La culpa de Porfirio Díaz

Ya clarea la tarde. Empieza a ponerse ocre la luz, aquella dorada presencia del sol que se va, ya no está. Y yo me trueno los dedos pensando lo que debo escribir. Es que nadie sabe lo que es la depresión, parecería palabra de niña bien, pero allí te quiero saber por dónde, aunque hayas escrito apuntes por doquier…

Es que se mueren mis amigos. Hace unos días, Jacobo, el único, y luego Gustavo Sainz; íbamos juntos a su universidad de Albuquerque, me invitaba a dar conferencias y a los salones, los jardines con sus mesas de cemento, sus pasillos donde todavía se podía fumar, yo fumaba como chacuaco, diría Ernesto de la Peña, y ni imaginaba que iba a dejar de hacerlo dado el placer, los intervalos aparentemente inteligentes, la importancia de llamarse X, ¿y por qué iba a hacerlo? Nunca pensé en el peligro de muerte hasta que, acostada ardiendo en calentura en la cama del hospital del barco a donde fui a dar la vuelta al mar con Enrique Fernández Martínez, me dijo el doctor de cabeza anaranjada, como noruego: “si no deja de fumar la bajo del barco y la dejo en una isla cerca de Hawai, y que manden un avión por usted de su país…”. Me quedé helada, como muerta entre las sábanas. Allí se acabó la jarana.

Tengo apartadas unas páginas del libro que escribí sobre Carmen Serdán, en el que cuento cuántas haciendas había en mi patria cuando cayó Porfirio Díaz, es decir, renunció, ideal para ahora que les ha dado por ahí —como dicen en mi tierra—. Es que cuando éramos chicos ni de chiste se nos hubiera ocurrido querer que trajeran los restos de don Porfirio. Fíjense si ya grande yo, digo talludita, desde mi cuarto del hotel al que íbamos mi esposo y yo siempre a París (hotel en la Avenue Raspail, absolutamente divino, hotel, también, de Gabo García Márquez, cuando era tan pobre como nosotros, y del que nos íbamos a desayunar y a cenar a la esquina al restaurante La Coupole) veíamos el cementerio donde reposa todavía el dictador, hoy tan anhelado, y nunca se nos ocurrió bajar a suspirarle.

(Por cierto, valga la anécdota, en Polonia, en los muelles de Gdansk se iba a botar un buque encargado por el gobierno mexicano para la marina y cuyo nombre era Coronel Díaz, es decir, cuando todavía incólume a la mancha subsistía el militar y héroe… cantamos el himno y, por supuesto meditamos. Qué lástima que ya se murió Edmundo Domínguez Aragonés para que me hiciera fuerte en este recuerdo).

Vayan por mientras unas palabras de Tris de Sol, el libro que les decía de Carmen Serdán:

“Hubo en mi patria ochocientos treinta hacendados, seis mil veintitrés haciendas, catorce mil quinientos setenta y cinco ranchos. En esos lugares vivían los amos y señores de mi patria, las madames que hablaban en francés, y las institutrices que hablaban en francés, y los  sacerdotes y tutores y albaceas y apoderados que hablaban francés. Y vivían con ellos sirviéndolos de rodillas en la friega del piso, en la siembra de la tierra, en la aplaudida tortilla de la mañana y la noche, en el lavado de la organza y el raso, de rodillas… mujeres, mujeres jóvenes embarazadas, y vírgenes, y envejecidas, y ancianísimas, y niñas. Y niños y jóvenes castrados, y jóvenes sin compañera, y jóvenes que ya se iban a casar por órdenes del patrón con la concubina del patrón, y criados mayores y mayordomos menores, y caballerangos y caporales, peones, aparceros, medieros, cuanto varón hay sobre el mundo para servir a los dueños del mundo, y por eso los patrones enterraban en la tierra a sus siervos dejando la cabeza del esclavo a ras de la tierra, la que iba succionando al infeliz que se consumía tatemado por el sol y la fuerza de los patrones vestidos de charros, que lo visitaban por la mañana cuando la fresca para ver si el torturado confesaba dónde había puesto el real o el medio kilo o decía al fin el nombre del que iba de noche a hablarles de rebelión y de derechos humanos y dignidades, y que venía de la capital a contar de unos hermanos Flores Magón y de un descastado traidor Francisco I. Madero y de otros enemigos de la paz, la paz, la paz…”.

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