La página en blanco

La página en blanco es una fábula cuya moraleja es: la página en blanco es un mito. Y lo es en sus dos acepciones, tanto como narración ficticia como leyenda urbana. Existe y al mismo tiempo no. Este espacio desierto es siempre una promesa, 
y a veces no se cumple. Quienes se han sentado a redactar una cuartilla conocen de las posibilidades y las barreras de la creación. Mirar de frente ese “libro vacío” es sentir que uno se va quedando solo. Volver una y otra vez sobre el mismo pensamiento. Darle la vuelta a una idea como periodista alrededor de la noticia. Escribir incluso cuando no se escribe; pergeñar trazos de un personaje o un drama, esgrimir un verso de soledad perfecta. Y tal vez, después de tanto, la primera palabra escrita es el anzuelo correcto. Someter la palabra.

Ya plasmada la primera frase, entonces es posible hablar de un oficio, el de escritor. En días recientes hallé en las Librerías de Viejo el volumen El oficio de escritor, publicado por la editorial Era. El dossier de autores: Faulkner, Eliot, Hemingway, Moravia, Capote, Mary McCarthy, Durrell, Mauriac, Pasternak, Foster… Se trata de un compendio de entrevistas a los grandes escritores europeos y americanos del siglo XX. Adquirir este libro rescató de mi memoria otros dos ejemplares del mismo perfil: El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, de Philip Roth, y Protagonistas de la literatura mexicana, de Emmanuel Carballo.

El libro de Roth se destaca por entablar un diálogo con los autores que reúne (Kundera, Malamud, Schulz, Bellow, Levi, entre otros), a veces mediante correspondencia, como en el caso de Mary McCarthy, y dos ensayos críticos de la obra de Saul Bellow y Guston Malamud. Roth va más allá. Lo de Carballo es destacado. Es sagaz y vertical en sus cuestionamientos. No da espacio a la duda. Persigue al escritor y lo encierra, lo cuestiona. Sobresalen los “enfrentamientos” con Fuentes, Arreola y Vasconcelos. Carballo es un estado de sitio para el escritor débil.

La finalidad de este triángulo de libros es destacar la labor del escritor, su proceso creativo, las dificultades y los asombros a los que se enfrenta. De la conversación entre George Wickes, Ray Frazer y Aldous Huxley, en El oficio de escritor, el autor de Un mundo feliz confiesa: “No creo que haya una ocupación ideal para el escritor. Éste podría escribir bajo cualquier circunstancia, incluso en aislamiento completo. Supongo que la mejor ocupación es sencillamente la de conocer muchas clases diferentes de personas y ver qué les interesa”.

O bien, a pregunta de Emmanuel Carballo sobre su labor como escritor, en Protagonistas de la literatura mexicana, Juan José Arreola es tajante: “Todo lo que he hecho es manifestación. Explicitación del ser mediante anécdotas que ponen en evidencia lo mismo cualidades que defectos”.

En cada una de las entrevistas, los autores hablan de técnicas, de plasticidad de los personajes, de investigación, anécdotas, estructuras narrativas, y sí, de lo complejo que resulta sobrevivir económicamente de la escritura. Intentar ganar dinero exclusivamente por escribir pocos lo han logrado. Acaso Stephen King y Joanne Rowling. Añadidos a sus aficiones artísticas, los escritores tuvieron que ejercer diferentes oficios, entre embajadores, editores, vendedores de seguros, oficinistas y hasta ladrones, como el caso del genial Jean Genet, quien prefería estar en las cárceles con ladrones que entre las sociedades burguesas.

Algunos de los trabajos periodísticos me parecen más destacados, no por el entrevistador, sino por las características del entrevistado. Lo de Juan José Arreola es teatral, vivencial. Su oratoria es implacable. Lo de Hemingway es altanero, sin eufemismos: Hemingway es una fiesta. Capote es impredecible, no se sabe qué rostro te va a mostrar: es el aparente niño bueno, bajo de estatura, rubio y con un fleco en la cara, o el reportero incansable y persuasivo. Eliot es cerebral, como su poesía. Gorostiza, hermético, de pocas palabras. Faulkner es reaccionario, destructivo con las formalidades. Primo Levi arrastra una tristeza nueva…

Entrar sin ningún prejuicio a un libro es dilatar las posibilidades de ejercer una mejor crítica. En el caso de estos volúmenes se impone un doble cariz, por un lado está la faceta del escritor y su universo, y por el otro, el oficio —también lo es— del entrevistador. Una plática entre dos lectores es lo que usualmente sucede en estas páginas. Cada frase es una confesión, adiestramiento y recomendaciones.

La literatura siempre te pone a prueba. Crear un libro es formación de carácter. Escribir ha sido un asunto de orfebrería, en muchos casos, en otros, simple soledad en llamas. Escribir es un oficio: a escribir se aprende escribiendo.

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