Como la vida misma
Un perro no miente. No traiciona. No presume. Ama sin condiciones y, cuando se entrega, lo hace con la certeza de quien no necesita cláusulas ni garantías.
AMORES PERROS
No les hablaré de la joya cinematográfica de Iñárritu y Arriaga —que podría—. Hace un rato, mientras intentaba escribir esta columna, Lulú se me instaló a los pies y me obligó a salir al parque. La entiendo muy bien, y eso le debo: acabo siempre por ser yo el paseado y ella la paseadora.
No hay amor más noble, más sencillo ni más puro que el de un perro. No juzga, no exige, no espera nada más que un poco de mi presencia, una mano sobre el lomo y la certeza de que, aunque no entienda muy bien lo que dice con la mirada, ahí estoy. Quizá por eso he tenido y seguiré teniendo perros. Lulú, mi lobera sabia y leal, y Baldomero, un Pug tan, tan feo que acaba por parecer hermoso y que vino a desordenar la casa con su torpe alegría; esos dos conmigo, y los cinco que me comparte mi Unagi. Clementina, Croqueta, Gala, Pichi y Kant son como un pequeño ejército de amor peludo. Y ahora ya está por llegar otro lobero: James Joyce, irlandés, al fin y al cabo. Un jovencito que ya me huele a aventura y a futuro.
Amo a los perros con pasión. Trato de no humanizarlos. No me gusta disfrazarlos ni proyectar en ellos frustraciones ni carencias humanas. Creo que, por el contrario, nosotros deberíamos aspirar a ser un poco más como ellos: honestos, fieles, sensatos, capaces de leer el estado de ánimo del otro sin necesidad de palabras. Un perro no miente. No traiciona. No presume. Ama sin condiciones y, cuando se entrega, lo hace con la certeza de quien no necesita cláusulas ni garantías.
Somos muy perreros en mi familia; mis más cercanos tienen perros que los adornan a mis ojos. Desde el Petisco de Bea; la Fanta y la Moka de Paula; el Tako de Bertha; Ferro y Cova de Mario Jr.; Bonno y Aiko de Alejandra; Baco de Susi; Bruna de Roberto; Pua y Pachi de Violeta y Mike; Anselmo de Pablo. Barbie, Channel de Ruth y el nuevo Golden Severino que vendrá para consolar a Mario.
Si no te gustan los perros ya no es fácil que me gustes. Hay quien dice que interpretan el alma. Yo lo aseguro. Mi Lulú tiene un detector infalible de personas dudosas. Si no le cae bien alguien, yo me ando con cuidado. Y no falla. Lulú tiene una especie de radar ético que ya quisiéramos los humanos.
He adoptado perros, y también los he comprado de raza, incluso algunos ejemplares finísimos. No veo contradicción: en ambos casos se trata de amor. Adoptar es un acto de generosidad —sí, también de necesidad mutua—, mientras que criar o comprar un ejemplar de raza pura puede ser un acto de fascinación, de búsqueda de una compañía específica con la que uno ha soñado o conectado. Es un privilegio, sin duda. Pero no hay perros de primera y segunda clase: hay perros queridos y perros olvidados. Sólo eso. Y lo único verdaderamente imperdonable es tener uno y no quererlo bien.
Siento que cada perro que ha pasado por mi vida me ha enseñado algo: paciencia, ternura, silencio, fidelidad. Y también despedida. Porque, cruelmente, ellos viven menos que nosotros. Y cada vez que uno se va, se te muere un pedazo de alma. Pero, aun así, vale la pena. Últimamente se me fueron cinco en una cadena de mala suerte: cáncer, moquillo y vejez. Los lloré con dolor profundo. Porque todo el amor que dan en tan poco tiempo es una lección intensiva de humanidad. No sé si uno escoge a sus perros o si ellos lo escogen a uno. Pero sé que el mundo se vuelve más habitable con ellos. Que la tristeza es menos amarga cuando tienes un perro cerca. Y que pocas cosas son tan hermosas como verlos dormir confiados y felices.
Cuando llegue el nuevo lobero, tendrá su espacio. Siempre hay lugar para un cachito más de amor en esta casa que ya huele un poco a perro, a complicidad. No me preocupa el pelo en el sofá ni las patas mojadas. Me aflige que algún día deje de tener quien me reciba moviendo la cola como si regresara de una larga ausencia, aunque sólo haya bajado por algo al coche.
Son familia. Son parte de uno. Los que se quedan cuando todos se han ido. No hay columna, ni abrazo que alcance a describir lo que un perro puede hacer por un corazón cansado.
Bonito domingo. Y hablando de perros, me acordé de Padura: El hombre que amaba a los perros. Un librazo.
