La gente de bien
La gente de bien no es la gente bien. Es decir, no toda la gente bien es de bien. La “gente bien” son los aristócratas, los pudientes. Casi todos los habitantes de Bosques de las Lomas son gente bien. Pero no todos son gente de bien. Algunos sí. Ni todos los ...
La gente de bien no es la gente bien. Es decir, no toda la gente bien es de bien. La “gente bien” son los aristócratas, los pudientes. Casi todos los habitantes de Bosques de las Lomas son gente bien. Pero no todos son gente de bien. Algunos sí. Ni todos los habitantes de Valle de Chalco son gente de bien. Algunos sí. La confusión es inevitable y no debería serlo.
La reflexión banal viene al caso a raíz de las inminentes elecciones legislativas y estatales de junio. Que invitan a pensar, entre votantes y votados, que la gente de bien está en vías de extinción, como los borregos cimarrones. Dice Excélsior que quedan unos diez mil (borregos). Gente de bien espero que haya más, pero igual me deprimo. Y habrá mucha gente de bien, guiada por su buena fe, que acudirá dócil a otorgar su voto a gente que no es de bien.
Esta certeza puede conducir a un espejismo. Engañoso como todos los espejismos. Permítame relatarle dos episodios directa y personalmente vividos recientemente que estimulan e invitan al optimismo, y que espero no sean meras fatas morgana, wishfull thinking.
El otro día, para regresar a casa tomé un taxi, en el sitio que se encuentra en la esquina de avenida Copilco y Cerro del Agua. Era un vochito, el chofer era un señor mayor, más joven que yo. Más o menos a medio camino, ahí por el malhadado Centro Coyoacán, se le paró. El vocho. Todos los intentos para arrancarlo fueron inútiles, y consternado el ruletero me confesó que no podíamos seguir.
Yo la veía venir, así que el anuncio no me sorprendió. Saqué treinta pesos de la cartera, lo que yo consideraba el precio de la mitad del trayecto que habíamos recorrido y se los di. Es decir, intenté dárselos, pues él con amabilidad y firmeza los rechazó. Es eso lo que sí me sorprendió. Y me avergoncé de que así fuera. “No señor, yo no realicé el servicio para el cual usted me requirió. No me debe nada y le pido disculpas”. Yo insistí. Utilicé mis proverbiales dotes de convencimiento. Inútil. Le aseguré que yo tomaría otro taxi, demostrarle que no había fijón y que yo era gente de bien. Falso. El que era gente de bien era él.
No le pedí su nombre ni tomé las placas. Poco después me arrepentí. Ahora creo que hice bien. Exhibirlo y elogiarlo sería una manera de humillarlo. El honor por el honor se vale. Nunca olvidaré su gesto y, al mismo tiempo, considero que no lo debería considerar como excepcional.
La segunda escena, menos impactante pero no menos edificante, la viví hace apenas unos días, cuando mi estimada Vica me acompañó a hacer compras de urgencia de algunos víveres y béberes a última hora a la otrora Comer, hoy Soriana. Sólo funcionaban un par de cajas, y delante de nosotros había un joven con el carrito repleto de mil madres. Nosotros nos formamos resignados con nuestros cuatro chunches en las manos. El hombre se volteó, nos miró, y sin más, con una sonrisa, nos dijo, pasen adelante, ustedes traen pocas cosas. El acto, si quiere usted, realista lector, podría parecer mínimo, pero, y ése es el hecho que, con toda contundencia, quiero subrayar y destacar hoy.
No quiero entrar en esa vorágine numérica que todo quiere reducirlo a estadísticas, unas más fantasmagóricas que otras. Pero aseguro, sin reticencia ni precaución alguna que la mayor parte de nuestro pueblo está formado por gente de bien. De Europa, que he recorrido de norte a sur, de levante a poniente, no puedo decir lo mismo. La generosidad, entrega, empatía y desprendimiento de los mexicanos no tiene parangón en el mundo. En el mundo que yo conozco, que tampoco es tanto.
Aquí hay un punto que es imprescindible señalar e iluminar. La gente de bien no ha de ser necesariamente gente común. Los hay muchos a los que su bondad y bonhomía no les impide ser singulares e incluso estrambóticos. No son pocos los hombres y mujeres cívicos y pródigos que al mismo tiempo son excepcionales. El altruismo y el humanismo no imponen cartabones. Su conducta tal vez no será standard, pero no por ello menos fraterna.
Personas originales requieren más inventiva. Mientras individuos vivales impresionan, la auténtica alcurnia manifiesta otro proceder ofreciendo rumbos más intrépidos. Pocos osan retar nuestras obligaciones sociales o teológicas roturando otros surcos.
Es por ello del todo, más allá de lo sorprendente, incomprensible, que los hombres de bien se dejen tomar el pelo con tanta frecuencia por los que no lo son. Ni por mucho. Eligen, sin morderme la lengua, verdaderos truhanes. Sé, sí, de algunos candidatos honorables en las elecciones de junio, pero los puedo contar con los dedos de una mano y me sobran. Y, además, creo que se equivocan. Y, para más inri, pongo la mano en el fuego de que perderán.
El mejor camino para triunfar en los negocios y en la política, créame resignado lector, no es el de ser un hombre de bien. De ninguna manera.
*Matemático
