Maru: Fox y Calderón

La política se alimenta de aciertos, pero sobre todo de errores. Y el oficialismo se ha cansado de cometerlos en las últimas semanas. El verdadero descontrol gubernamental nació en Palenque el 3 de enero pasado. La extracción de Maduro en Venezuela exhibió al fundador del lopezobradorismo frente a ese espejo y la imagen que vieron lo aterrorizó. La presidenta Sheinbaum tuvo en esas semanas la enorme posibilidad de reorientar sus naves, poner distancia política, no necesariamente personal, con su antecesor y sobre todo con la terrible herencia en políticas y personajes que le había dejado, pero la desaprovechó por completo.

Tuvo otra enorme oportunidad con la demanda de detención para fines de extradición presentada por Estados Unidos contra el gobernador Rubén Rocha y los demás funcionarios sinaloenses y la volvió a desaprovechar. Pero no sólo eso, al defenderlos a ultranza rompió con Estados Unidos y su gobierno se mostró como un defensor de los narcotraficantes, a pesar de los avances en el ámbito de la seguridad. Como reclama Estados Unidos y como dentro del país hemos diagnosticado muchos, si no se rompen las redes de protección política y complicidad con el crimen organizado, siempre habrá regeneración en los grupos criminales. 

Para distraer del desastre político en que se convirtió toda la operación Rocha para el gobierno, aumentado con la entrega de dos de los acusados a Estados Unidos, el gobierno se lanzó, también con señales desde Palenque, a una fuga hacia adelante con el tema de la injerencia extranjera a partir de un incidente en Chihuahua e inició un ataque desde todos los ámbitos, incluyendo el judicial, contra la gobernadora Maru Campos.

Lograron lo casi imposible: una oposición debilitada y que no tenía candidatos viables, encontró en Maru Campos un referente que, poco a poco, se ha convertido en nacional, algo similar a lo que provocaron con el asesinato de Carlos Manzo en Michoacán, con su viuda, Grecia Quiroz, a la que ya no saben cómo detener para que no gane las elecciones en el estado el año próximo (y, si se cumplen las advertencias sobre las acusaciones en Estados Unidos contra el gobernador Ramírez Bedoya, la debacle puede ser total en ese estado).

Pero lo cierto es que Campos, que además es una mujer echada para adelante, ha encontrado con lo sucedido su discurso, su perfil, su imagen, y nuclear en torno suyo una serie de aliados, internos y externos que no tenía hace unos meses. Su partido, el PAN había disminuido dramáticamente durante las presidencias de César Nava, Gustavo Madero y Ricardo Anaya, pero a un límite insuperable durante la de Marko Cortés. Las rupturas internas y la incapacidad para procesarlas fueron increíbles. Una de las más cuestionables acciones de Anaya y, sobre todo, Marko fue tratar de extirpar a los expresidentes Vicente Fox y Felipe Calderón del partido. 

Felipe estuvo a punto de lograr el registro de México Libre (no lo logró por una operación política de López Obrador avalada por el INE, cuando había cumplido con todos los requisitos para tener el registro) que hubiera podido desfondar al PAN. 

La llegada de Jorge Romero oxigenó un poco al partido y han comenzado a surgir liderazgos como Alessandro Rojo de la Vega en la alcaldía Cuauhtémoc, que la pone en línea para buscar el día de mañana la CDMX. Pero ningún fenómeno ha sido tan poderoso como el surgimiento de Maru Campos, paradójicamente creado por la suma de torpezas del oficialismo.

En 1986, la cerrazón del gobierno de Miguel de la Madrid, por un fraude orquestado por Manuel Bartlett desde la secretaría de Gobernación, provocó desde Chihuahua un movimiento que desde lo local se transformó en nacional, encabezado por Pancho Barrio y don Luis H. Álvarez, al que su sumaron numerosos dirigentes, pero también, como ocurre ahora con Maru, personajes de la vida política que eran lejanos, en muchos casos, del PAN. De ahí, de los llamados bárbaros del norte, nació la candidatura de Manuel Clouthier, que disputó la Presidencia en 1988 y de ese movimiento surgió también Vicente Fox, que la ganó después, en el año 2000, y que fue sucedido por Felipe Calderón en el 2006. Todo eso se dilapidó durante la gestión de Marko Cortés y su equipo, que tuvieron las dos peores elecciones en la historia reciente del PAN, en 2018 y 2024, sumado al virtual exilio partidario de Fox y Calderón.

Los dos expresidentes han sido demonizados por la 4T, pero en el PAN olvidan que siguen siendo los políticos de origen panista más populares y que dejaron sus presidencias con altos índices de aceptación. Fox dejó el gobierno con un índice de aceptación de entre 60 y 67%. Calderón terminó con 60%. Sus gobiernos tuvieron aciertos y errores, pero comparados con lo que hemos vivido después sólo pueden ser revalorizados.

A Fox y a Calderón (que también tienen distancia entre ellos) los juntó Maru Campos el sábado en Chihuahua, como ha acercado en torno suyo, ante la persecución que se ha desatado en su contra, a muchos que no habían reparado en la gobernadora de Chihuahua.

En 2005, cuando estaba golpeado y debilitado por los videoescándalos, el gobierno de Fox, asistido por la ley, pero mal asesorado políticamente, quiso darle el golpe final a la candidatura de López Obrador con el desafuero. Lo impulsó tanto que por apenas 300 mil votos no alcanzó la Presidencia en 2006. Nadie aprende de errores ajenos.