¡Nos urge lavar el tinaco!
• México está ya muy dividido, urge un cambio de estrategia, porque hace falta alguien o quizá muchos que ayuden a lavar este tinaco
DE POLÍTICA Y COSAS MÁS SUCIAS
Cinco mil litros de agua limpia se contaminan con medio litro de sangre o con unos gramos de heces fecales; desde luego, nadie querría beberla si conociese la mezcla. Así, como esa suciedad en el agua, se aferra la idea en los cerebros lavados por el populismo. La receta ha sido la misma a lo largo de la historia y a veces, aun con distinta base, la cuidadosa aplicación de los ingredientes logra idénticos resultados, en parte porque destruir siempre es más fácil que construir.
México es uno de los países con peor nivel de educación, la ignorancia es una pandemia. Somos una sociedad brutalmente desigual, a esto debe sumarse un racismo y un clasismo histórico y, quizá, porque somos también un pueblo tremendamente acomplejado y falto de un sentido claro de identidad. La mexicanidad aflora más fácilmente en el chile, en el albur, las máscaras de la lucha libre, la fanática euforia cantando nuestro belicoso Himno, nuestra música cargada de machismo y de resignación y en ese patriarcado ancestral de los gobiernos creadores de subsidios y de limosnas para matar el hambre de hoy con dos tortillas, garantizando la pobreza y la dependencia por siempre.
En América Latina ocurre tres cuartos de lo mismo, existe un caldo de cultivo ideal, perfecto para las izquierdas populistas del siglo XXI, cuya única cualidad es esa capacidad embaucadora, a veces mística y hasta paternal. Ese Don tan común en estas latitudes de dominar el lenguaje de los ignorantes y entrar en sus cabezas con el juramento de la tierra prometida, con la falacia del amor y la solidaridad, con la perversión de saber que aun sus sueños más grandiosos y elocuentes acaban por justa concatenación en eso, en vacía grandilocuencia, dialéctica estudiada para pobres con hambre.
Nuestro Presidente es un trabajador incansable y el más terco perseguidor de su megalomanía con una necesidad patológica de poder y gloria; aunque se ha pateado el país de cabo a rabo, conoce sus miserias desde Mérida a Ensenada, conoce sus debilidades, sus carencias, pero también sus inquinas, sus odios y sus resentimientos, y él, que es el amo en ese manejo, ha sabido sembrar y abonar cada día esa semilla de la venganza, justo en un pueblo que aún le cree y le sigue desde la ceguera del desconocimiento. Tan hábil, que hace años le creímos la mayoría, y hoy, que lo vemos desnudo ante su propia incapacidad, que lo vimos dar pena ante Biden y que en su eterna campaña no suelta el altavoz para mantener su palabra viva mañana a mañana; así, se va mostrando sin piel, sin túnica, y lo que tenemos hoy en México es mucha sangre. Ésa que corrompió y acabó de ensuciar nuestros tinacos, los de todos, ésa que mancilla las certezas y arrastra al fanatismo a una horda de feligreses, hambrientos y encabronados. Y ese pueblo furioso, con hambre y sin más aliciente que alguna beca o alguna limosna, ese es el tigre del que hablaba hace un siglo Porfirio Díaz.
México está ya muy dividido, urge un cambio de estrategia, porque hace falta alguien o quizá muchos que ayuden a lavar este tinaco. Hoy aquí se ha perdido incluso aquella romántica idea de la solidaridad. Las circunstancias, ya las malísimas de este momento y peores aún las que vienen, hacen pensar en el pillaje, el vandalismo y la muerte. El problema es que lavar ese tinaco de los cinco mil litros de agua y mucha suciedad implica, quizá, tener que volver a empezar, vaciar, romper y llenarlo de nuevo. Ésa sería la tragedia de la confrontación y en ella ya no quedará continente suficiente ni para el agua limpia ni para la basura.
Bendito mi país que ha tenido la elasticidad y la grandeza de mantenerse vivo, a pesar del PRI, del PAN, del PRD, de estos improvisados de Morena, de los otros partidos y, lastimosamente, de los propios mexicanos que vivimos empeñados en darnos en la madre.
