Depredador
El poder de la demagogia es enorme y ladino. El que no lo resiste está perdido.
Cuauhtémoc Cárdenas no es un demagogo. Andrés Manuel López Obrador sí. En los dos sentidos de la palabra, que no son necesariamente opuestos, pero tampoco complementarios. Cuauhtémoc, en general, no miente, y cuando lo hace lo hace mal. El hombre de Macuspana, en cambio, no para de mentir, pero algo ha de haber en él que hace convincentes sus añagazas. Convincentes para algunos, entendámonos. Pero esos algunos no son pocos ni son zafios todos.
En el otro sentido del término, Cárdenas demostró también no ser un buen conductor de pueblos. La coyuntura de 1988 fue al mismo tiempo propicia y compleja. Y él no supo o no pudo resolverla. No la libró, a pesar de la enorme popularidad explosiva de la que gozó en esos días. Y es que el triunfo, en la guerra como en la política, es un expreso, si no se sube uno en el momento preciso, ya no se subió.
López también perdió su gran oportunidad en 2006, pero al revés de Cárdenas, consiguió mantener un liderazgo que fue dilapidando a lo largo de los años siguientes. Cárdenas es sin duda más serio que López, y eso tal vez jugó en su contra. A menudo en la historia, ay, la estridencia reditúa. Vociferar atrae. Y eso no es culpa del vociferador, sino de aquellos que, como moscardones, se dejan seducir por la flama. Cárdenas no sabe ni quiere vociferar. Es eso tal vez lo que lo hace un mal demagogo.
La historia miente. Siempre miente. Unas veces más, unas veces menos, pero siempre dice mentiras, mistificaciones. Las biografías oficiales de López Obrador le dirán que se incorporó al FDN, encabezado por Cuauhtémoc, en 1988. Y ello, sin dejar de ser verdad, es mentira. Lo que no le dirán es que se sumó a la cargada después del éxito electoral del Frente en julio de ese año y de que fuera designado como candidato a gobernador de Tabasco en contra de Salvador Neme Castillo.
Como buen demagogo, López no estuvo en la fundación de la Corriente Democratizadora en 1986 ni en la de la Corriente Democrática en 87, ni en la del FDN en 88. En ese tiempo él era funcionario de nivel medio del PRI en la Ciudad de México, y ya había compuesto el himno para Tabasco de ese partido. Se subió de aguilita al tren cuando éste ya había ralentizado y cuando, a pesar de la derrota y de la consecuente e inevitable acusación de fraude, resultaba promisorio y, sobre todo, le ofrecían la candidatura. Que, sabía, no era ganadora, pero constituía un escalón considerable.
Escalón de una escalera que lo llevaría primero a la presidencia del PRD y después a ser postulado a la Presidencia de la República. Se abrió paso a codazos. Su verbo inflamado e irresponsable le desbrozó el camino. Aún hoy no comprendo por qué Cárdenas se dejó hacer a un lado de manera tan pasiva e inerme. Sin duda la derrota del 88 había provocado fracturas en la cúspide del Frente y en la fundación del sol azteca, en la que participaron personajes más que dudosos. En ese preciso momento yo me desmarqué. Ya no lo vi claro. O, peor que eso, lo vi demasiado claro. Aquello era un PRI reconstituido, mal reconstituido. La propuesta de Cuauhtémoc y su primer círculo —Porfirio, Ifigenia, González Guevara, Carlos Tello, Martínez Corbalá y varios más— era temeraria. Era ponerse con Sansón a las patadas. Y casi lo derriban. Casi. Pero todo el tejido era demasiado frágil. Cuando las arañas se subieron, no hubo quién las detuviera. Las genuinas audacias y sus magníficos adalides siempre han estado, a lo largo de los milenios, en la cuerda floja. Las grandes convulsiones son impredecibles.
Perseguir objetivos radicales tiene esa misma osadía nunca opacada sin bambolear imprudentemente el navío. El sino de esos cabecillas impone rupturas, Maquiavelo implacable vaticinó insubordinaciones, presagiando otras revueltas turbias entre militantes orbitales no organizados siempre maleables ante loberías.
Una de esas arañas orbitales fue precisamente López Obrador. Su discurso ha penetrado no sólo en las capas más vulnerables e iletradas de la población. Para mi desconcierto, un número nada despreciable de amigos míos, sensatos, cultos y curtidos, le creen, lo admiran y lo siguen. No lo entiendo. Algo está mal. Y a lo mejor el que está mal soy yo, pero no pienso renunciar a seguir estándolo. El poder de la demagogia es enorme y ladino. El que no lo resiste está perdido.
Cuando los fantoches tienen éxito es que algo muy serio ocurre. No en los fantoches, pues de esos hay muchos y no es su responsabilidad el serlo. La fantochería es algo casi genético, una condición cultural, social y sicológica que se apodera de uno, es decir, que se apodera de otros. La verdadera culpa, el auténtico origen del fenómeno, o más bien de la pervivencia y del triunfo del fenómeno, reside en aquellos que constituyen su caldo de cultivo. Aquellos que se embelesan y emocionan ante la demagogia del charlatán.
Si un producto cualquiera se convierte en un éxito comercial, independientemente de sus cualidades, el mérito recaerá, en primer lugar, en aquellos que lo adquieren, no tanto en aquellos que lo proponen, promueven y venden. O, si quiere usted, culpígeno lector, diga que el mérito es del que consigue que los compradores compren. La virtud del vendedor es la debilidad del comprador.
En economía se ha dicho mil veces que es la demanda la que determina la oferta. Hace decenios eso pudo ser cierto, pero hoy es exactamente al revés: es la oferta la que determina la demanda. El auge y proliferación de todos los medios han hecho que los mercaderes dominen a los parroquianos. Y esa es una verdad del todo indiscutible, tanto en el comercio como en la política institucional.
Hoy en día los caminos del apendejamiento colectivo recorren plácidamente tanto los terrenos de la mercadotecnia industrial como los del amaestramiento político. Las manadas han aprendido a ser rebaños.
El pejelagarto, según los diccionarios, es un pez agresivo, depredador, de tamaño medio, acechador y con apariencia de reptil. La morena, también según los diccionarios, es un pez depredador, de tamaño medio, agresivo, acechador y con apariencia de reptil.
A veces, para nuestro asombro, las palabras hablan solas.
