Una noche con Manlio Fabio Beltrones
Lo que pasa es acumulación, amontonamiento de sucesos, uno tras otro, y todos importantes para el lector (que soy yo) y sin seguridad si lo escogido será lo leído por quien con mis letras se tope.
Hay articulistas egregios y soberanos sabedores de su grandeza y sin tocamientos al corazón. Otros vamos recorriendo las edades en la contienda contra las injurias del tiempo sin conseguir saber de presunciones sobre los demás siendo superlativa (por el contrario, se navega en las enseñanzas mal digeridas de la catolicidad siempre en pro de la humildad, como la estupidez de “poner la otra mejilla”). La cosa consiste en saber qué seleccionar pidiéndole a Dios que el lector piense igual que uno; por ejemplo, en mi caso, hoy tengo la tentación de contar una noche en Álamos, después de haber presenciado un concierto durante el festival que celebra el estado de Sonora en el bello pueblo recoleto y tan de mi corazón, año tras año. Esa vez asistió el gobernador de la tierra donde maduró la Revolución: Manlio Fabio Beltrones, quien ya para entonces era nuestro amigo político. Mis compañeros diputados de la LIII Legislatura, Rebeca Arenas y Luis Orcí, tenían una casa maravillosa en la calle principal e invitaron a Manlio a cenar con nosotros, que éramos sus huéspedes: Héctor Azar —bienamadísimo mío—, Martín Luis Guzmán y su escribana para servirles. Bajamos la empinada para llegar a la sala provinciana de los balcones, las ricas bebidas y por alguna esquina los muebles de Sonora construidos con los troncos de los árboles prodigiosos, de tal virtud que hasta las vigas de los techos son esas maravillas. Una vez en San Antonio, del otro lado, asistí a una exposición de pintura y escultura y una de las piezas en exhibición era un sillón de troncos sonorenses. Por cierto, ganó el premio… yo me senté en él por mi familiaridad con el arte de Álamos. Increíble.
Manlio gozaba la noche y nuestra admirancia de que un señor gobernador se dignara acompañarnos “a pata” como cualquier hijo de vecino. Yo, por lo menos, acostumbrada a la pomposidad de los gobernadores que me sé, no salí de mi asombro. Beltrones es un hombre político cien por ciento, es difícil encontrar su seriedad y su sentido del humor reservado para sus amigos, tratarlo es siempre una sorpresa, no así la fuerza de sus opiniones, ya sea en privado o en la tribuna.
Como gente de teatro que soy o que fui en mis principios periodísticos, ya no asisto al teatro diariamente como antes porque no tengo con quien acompañarme, no poseo automóvil ni mucho menos chofer, entonces, como imaginan, me es imposible trasladarme apoyada en un bastón. Todo el mundo —digo, es un decir— sabe de mi accidente al romperme la pierna derecha y los sucesivos fallos para componérmela en operación tras operación. No me quejo, sólo informo. Y esto para declarar que Beltrones sí parece lo que es, como en el teatro…
Como he ido tantos años al PRI, militado y trabajado para el partido, me ha dado un gran gusto la presidencia de Manlio. Sé que hemos avanzado en ese universo de los mandos y creo, debido a la menoridad de los otros contendientes o la efervescencia de las ambiciones, que si bien son lógicas y hasta benéficas en mucho, al grado en que han subido actualmente demeritan la lucha… las uniones con otras tendencias distintas como son el agua y el aceite, y sin embargo ocurren y dejan ver la debilidad de las creencias doctrinarias. El diputado Chumacero, quien era nuestro compañero, una vez expuso desde la tribuna un discurso ejemplar, y en él aseguraba que en su partido (PRI) era factible en un tiempo X aliarse con otro, cualquiera, pero jamás, dijo, con el PAN. Por cierto, recién estrenada como diputada su escribana me entusiasmé tanto que lo ovacionaba con expresividad y recibí las primeras ácidas críticas de los periodistas, olvidados de nuestra igual profesión. Aquí viene un tanto mi experiencia fallida en cuanto me exalto con alegría —no sé otra forma— y lo demuestro, parece que molesta mucho, me han criticado a un grado tan feroz que últimamente, ya en los finales de esta vida, creo, no expongo nada de nada sólo cuando constato estar solitaria. Así lo hice la primera vez que mi periódico me mandó a Nueva York a la Feria Mundial, la cubrí sabiendo un inglés peor que el de Katy Jurado y sin conocer ni a la Estatua de la Libertad; mi primer gran prueba para lo que vendría con el tiempo: enviada especial a Europa y a mi exaltante experiencia a la Rusia todavía Soviética. Allí te quiero ver, porque en Sudamérica, reportearla, fue pan comido en español (incluyendo Brasil y Portugal, en su momento).
Este artículo está dedicado a Manlio Fabio Beltrones. Pero también deseo dejar dicho aquí mi tranquilidad actual, al saber que se está recuperando don Emilio Chuayffet Chemor, mi buen amigo, amigo, a su vez, de Laura Pavón Jaramillo. Por cierto, hoy fue evocación de puros queridos cuates que fuimos diputados.
