Entre el desarrollo y la decadencia

Recorrer Granville, una de las avenidas más importantes de Vancouver, Canadá, que parte del sur precisamente de la isla del mismo nombre en otros tiempos símbolo del esplendor industrial de la ciudad y que conduce al norte frente al mar del Pacífico, provoca ...

Recorrer Granville, una de las avenidas más importantes de Vancouver, Canadá, que parte del sur precisamente de la isla del mismo nombre —en otros tiempos símbolo del esplendor industrial de la ciudad— y que conduce al norte frente al mar del Pacífico, provoca sentimientos encontrados. Por un lado, edificios muy altos que albergan a las firmas comerciales y financieras, así como apartamentos en los que habitan miles de canadienses, pero, por el otro, los infaltables homeless o indigentes, símbolo de lo que Francisco, el papa de la modernidad, llama la “cultura del descarte”; es decir, aquellos “sin techo”, producto de los desechos del materialismo rampante que caracteriza al mundo de hoy. No hay esquina que uno camine en el área del downtown de Vancouver en la que no encuentre a decenas de vagabundos bajo el frío del invierno, visiblemente drogados. Llama la atención lo jóvenes que son, sin importar si son hombres o mujeres. Eso da lo mismo. Algunos de ellos, incluso, con jeringas en las manos, preparando la heroína que seguramente consiguen ahí mismo, en plena calle.

Vancouver es la principal ciudad de British Columbia y se considera la metrópoli con la mejor calidad de vida del mundo. Su localización a la orilla del mar y la proximidad de las montañas han contribuido a su expansión. Su fuerte desarrollo económico la ha convertido en una de las ciudades punteras en el mundo, con un flujo de inmigración muy elevado. Con bajos niveles de violencia, tiene el mayor índice de licenciados de Canadá y una excelente red de transporte público.

La población de Vancouver es de aproximadamente 578 mil habitantes, pero su área metropolitana llega a los 2.1 millones de personas, por lo que es considerada la tercera mayor ciudad de Canadá. Tiene la segunda densidad de población más alta de América del Norte, superada sólo por Nueva York. Su puerto es el de mayor movimiento del país y es el cuarto más importante de toda América del Norte. Su mayor industria está relacionada con la madera y el turismo es su segundo sector de actividad más importante. Además, es el tercer mayor centro de producción cinematográfica de toda la región.

Sin embargo, algo está sucediendo con sus jóvenes. El problema no es la pobreza, lo que la ha llevado a un acelerado deterioro social son, sin duda, las drogas. Canadá está sumida en una paradoja en lo que a la mariguana se refiere. La poderosa hierba que puede olerse en cada cruce, callejón y en las principales avenidas tiene a la juventud de la ciudad hipnotizada. Los expertos del país han pedido que el límite para el consumo de mariguana, cuando sea declarada legal, se ubique en los 25 años de edad. La OMS acaba de publicar un sondeo que indica que Canadá cuenta con uno de los porcentajes más elevados del planeta de escolares que ha fumado la cannabis. Se estima que un 27% la habría fumado al menos en una ocasión en los últimos 12 meses. Actualmente, la mariguana sólo es legal para quienes tengan receta médica a tal efecto. Éstas permiten adquirir el producto manufacturado por las compañías que han sido homologadas por el gobierno, lo que ha abierto el aumento alarmante de adictos a otras drogas duras, como el fentanilo —droga 50 veces más letal que la heroína—, que están matando a los jóvenes canadienses y que se han convertido en una crisis nacional que, obviamente, el gobierno no reconoce ni habla de ella. Sólo hay que ver en las calles de Vancouver, miseria humana. Un espejo, sin duda, en el que los mexicanos debemos mirarnos. Aún hay tiempo.

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