Baile de máscaras
Los actuales órganos de la política: partidos, gobiernos, cámaras, institutos e instituciones, no son más que depósitos de desechos, fábricas de composta.
Quisiera quitar el dedo del renglón, pero no me dejan. Y mis dedos ya están hartos de esos renglones. Supongo que sus ojos también, fiel y paciente lector. Pero ni modo.
Hace apenas una semana le hablé aquí mismo de nuestros entrañables dieciséis cerditos. Me sirvieron como verbigracia magnífica de ese oscuro y al mismo tiempo escandaloso fenómeno que llamé “descomposición”. Y de manera más alambicada y más ajustada, la “decadencia de la decadencia”. Los adjetivos sobran, pero al mismo tiempo faltan. Ninguno recubre, en toda su impudicia, las heces en que sé que se ha convertido hoy ese quehacer que insistimos en llamar política.
Ya dije que sería sano, en nombre de la claridad, llamar a la corrupción por su sinónimo más crudo y más exacto: podredumbre. El problema es que ese término también se queda corto. Los actuales órganos de la política: partidos, gobiernos, cámaras, institutos e instituciones no son más que depósitos de desechos, fábricas de composta. Composta que, aclarémoslo, no fertiliza otra cosa que no sea sino a sí misma. Los políticos se engendran y se reproducen no exactamente cómo seres vivos, sino más bien como gremlins.
Si me ocupara yo de todos los ejemplos que la actualidad, siempre generosa, me brinda día a día, debería pedirle a Olegario, a Ernesto, a Pascal y a Lorena, que esta columna creciera hasta ocupar dos páginas enteras y que se hiciera diaria. Y que además me volviera yo conciso (es más difícil lo segundo que lo primero). Pero es que hay casos que de plano, no puede uno —no puedo yo— pasar por alto. O, más bien, como en concurso de equitación, debe uno pasar por alto, sobrevolar. No esquivar.
El viernes de la semana pasada nos enteramos de la caída de dos personajes sobresalientes de la actualidad nacional. Por un lado cayó Servando González, llamado La Tuta. A manos de las “fuerzas de seguridad del Estado”. Y por otro lado, menos de doce horas después, cayó Jesús Murillo Karam, llamado el “Yo ya me cansé”, que dirigía una parte importantísima de esas “fuerzas de seguridad del Estado”.
¿Qué diantres pasó ahí? O en términos más técnicos, ¿dónde quedó la bolita? La captura de La Tuta no es poca cosa, como el propio gobierno federal se ha encargado de cacarear, y los principales periódicos del mundo —y los no tan principales— le han hecho eco. ¿Por qué le quitan pues a don Jesús la espléndida ocasión de colgarse esa medalla que a todas luces se merecía? ¿O no la merecía?
Y si no lo merecía ¿por qué? Que alguien me explique, por el amor de Dios (y luego yo le explico a usted, inquieto lector, no se me sienta ni impaciente). Igual no lo vamos a entender —no se puede armar un rompecabezas del que no tenemos todas las piezas— pero es importante fijarnos en la secuencia de los acontecimientos.
El jueves por la noche, a las siete —hora poco habitual, vive Dios— es nombrada subprocuradora Arely Gómez. A las dos de la mañana, ya del viernes, es capturado La Tuta. Dos horas después el secretario de Gobernación despierta al Presidente y le informa del logro. Nadie despierta al Procurador. No hace falta, hace noches que no duerme. Ese mismo mediodía Murillo es destituido y enviado a pastar ovejas. La tarde del viernes Peña propone a la diligente Arely como Procuradora. El Senado dirá que sí, sólo eso faltaba. Para eso está.
A esta cronología le falta un item. Dos. El miércoles 21 de enero, hace un mes y un tercio, el comisionado en Michoacán (llámelo usted supragobernador o directamente virrey) Alfredo Castillo es defenestrado. A él ni ovejas le tocaron. Las explicaciones son más que insuficientes. Es decir, menos.
Y por otro lado, según las explicaciones, casi anónimas, de las mentadas “fuerzas de seguridad”, La Tuta había sido localizado desde la madrugada del 6 de febrero, día de su cumpleaños, cuando los amigos, sicarios y amigos de los sicarios llegaron a su escondrijo con “pasteles y refrescos”, novia incluida. Sólo faltaron los mariachis. Nótese también la ausencia de bebidas alcohólicas. Templarios al fin.
Digamos que, tragones como semos, nos la tragamos,. Pero entonces, ¿por qué se esperaron tres semanas para la gran première? ¿O lo habrán detenido desde endenantes y apenas nos dijeron?
¿Qué es lo que está en juego, en Michoacán y en el país? Quizás algunos colegas y condóminos, con más información y más huevos que yo, puedan darle más datos. Por mi parte, como el buen mal maestro que soy, sólo sé plantear más preguntas que respuestas.
E insistir en que la política es un juego sucio. Es preciso hacerse respetar y es preciso mentir. Mostrar la fuerza que uno no tiene. Es preciso dar miedo.
Pero intimidar no garantiza poner orden ni gobernar. Una necesidad absolutamente forzosa representa impulsar alianzas, una necesidad con algunas consecuencias asaz lábiles imponiendo exigencias no totalmente éticas. Obligatoriamente felonas.
Ése es el precio. Debemos recordar, en la estela del carnaval, que en esta fiesta, si queremos bailar, es preciso seguir las reglas. Y tener presente que éste es un baile de máscaras.
*Matemático
