Pusilánime
Era un tipo de esos que podrían pasar desapercibidos, de ésos que, aunque guapo y sexy, no se deja ver después de visto; porque se esconde detrás de su cara de buena gente y sus buenos modales.
Un tipo que es y al mismo tiempo no es, que se atreve, pero que luego se echa pa trás; en resumidas cuentas, un pusilánime. Pusilánime, de acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española1, viene del latín pusillanimis, y está compuesto por las raíces latinas pusillus, ‘pequeño’, y anima, ‘alma’, es decir, de alma pequeña, es decir de poca alma, de espíritu escaso, de temple enano, como el tamaño de la del sujeto éste —y de sus cojones también—. El término refiere a una persona apocada y “falta de empuje, con poco ánimo, voluntad y valor para tolerar las desgracias o para intentar cosas grandes, alguien a quien les es muy difícil afrontar situaciones y menos aún, comprometerse”.
Y yendo más allá cuando lo califiqué de pusilánime, tuve que acercarme al Diccionario del uso del español, de María Moliner, que por si no lo saben es mi lingüista favorita. Ella era española —zaragozana para ser más precisa— y nació en 1900, tuvo que estudiar historia porque la carrera de lengua no existía aún en la Universidad de Zaragoza y se formó como filóloga y lexicógrafa de forma casi autodidacta.
Lo más interesante de ella, es que ya en su época empezó a darse cuenta de la cerradez y lo improcedente y lenta que era la Real Academia Española para admitir cambios en su diccionario y de las grandes deficiencias que éste tenía, por lo que emprendió la ambiciosa tarea de crear, ella sola, “un pequeño diccionario,... en dos añitos”, una hazaña que pudiera parecer imposible.
Para lograrlo se la pasó recopilando a mano, en fichas, palabras del lenguaje cotidiano, durante horas, días y años —más de 15—, trabajando siempre en su casa, en la cocina, alternando las labores de madre y ama de casa, hasta dar con un genuino Diccionario de Uso, lleno de ejemplos, de definiciones, de sinónimos, de expresiones y frases hechas; así como de familias de palabras, términos de uso ya común, pero que la RAE no había admitido, como cibernética, a los que agregó datos de gramática y sintaxis y numerosos ejemplos. De hecho, de ella fue la ocurrencia de cambiar el orden de la Ll en la L, y de Ch en la C —criterio que la RAE seguiría muchos años después, en 1994—.
La primera edición —y la única original autorizada por ella— fue publicada entre 1966 y 67, y se sigue usando porque es un diccionario útil y sencillo, muy castizo, pero mucho más cercano al habla de nosotros que el de la Academia. Como ella misma alguna vez afirmó, “el diccionario de la Academia es el diccionario de la autoridad. En el mío no se ha tenido demasiado en cuenta la autoridad... Si yo me pongo a pensar qué es mi diccionario me acomete algo de presunción: es un diccionario único en el mundo”2.
Pues justo este diccionario describe perfectamente al pusilánime en cuestión—incluso mejor que yo, que lo conocí, que me junté con él, que lo padecí; haga de cuenta que me leyó la mente—, quizá ella había conocido a alguien así, quizás fuese un novio que tuvo por ahí, o su esposo mismo Fernando Ramón con quien tuvo cuatro hijos, porque dice, y dice bien, que es alguien “corto, apocado, de poca intención; alguien de nulo entusiasmo para emprender cosas o arrostrar peligros o dificultades”; y además agrega que se trata de un hombre “vil, cohibido, corito, poca cosa, pobre de espíritu”, y termina con “un pobre hombre, mandria, pendejo, parapoco, cobarde, parado, tímido, vergonzoso”.
Todo eso y más, porque un pusilánime, por serlo, va por la vida sin hacerse cargo de él mismo ni de los actos que comete ni de las palabras que dice ni, evidentemente, de lo que conllevan; y causa más mal que un tornado, ya que una acaba confundida, con la culpa encima —porque él, con su carita de no rompo un plato, ¿cómo le va a hacer daño a alguien?—, y aun después de años, una sigue pensando si hizo bien o mal en mandarlo a freír espárragos.
Es justo lo que define el dsm-iv como un trastorno pasivo-agresivo, Seguro se lo pueden imaginar: hablando quedito, con pocas agallas, “temeroso, medroso, encogido, cabizbajo”, pero urdiendo tramas para salirse con la suya, para engatusar con su actitud mezquina y bajanera, y así conseguir lo que se propone, para lavarse las manos después de sus fechorías y seguir así dando lástima.
Si usted conoce —o llega a conocer— a alguien así, relea esta nota y haga como María Moliner y yo: húyale como a la rabia.
1. En el Diccionario del Español de México no viene acuñado el término.
2. Que es apocado, de poca inteligencia, vano.
