Pon tú
Pon tú que eres parte de la corte rusa y tu familia es invitada a cenar al Palacio de los zares, como en tu novela, que sueñas no sea la última por ti escrita, aunque no importe nada, ya ves que en éste tu país te empeñas en seguir y el muro levantado desde hace mil años en contra de quien no forma parte de esa mafia dura y terrible dada a hacer sufrir a los de afuera, haciéndolos sentir que no son nada, sino almas en pena...
Pon tú que te alebrestas contra esos herederos de quién sabe qué academia de sangre y dices “ya estuvo suave”. Todo esto es parte de la eterna novela que escribes en tu imaginación y a veces despiertas estupefacta de la maravilla... pero no vas ni escribes, porque tope donde ajuste, sientes que ya te cortaron la cabeza con el mugroso ninguneo. Porque no es posible subsistir en una soledad canija donde lo único sucediendo son desdichas sin igual... que se te mueren los seres queridos...que tu perrito adorado de nombre Petronio sufre el dislocamiento de un hueso de su pata trasera y se le rompen los ligamentos y llora y tú vas como loca, ayudada por el bastón, a ver a Francisco Álvarez Cámara para la insustituible operación quirúrgica. Pancho —ángel mío— me ofrece su mesa y su bondad en la de sus ayudantes, puesto que él (tenía que ser: trae la mano en cabestrillo porque un caballo se la lastimó ¡a él que es un gran cirujano... bendito sea Dios!).
Y pon tú que eres yo y pasas tu última vida visitando doctores que te curen tu pata chueca mal operada: doctor Luis Guillermo Ibarra; salven la amenazadora ceguera porque te vuelve la uveítis de cuando hiciste tu campaña política bajo el despiadado sol de Guanajuato –de memoria porque no podías escribir ni leer ni nada—y lo logró tu eminente oculista particular, Eduardo Corzo Buenrostro; y quien hoy te cuida la piel —tu torturadora desde la infancia— la doctora Sandra Gutiérrez; y por fin, tu bienamado especialista del estómago, doctor Víctor Manuel Arrubarrena... a ver cómo le harías para subsistir.
Yo a veces no creo poder proseguir, pero cuando veo la batalla de apoteosis de Luis Prieto contra el cáncer, mi muchachito inteligente y queridísimo, gran señor de los principios, sabes que lo que tú padeces es en mucho una vacilada.
Lo que pasa es que a mí nadie me dijo que esto era la tercera edad o como se le ocurra a usted designarla (mi abuela Lelita bajaba la tembeleque escalera de madera del tercer piso en su casa de la avenida Madero 71, con una lentitud que a mí, niñita de los cerros de Guanajuato, me desesperaba, le preguntaba por qué y nunca me dijo que iba llegando a los ochenta años). Hasta ahora lo entiendo cuando me veo caminar a cámara lenta...” y pensar que pudimos”... correr hasta las crestas elevadísimas de La Bufa en mi tierra, montar a caballo como Ignacio Ramírez, bailar sin descanso hasta el amanecer, o estudiar, o trabajar... ¡cómo es posible! Tienes en tu haber todas las muertes del mundo.
En esta semana llené dos altares con las fotografías de los míos. De mi padre, tan hermoso como todos los suyos Mendoza Albarrán, mi madre: el embrujo, la serenidad, cualquier virtud que no heredé ; Héctor Azar, el de la inteligencia como arcoíris; Eduardo Césarman, el vigilante de mi corazón, como nadie lo ha hecho; Manolo Larrosa, el gran maestro de arquitectura de mi vida; Julio Prieto por quien sé de la iluminación interna, del teatro y del cine... Blanca Haro: Europa, Cuba, sus hijos y, sobre todo, su poesía... René Avilés Fabila, quien se acaba de ir y nunca se imaginó la soledad y el desprendimiento que me dejó... Y por supuesto mis dos idolatrados hermanos, Manuel, el doctor El Códice, leal hasta la hora de su muerte, y ni se diga mi hermano-hermano Xavier, el hombre más digno y fiel, mi compañero inolvidable, el del gran hueco en mi casa, el que siempre está.
Y me pregunto frente a estas lacerantes ausencias tan resurgidas en sus veladoras que han alumbrado mis días ¿cuántos otros dolores de ese jaez me esperan? Tan grandes, tan grandes, no los visualizo. Se necesitará una crueldad despiadada para recetarme ahora sí que a mis años más penalidades tan atroces.
He hablado aquí de seres humanos que la emprendieron antes que yo ¿se imaginan si añado las separaciones de mis animales? Allá afuera en el jardín enterrados, que un día voy a perder cuando los negociantes de la colonia Miguel Hidalgo decidan levantar una caja de zapatos de diez pisos como departamentos sobre el terreno baldío, ayer una casa bella de familia vendida por nada... todos los días me despido amorosa de mis árboles sembrados por estas manos que nunca han tenido nada más que los deseos, el hambre, la desdicha y esta casita lograda con mis esfuerzos en el trabajo, las desmañanadas, las desveladas, los temerarios atrevimientos en viajes, discursos, conferencias, las humillaciones y jugarme la vida en el amor. Días de muertos. Pon tú.
