Una democracia agotada

El respaldo ciudadano a la democracia en México se encuentra en su peor nivel en décadas. La ciudadanía está no sólo “desencantada”, sino además irritada frente a los resultados obtenidos en ámbitos clave para el sistema político y para la vida cotidiana de las personas.

Por una parte, se ha fracasado en la construcción de un modelo de bienestar plenamente garante de los derechos humanos; por otra, los gobiernos democráticamente elegidos son incapaces de garantizar seguridad pública y, por si fuera poco, se han construido “reglas del juego” que lejos de alentar la participación ciudadana y la formación de una poderosa cultura cívica, nos han conducido a un modelo en el que la desconfianza es la norma, y en el que hay una renuncia explícita a participar a través de los mecanismos políticos “tradicionales”.

Al momento de escribir este texto, los reportes sobre el nivel de participación en las urnas indicaban que era relativamente bajo, lo que evidencia que, a pesar de lo mucho que está en juego, a la mayoría de las personas les resulta indistinto —por decir lo menos— quién gana o quién pierde.

La cuestión es grave: el agotamiento de la democracia consiste también en la incapacidad del sistema de partidos de generar liderazgos con la autoridad suficiente para convocar a la construcción de un “nosotros”. Y, en ese sentido, vale la pena citar a la profesora Adela Cortina: “Una democracia sin ‘demos’ corre el riesgo de convertirse en un sistema en el que predomina la masa, y no la idea de un pueblo que, en la diversidad y la pluralidad, se reconoce en torno a un proyecto común solidario”.

Las campañas que se desarrollaron en las 14 entidades con proceso electoral cayeron una vez más en lo mismo: diseño de mensajes frívolos, intencionadamente dirigidos a provocar polarización de posturas, pero sustentados exclusivamente en la diatriba y las acusaciones mutuas. Así, entre señalamientos de unos a otros de ladrones y rateros, de narcotraficantes y criminales de todo tipo, el electorado también emite su dictamen: no nos interesa participar en la vida político-electoral, porque no tiene ningún sentido.

Pareciera increíble, pero lo cierto es que ningún partido político ha logrado hasta ahora construir una plataforma político-ideológica sustentada en la congruencia y compromiso democrático y social plenamente acreditado por sus líderes. Y en esa lógica continuamos atrapados en un sistema que no logra confrontar a los intereses creados, ni provocar el urgente quiebre de las condiciones estructurales de desigualdad y pobreza que se viven de manera generalizada en todo el país.

En medio de las fosas clandestinas, de los secuestros, de los homicidios, de la impunidad, del bajo crecimiento y los precarios ingresos, de la violencia contra las niñas, niños y mujeres, de la desesperanza de millones, resulta absurdo esperar que, así nada más, la democracia germine y se constituya en un sistema de gobierno no solamente respaldado, sino también anhelado por la mayoría.

Resulta preocupante que se siga postergando la construcción de un diálogo nacional genuino; por el contrario, lo que tenemos enfrente es una lógica de inercias que, ante los procesos electorales de 2017, y el que se avecina en 2018, continuará generando los mismos resultados que tenemos hasta ahora: malestar generalizado, desconfianza profunda ante todo y todos. Y, con ello, la posibilidad de que la violencia y la pobreza se consoliden como el único escenario posible en el corto plazo.

Hemos llegado a un punto límite en el que las opciones para la ciudadanía se están agotando, mientras que los escenarios de conflicto se profundizan, y las salidas se agotan. Ante ello, los partidos políticos tienen una coyuntura ineludible: o generan los pactos requeridos para transformarnos en un país de derechos humanos y oportunidades o asumen la responsabilidad de ser los principales artífices de un fracaso democrático que nadie en su juicio podría querer saber en dónde desemboca.

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