familia, amor, riqueza… entonces nos volvemos apáticos. Nos frustra la espera y, en lugar de actuar para ver si en una de esas hasta somos capaces de construir un algo que nos motive, que nos conecte con los otros, que nos descubra nuevas posibilidades, que nos invite a aprender, simplemente dejamos de hacer, nos volcamos a la queja y nos volvemos apáticos; porque si no vamos a “ganar” nada, entonces tampoco vamos a perder nada.
Y así desactivamos nuestros motores y dejamos que la vida nos pase por encima sin ser capaces de pelear ni de crecer ni de hacer. Por qué no se nos enseña desde niños a construir la felicidad, a protegerla, a defenderla, a inventarla. Quizá porque aprenderíamos a crear comunidad, se nos despertaría la ferocidad, nos haríamos más críticos, solidarios, combatientes y entonces sí defenderíamos la felicidad contra sometimientos, injusticias, corruptelas en lugar de esperar a que nos toque a la puerta… Y eso, parece, haría muy infelices a los que encuentran la “felicidad” a costa del bienestar de la mayoría.
