Si no nos fuéramos superando, seguiríamos en las cavernas
El concepto clásico de familia, entendida como la célula básica de la sociedad, ha evolucionado en los últimos sesenta años. Aún falta mucho para llegar a un reconocimiento total. Una visión sin homofobia, más sana, más acorde con los tiempos que vivimos y sin el ...
El concepto clásico de familia, entendida como la célula básica de la sociedad, ha evolucionado en los últimos sesenta años. Aún falta mucho para llegar a un reconocimiento total. Una visión sin homofobia, más sana, más acorde con los tiempos que vivimos y sin el yugo y los atavismos que le impone la Iglesia.
Salvo en las retrogradas sociedades del ámbito árabe, las tiranías de distintos colores y credos o las cada vez más empobrecidas comunidades del tercer mundo, en Occidente nos hemos ido abriendo y las legislaciones más avanzadas caminan hacia la legalización del matrimonio entre parejas del mismo sexo y a otorgarle a estas uniones la igualdad de derechos y obligaciones. No entiendo por qué nos extraña tanto, no alcanzo a comprender cuál es la razón para que el amor se coarte o incluso se prohíba, cuando, en esencia, la carencia más grande de la humanidad es, precisamente, de amor y la buena voluntad entre todos los seres humanos.
Defender ciegamente las tradiciones nos ata al pasado. Considerar únicamente correcta la familia compuesta por un padre y una madre con sus hijos, sería tan absurdo como aceptar hoy la esclavitud, o la inquisición, o el apartheid, esas manifestaciones también son tradicionales y no por ello dejan de ser abominables, horribles costumbres cubiertas de la más egoísta ignorancia. La familia tradicional puede ser maravillosa, muchas los son, pero no es la forma exclusiva de convivencia. Un ser humano es un ser humano y sin importar su sexo puede enamorarse de quien quiera, homosexual no es sinónimo de pervertido, de la misma manera que heterosexual no significa decente. En un país donde tenemos más de treinta mil niños abandonados cada año, es inexplicable la polémica contra la adopción por parte de parejas homosexuales. Lo que esos niños necesitan es amor, cariño, mimos, atención, pan y cobijo. Negarse a esa evidencia enarbolando la palabra de Dios, es un acto de crueldad, otro más de los muchos que se cometen en su nombre.
Los gobiernos y especialmente los legisladores deben ser totalmente laicos y no pueden venderse a los dogmas de las iglesias, por demás arcaicos y plenos de homofobia, basta ver la denigración que hacen de la mujer, considerándola un cero a la izquierda. Todo es cuestión de educación, de preparación y apertura mental, si la mujer pudiera decidir sobre su cuerpo apoyada en una ley sobre el aborto, moderna e inteligente, si pudiera exigir la responsabilidad paterna cuando al quedar embarazada decide tener a su bebé, si los centros de adopción fueran más activos y menos burocráticos, quizá muchos niños de ésos que vemos olvidados en las calles estarían felices en alguna familia de cualquier tipo.
Hoy, que está tan en boga la inclusión, que nos ponemos necios con el lenguaje creyendo que en un “elle” está la clave, es tiempo de abrir la mente y dar un verdadero paso evolutivo, dejando atrás los atavismos impuestos por credos o costumbres que no corresponden con la realidad. Inclusivo es la aceptación de lo diferente, en lo sexual, en lo racial y, si me apuran, en lo cultural y en lo moral. Todo el mundo tiene derecho a percibirse como mejor le plazca, siempre y cuando nadie me obligue a mí a adivinar su percepción y tratarlo de una manera determinada. No estar de acuerdo con algo no significa forzosamente que estamos en contra, al final, es una vez más cuestión de educación y respeto.
Algún día la humanidad entenderá el terrible daño que la fe le ha causado. Hoy me regocijo con Islandia, dónde ninguna persona de veinticinco años o menos cree en algún creador o profesa una religión; es el primer país con una generación 100% atea. Por favor, vean su estilo de vida, la renta per cápita, el nivel cultural y comprenderán por qué digo que todo empieza en la educación.
