Como la vida misma

El mundo no se detiene y la consigna es mejorar o morir, y yo no me quiero morir, al menos no todavía.

Amor de lejos

Hace no muchos años, para mí, resultaría impensable una relación a distancia. Las cosas han cambiado y yo, más. Obvio, no soy aquél –con esta aseveración, Raphael me odiaría–; tengo poco en común con el Miguel que un día fui. Afortunadamente, he crecido, evolucionado y las vueltas que da la vida me han arrastrado y ahora veo todo de distinto modo (aquí cabe el chiste de mi ojo derecho roto, y mi hija no tardará en decir que no es distinto como veo, sino que es a medias). El mundo no se detiene y la consigna es mejorar o morir y yo no me quiero morir, al menos no todavía. A raíz de la maestría que estudio en Madrid he entrado en contacto con un grupo de compañeros nuevos y de ahí la bendición de hacer cinco amigos que son ya para siempre. Esa apertura a gente más joven que, aunque comparten conmigo el fanatismo de la escritura y la lectura, viven y vienen de países y circunstancias distintas, me tiene realmente maravillado.

Tuve con ellos, después de un año de amistad a distancia, el mágico encuentro en el reciente viaje a Ámsterdam. No hubo sorpresas: Paula, Matías, Carmen, Ricardo y

Jaime son exactamente como son, como pude conocerlos en Zoom, tal cual yo sabía que eran, como los vi y como los pensé, pero mentiría si hablo de haberlos imaginado, la tecnología me los acercó desde antes y cuando, por fin, pude abrazarlos, sentí el cariño de amigos de toda la vida, de viejos colegas con sangres más frescas que la mía, pero con la misma locura y devoción por la vida y por los libros. Y eso hermana, bueno, eso y el vino y el gin tonic y la buena mesa. Ya había conocido a Ricardo, que me visitó en México hace tres meses, pero este encuentro de abril y mayo es un regalo de la vida. Así, una española jovencísima, una niña genio que cursa el máster con apenas 25 añitos; una venezolana encantadora, madre de dos chiquitas, más o menos de la edad de mi hijo; un loco argentino-uruguayo, fotógrafo profesional, padre de dos bebés hermosos; un colombiano excepcional, dueño de un carisma y una dulzura portentosa y uno de los mejores abogados corporativos de España, a quien entre broma y broma ya considero mi ¨sosio¨ y mi hermano. Esa pandilla tan heterogénea, ligada a este mexicano deschavetado, es ya un grupo de amigos entrañables con los que mantengo comunicación diaria y una cercanía fraternal. Todos, recibieron a la Unagi como una más del grupo y nos integramos en una minifamilia en la distancia. ¡Qué bonito es lo bonito!

Hoy, con las pantallas del Zoom o las videollamadas a costo cero, la cercanía se multiplica y la comunicación fluye natural a once mil kilómetros. Compartimos temas de la maestría, pero también asuntos de familia, de vida, de sueños y planeamos vernos en verano o cooperar en trabajos conjuntos. Es fácil involucrarnos en los planes de los demás y compartir las alegrías y alguna penita también. Hemos descubierto la copa virtual y hasta hemos compartido un vinito cada uno en su casa brindando ante la cámara. Todo esto, que resulta cotidiano para las nuevas generaciones, a mí no deja de sorprenderme, me encanta y me congratula con la tecnología y el progreso. Nunca se sustituirá un abrazo, bueno, ya no me atrevo a decir nunca, cualquier día algún genio inventará el contacto físico a distancia. Yo que siempre digo que al cine le falta sólo tacto y aroma, a estas amistades a lo lejos nos falta sólo poder tocarnos, porque recuerdo sus olores con la frescura del último día que los abracé y vienen a mi memoria cada vez que nos conectamos.

Decía en mi artículo del domingo que, para mantenerse joven, hay que cerrarle la puerta al viejo y, dos requisitos fundamentales para ese efecto son, cultivar nuevas y más jóvenes amistades y aprender o estudiar algo. Créanme, la mayoría de las veces me siento el más joven de este grupo. Feliz miércoles. ¡Hagamos nuevos amigos!

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