Lo que hoy resulta más inquietante no es únicamente la magnitud del sufrimiento infantil en el mundo, sino la ausencia de una respuesta ética proporcional frente a él. No existe, de manera generalizada, una disposición social sostenida a condolerse con la infancia, a reconocer en su dolor una interpelación inmediata e ineludible. Las imágenes de niñas y niños heridos, desplazados o aterrorizados aparecen y desaparecen en el flujo informativo sin constituirse en una exigencia permanente de acción. Por ello es necesario afirmar la urgencia de una gestualidad distinta: una forma de estar en el mundo que coloque el sufrimiento infantil en el centro de nuestras prioridades morales y políticas. Condolerse, en el sentido más hondo del término, implica “doler con”; pero doler con la infancia exige algo más que una emoción pasajera: exige responsabilidad activa, compromiso sostenido y transformación institucional.
En este horizonte, Cuba ocupa un lugar particularmente revelador. A diferencia de otros escenarios donde la violencia irrumpe con imágenes espectaculares, el deterioro de las condiciones de vida de la infancia cubana se despliega en registros menos estridentes, pero igualmente devastadores: escasez prolongada de alimentos, dificultades crecientes en el acceso a medicamentos, precarización de servicios básicos, migración forzada de familias que fragmenta los vínculos afectivos y comunitarios. Se trata de una forma de violencia estructural que rara vez se nombra como tal, atrapada en una narrativa geopolítica que tiende a polarizar el análisis: por un lado, la denuncia del embargo; por otro, la defensa o crítica del régimen. En medio de esa disputa, la infancia desaparece como sujeto, subsumida en un debate donde lo que está en juego es el poder, no la vida concreta de niñas y niños.
Esta invisibilización forma parte de una economía de la atención que distribuye de manera desigual qué dolores merecen ser vistos y cuáles permanecen en la penumbra. Mientras el sufrimiento de la niñez en Gaza circula con una intensidad que genera una sensación de dolor compartido a escala global, la infancia cubana —geográfica y culturalmente más cercana a nosotros— apenas ocupa espacio en la conversación pública. Lo mismo ocurre, con matices distintos, en Haití, donde la violencia armada y el colapso institucional han colocado a miles de niñas y niños en condiciones extremas de vulnerabilidad sin que ello detone una respuesta internacional proporcional. Nos enfrentamos así a una paradoja moral: la cercanía no garantiza visibilidad, y la visibilidad no asegura acción.
El caso cubano permite, además, problematizar de manera más aguda la relación entre poder e infancia. La infancia, en ese contexto, deja de ser el límite ético que debería contener cualquier forma de dominación y se convierte en un efecto colateral tolerable. La escasez, la precariedad y la incertidumbre se naturalizan como condiciones de existencia.
Esta lógica no es ajena a México. Aquí, la niñez atrapada en contextos de violencia criminal revela otra forma de instrumentalización: aquella que se inscribe en las economías ilícitas y en las fallas estructurales del Estado. En ambos casos la infancia es tratada como medio y no como fin, como recurso y no como totalidad.
En este punto, el caso cubano exige una toma de postura que no puede seguir diluyéndose en ambigüedades diplomáticas. Reconocer el carácter autoritario del régimen no exime, ni debe eximir, de una obligación ética elemental: no podemos dejar de pensar y de sentir solidaridad con el pueblo cubano, y en particular con sus niñas y niños. La crítica al poder no cancela la empatía; por el contrario, la vuelve más urgente.
Por ello, México está llamado a asumir una posición clara: es posible y necesario condenar las condiciones de precariedad que afectan a la infancia cubana sin por ello renunciar a los principios de no intervención, pero tampoco ocultarse tras ellos. Callar ante el sufrimiento infantil es también una forma de omisión ética. Sin duda, cualquier forma de poder que busque preservarse a sí misma a costa de la infancia revela en ese mismo acto su propia ilegitimidad.
