De mujeres, fuego y cosas peligrosas

En «El idioma analítico de John Wilkins» de su libro Otras inquisiciones, Borges habla acerca de «cierta enciclopedia china» que clasifica a los animales de la siguiente manera: «(a) pertenecientes al emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) otros, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas»..

George Lakoff, un intrépido lingüista, usa este pasaje como pretexto para hablar acerca de lo relativo que es nuestro modo de categorizar el mundo y la forma en que éste varía de cultura en cultura en su libro Women, fire and dangerous things.

Él afirma que lo que convierte este pasaje en arte y no sólo en mera fantasía, es que la sensación que tenemos al leerlo —los de la cultura occidental— es la misma que experimentamos cuando leemos algo acerca de culturas lejanas o exóticas.

A continuación ejemplifico lo anterior con dos casos de lenguas de culturas distintas: la lengua australiana casi en extinción, dyirbal, y la lengua japonesa.

En el caso del dyirbal, Lakoff nos dice que siempre que un hablante quiera usar un sustantivo, éste tiene que estar precedido por una variante de una de estas cuatro palabras: bayi, balan, balam, bala, ya que son más que artículos, «clasificadores» de «todos los objetos del universo», a saber:

Bayi: seres humanos del sexo masculino y la mayor parte de los animales —hombres, canguros, muertos, murciélagos, la mayor parte de las serpientes, muchos peces, algunas aves, casi todos los insectos, la luna, tormentas, el arcoíris, boomerangs, algunas lanzas, etcétera.

Balam: cualquier tipo de comida, excepto carne —todas las frutas comestibles y las plantas de donde provienen, tubérculos, helechos, miel, cigarros, vino y pasteles.

Balan: seres humanos del sexo femenino, fuego, cosas peligrosas y agua —mujeres, perras, ornitorricos, echidna, algunas serpientes, algunos peces, la mayoría de las aves, luciérnagas, escorpiones, grillos, azotadores; el sol, las estrellas, escudos, lanzas y algunos árboles.

Bala: todo lo que no está en las otras tres —partes del cuerpo, carne, abejas, viento, palos de ñame, la mayor parte de los árboles, hierbas, lodo, piedras, ruidos y el lenguaje.

Ésta es una lista con la que Borges se hubiera fascinado y la cual podría rebasar todas las posibilidades de fantasía e imaginación.

Pero basta entender un poco la cultura dyirbal, sus concepciones, leyendas y mitos para hacer esta clasificación un poco comprensible. «Por ejemplo —nos dice Lakoff—, la categoría balan se hace coherente si se resume de la siguiente manera: las mujeres en la mitología dyirbal cuando mueren se transforman en aves; a su vez, el sol es una figura femenina —tal como lo es en otras lenguas como el alemán: Die Sonne—, el sol está íntimamente relacionado con el fuego, el fuego quema y es peligroso, y los azotadores, serpientes, cuchillos, etcétera, también».

Por otro lado, tenemos el clasificador japonés hon. Ésta es una palabra que se usa antes de cualquier nombre relacionado con cosas largas, delgadas y rígidas como palos, latas, lápices, velas, árboles y objetos de ese tipo. Pero lo genial es que el uso de este clasificador se extiende también a:

• concursos de arte marcial

• hits y lanzamientos de beisbol

• encuentros de judo

• rollos de cinta

• llamadas telefónicas

• radio y T.V.

• cartas

• películas

• inyecciones

Tal como pasa con el dyirbal, a primera vista una clasificación del mundo de este tipo parece imposible si no tomamos en cuenta las extensiones metafóricas que la mente humana puede hacer de cada palabra. Estos dos ejemplos nos permiten ver cómo los sistemas de clasificación de la lengua reflejan diferentes aspectos de la mente: cognitivos, empíricos, imaginativos y ecológicos, entre otros.

Directora de Algarabía Editorial

Twitter: @palabrafilica

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