La hora de los recortes
En cada una de las recientes crisis que hemos enfrentado (paradigmáticamente en las últimas dos décadas las de 1995 y 2008-2009) son los pobres quienes han pagado las mayores consecuencias.
La economía mexicana ha entrado a una zona de turbulencia debido a la drástica caída de los precios del petróleo; pero también a su ya histórica debilidad estructural que nos ha conducido a un estancamiento secular, cuyo principal resultado es un crecimiento promedio para los últimos 25 años, por debajo del 2% anual; cifra muy lejana al 5% mínimo requerido para impulsar un nuevo esquema de bienestar.
Mientras tanto, la posición del gobierno federal es clara: habrá este año, al menos un esquema de disciplina fiscal y presupuestaria; y en el 2016, bajo la lógica que ya comienza a manejarse de un “Presupuesto Cero”, una muy alta probabilidad de recortes presupuestales en distintas áreas.
En cada una de las recientes crisis que hemos enfrentado (paradigmáticamente en las últimas dos décadas las de 1995 y 2008-2009) son los pobres quienes han pagado las mayores consecuencias. Porque no sólo se agudizan o profundizan las condiciones de carencia y privaciones que enfrentan, sino también porque la calidad y cobertura de los servicios públicos disminuye.
Frente a ello, lo más relevante será que los recortes se apliquen en las áreas que definitivamente no son esenciales para el ejercicio del gobierno. De hecho, hay áreas o partidas que deberían eliminarse por completo. Por ejemplo, hay gastos en las áreas de giras de todas las dependencias públicas, que no se justifican de ninguna manera.
El último viaje internacional del Ejecutivo Federal generó en la opinión pública un enorme disgusto, porque para la mayoría, generó costos y gastos que en el escenario de crisis e incertidumbre en que estamos, resultaron a todas luces ofensivos para la ciudadanía.
Desde esta óptica, los gastos que se llevan a cabo en mamparas gigantescas para el decorado de eventos públicos; la contratación de cantantes para ferias populares; la impresión y distribución de utilitarios que se reparten en mítines y eventos públicos; son sólo algunos ejemplos de dinero que no debe seguir malgastándose.
Por otro lado, hay evidencia suficiente, tanto en el país como a nivel internacional, en torno a que, cuando se presentan las crisis, es cuando el gasto público en las áreas sociales no sólo no debe recortarse, sino que incluso debe crecer en términos absolutos y relativos.
Es claro que ante la adversidad económica, lo urgente es proteger a quienes menos tienen, y ello exige un esfuerzo doble del gobierno, en todos sus espacios y órdenes, para ampliar las coberturas y fortalecer las redes de protección social en áreas sustantivas, como lo son la alimentación, la salud y la educación.
Esta exigencia debe darse sobre todo en los gobiernos estatales y municipales, en los cuales, de acuerdo con el Coneval, operan más de 5,900 programas, entre los cuales debería valorarse cuáles tienen real sentido, impacto y pertinencia, y cuáles sería mejor eliminar para potenciar y aprovechar mejor los recursos que consumen. En esa tónica, el Gobierno federal deberá marcar el rumbo y dar el ejemplo; por lo que cualquier recorte en lo social, deberá explicitarse en su racionalidad y lógica.
Es en las crisis en donde los gobiernos muestran el calibre que tienen. Lo deseable sin duda es que éste se encuentre a la altura de los retos que ya tenemos, pero también los que ya se encuentran a la vuelta de la esquina.
Investigador del PUED-UNAM
Twitter: @ML_Fuentes
