Disentir es democracia

En democracia ser adversario del gobierno es legítimo. La pluralidad de pensamiento enriquece la vida pública de un país cuando existe el cauce institucional que permitela escucha de las diferencias cuando de tomar decisiones públicas se trata.

Nuestros antecedentes como nación nos remiten a los tiempos del tlatoani, término utilizado por los pueblos nahuatlacas en Mesoamérica para nombrar a los gobernantes que eran elegidos de entre una familia o dinastía gobernante en las ciudades principales de aquellos siglos. Algunos historiadores le dan la connotación de “rey", aunque su significado literal es “quien habla" u “orador". Esta última habilidad le daba al tlatoani una superioridad por encima del resto; sobresalía por garantizar y encabezar la adoración que él y sus súbditos debían a las divinidades, tanto por haberlos engendrado como por darles cotidianamente el alimento surgido de la madre Tierra, principalmente el maíz. El patrono de los tlatoanis era Huitzilopochtli, la principal deidad de los mexicas, el cual estaba asociado al sol.

Han pasado los siglos y los mexicanos, la gran mayoría, arrastramos la memoria de nuestros antepasados y continuamos preservando el tlatoanato mesoamericano al atribuirle propiedades casi divinas a nuestros gobernantes. A pesar de todo lo que hemos avanzado en el terreno de la democracia, aun la “espiritualidad política” nos gana y casi casi es un sacrilegio disentir del gobernante o el político que dirige la “cosa pública” en la que casi nadie se mete. “Para ello están los políticos”, escuchamos decir con frecuencia. Y así vivimos —incluso— gran parte del siglo pasado.

Pero he aquí que de pronto los ciudadanos nos dimos cuenta, a finales de los 90, que en lugar de progreso y desarrollo social llevábamos décadas de rezago, pobreza, una brecha cada más vez más grande entre los pocos que tenían en abundancia y los muchos que casi no tenían nada y, entonces, comenzamos a hablar de “democracia”.

Por primera vez, en 70 años, el pueblo les dio la espalda a sus tlatoanis de siempre y viramos hacia otros horizontes pensando en que ahí estaba la solución a nuestros problemas como país. Pasó más de una década y ni siquiera el nuevo tlatoani pudo o quiso “desmantelar” lo que había construido el régimen anterior. Y volvimos a lo mismo.

Hoy pareciera que volvemos a las épocas donde “la hora la dictaba el de arriba” bajo aquel principio político: “lo que usted ordene Señor Presidente”. Y hay quienes se enojan si alguien se atreve a contradecirlo. Obvio que eso tampoco es democracia. Es lo que Vargas Llosa, refiriéndose al sistema político mexicano, un día llamó “la dictadura perfecta” cuando gobernaba Carlos Salinas de Gortari y que por ello tuvo que salir del país.

En estos días se divulga la idea de que el disenso político es sinónimo de “rebeldía” o de afrenta al poder legalmente constituido, es decir, un delito. Y no precisamente.

En democracia ser adversario del gobierno es legítimo. La pluralidad de pensamiento enriquece la vida pública de un país cuando existe el cauce institucional que permite la escucha de las diferencias cuando de tomar decisiones públicas se trata. Debemos verla como algo natural, sobre todo por tratarse de un gobierno emanado del pueblo. En cambio, en los totalitarismos es “una sola verdad” enfrentada al resto y el que no piense como quien dicta esa sola verdad no sólo está equivocado, sino que, además, está “fuera de la ley”. Y entonces viene la represión y la censura.

Debemos como sociedad, de una vez por todas, sacudirnos esa idea de nuestros antepasados de que el tlatoani es el poseedor de la verdad absoluta. Es más, debemos exigirle a los gobernantes que no se comporten como tal. Y para ello, sólo tenemos una herramienta —hasta ahora— que aún con sus imperfecciones nos garantiza democracia: nuestro sistema electoral. Gracias a él ha habido alternancia en la vida pública el país. Gracias a él podemos equivocarnos, pero también podemos rectificar hasta construir y “moldear” el país que la mayoría desea: una nación en la que convivan y se enriquezcan todas las formas de pensar y ver la vida, en un clima de respeto y tolerancia que hoy no existe.

Descalificar al que piensa diferente a mí únicamente contribuye al encono y a la división. Y de eso ya tenemos mucho.

Nuestra nacionalidad no necesariamente tiene fatalidades. Tenemos más riquezas y cualidades que pobrezas y defectos. Todo consiste en superar los desafíos que hoy nos presenta este siglo. ¡Felices Fiestas Patrias para todos!

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