La bondad humana

En el pensamiento cristiano, la bondad fue concebida como una “extensión” de la creación de Dios, tanto del Universo como de su obra más perfecta: el ser humano

Cuando nos referimos a la bondad del ser humano necesariamente tenemos que referirnos, para contrastar el término, a lo contrario que observamos en las sociedades actuales donde la guerra, la violencia y la criminalidad, la maldad pues, son cosa de todos los días; desde las “esferas” más altas de las sociedades modernas hasta las “capas inferiores” del estrato comunitario. Los especialistas estiman que en cada ser humano hay un lado oscuro, pero también existe un lado “predispuesto” a la bondad y a hacer el bien.

Desde hace varios siglos (siglo VIII), los pensadores de la humanidad encontraron un galicismo que incorporaron al francés para definir la “afabilidad, sencillez, bondad y honradez” en el carácter del ser humano y en su propio comportamiento: la bonhomía (fr. bonhomie).

Para hablar de la bondad hay que recordar a Jean-Jacques Rousseau, nacido en Ginebra en 1712, conocido por ser uno de los pensadores “clave” del llamado Siglo de las Luces, época a la que se le ha dado el nombre de La Ilustración. Rousseau pensaba que el hombre es bueno por naturaleza, pero que actúa como un “ser malo” forzado por la sociedad que le corrompe: “la razón como causa de la corrupción humana”. De ahí que el pensador de mediados del siglo XVIII le hubiera dado primacía al sentimiento natural y no a la razón ilustrada, lo que más tarde se convertiría en la semilla del Romanticismo del siglo XIX.

Rousseau habla de un estado natural del hombre, que viven en un estado de “naturaleza”, sin preocupaciones y sin razón, sin lenguaje y sin hogar, ajeno a toda guerra y atadura. Este ser se movía por dos impulsos básicos: el amor a sí mismo y la compasión. Es un ser inocente como un niño pequeño. Define al hombre como un buen salvaje, un hombre primitivo que vive en paz y armonía con la naturaleza.

Luego habla del hombre histórico, del hombre contemporáneo; lo define como el que ha perdido la bondad original. Es un ser vil, egoísta, depravado, lleno de odio. Es un ser degenerado. Sin embargo, este “hombre histórico” no puede mostrar públicamente su degeneración: por ello enmascara, oculta, su vileza, su egoísmo y sus pasiones. Por ello adopta un comportamiento social: la cortesía, la retórica, la técnica de las apariencias, todo aquello de lo que se preocupan las ciencias y las artes. Todo lo que nos sirve para “enmascarar” temores, odios, traiciones. Y todo esto que adoptamos paras esconder nuestra maldad es la educación. Para colmo, dice Rousseau, esa “máscara” que adoptamos es doblemente odiosa, ya que evita reconocer la degeneración humana e imposibilita la regeneración del ser humano. Para concluir, advierte que hay dos factores sociales que no provienen del “hombre natural”: la riqueza y el poder.

En fin, un sinnúmero de conceptos filosóficos tan actuales que nos obligan a regresar a su pensamiento para tratar de comprender lo que aqueja al ser humano del siglo XXI.

En el pensamiento cristiano, la bondad fue concebida como una “extensión” de la creación de Dios tanto del Universo como de su obra más perfecta: el ser humano. Dice el Génesis que Dios hizo al hombre a “su imagen y semejanza; y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra...”.

Lo cierto de todo pensamiento humano es que siempre hay una referencia a la bondad y al “bien ser”. Desde lo material hasta lo espiritual, el sentido de “bienestar” siempre ha estado presente en el pensamiento de la humanidad. Desde el ámbito físico, el sicológico o mental, el emocional o el social, lo cierto es que siempre aspiramos al bienestar que va implícito al “bien ser” o a la bondad.

Por ello, en estas fechas de especial celebración para la humanidad, creyentes o no creyentes siempre buscamos el “bien ser” y el “bien estar” de quienes nos rodean, en especial de aquellos que consideramos “nuestra familia” aquí en la tierra. Ello habla de esa “chispa” que enciende millones de corazones cada vez que hay sufrimiento, pobreza o destrucción en el mundo. Ojalá no sólo sea en ocasiones que consideramos “especiales”, sino también que sea siempre, en cualquier fecha del calendario con el que los humanos medimos el paso del tiempo. Al final de cuentas, eso es lo que nos hace ser algo más que seres con el nivel más alto de complejidad alcanzado por la escala evolutiva. ¡Feliz Navidad para todos!

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