La embestida del oficialismo contra la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, ya había logrado revivir a la oposición después de un largo letargo. Ahora, ha producido un milagro: reunir a los expresidentes Felipe Calderón y Vicente Fox en un mismo acto público, como sucedió el sábado en la Expo Chihuahua. Enfrentados desde que Calderón se adelantó en el juego de la sucesión presidencial de 2006, ambos no se encontraban en público desde el 1 de diciembre de aquel año, en la turbulenta toma de posesión de éste. El reencuentro, casi 20 años después, cobijado bajo el lema “Yo con Maru”, congregó a cientos de simpatizantes y a la plana mayor del panismo nacional en respuesta a la arremetida de la Fiscalía General de la República contra la mandataria estatal.
Felipe Calderón, quien renunció al PAN en 2018, viajó expresamente desde España para asistir al acto. El michoacano explicó los motivos de su presencia: decidió asistir porque le enseñaron que en la vida hay que hacer lo correcto; y lo correcto, aseveró, es estar al lado de los ciudadanos, de la seguridad y de la justicia. Asimismo, manifestó su preocupación por lo que ve como la construcción de un Estado autoritario y la demolición de la democracia mexicana, un peligro exacerbado por la expansión del crimen organizado, señaló.
Su reclamo más potente cimbró el recinto al señalar que el Estado existe para proteger la vida y la libertad de las familias, no para amparar a delincuentes, sentenciando con firmeza: “Lo que México exige son más Marus Campos y menos Rocha Moyas. ¿Qué parte no entienden? ¡Carajo!”. Calderón remarcó que ya no se debe confundir nación con facción ni justicia con venganza ni soberanía con impunidad.
Por su parte, Vicente Fox, a sus 83 años de edad y mostrando dificultades para caminar, no escatimó en adjetivos para calificar la regresión política que padece el país. Afirmó que Morena se ha convertido en la nueva “dictadura perfecta”, tejiendo un conjunto de 90 cambios constitucionales orientados únicamente a perpetuarse en el poder absoluto. El guanajuatense acusó al partido gobernante de traicionar radicalmente sus promesas de campaña y de hacerse del poder con base en mentiras y demagogia. Lejos de la retórica derrotista, Fox llamó a todas las fuerzas opositoras a detener la “regresión” y fijó como primer paso el lograr que en las elecciones de 2027 el oficialismo pierda la mayoría en la Cámara de Diputados y en los congresos estatales.
El clímax del encuentro llegó con la intervención de la propia Maru Campos, quien elevó el tono al modificar drásticamente su diagnóstico sobre el gobierno de la llamada Cuarta Transformación. La mandataria confesó que inicialmente veía en Morena una administración ineficiente, con hospitales sin medicinas y carreteras sin mantenimiento; sin embargo, reconoció haberse equivocado, pues lo que realmente se ha construido en estos años, señaló, es un “narcogobierno” que ha concentrado el poder para entregárselo al crimen organizado.
Campos fue tajante al señalar que el estado de Sinaloa operó como el “laboratorio” donde el oficialismo experimentó el sometimiento de candidatos y ciudadanos para ganar elecciones con el apoyo de la delincuencia. Explicó que su administración intentó mantener una relación institucional con la Federación, pero los ataques sistemáticos lanzados desde las conferencias mañaneras tras el operativo antinarco en la Sierra Tarahumara —donde la fiscalía federal investiga la presencia de agentes de la CIA— evidenciaron la naturaleza persecutoria del centro político.
El acto en la Expo Chihuahua no fue una simple muestra de solidaridad regional, sino el síntoma de un bloque opositor que ha encontrado en la resistencia norteña un nuevo eje de articulación nacional. Si el oficialismo no entiende que su estrategia de golpeteo está errada y cargada de soberbia, seguirá haciendo crecer la figura de Maru Campos. En cambio, lo que debe hacer, de manera impostergable, es liberarse de cualquier vínculo con el narcotráfico y dejar de dar la impresión de que está cobijando a los sinaloenses señalados sólo porque son compañeros de partido. Eso no se logra gritando “injerencismo” desde la plaza pública.
