El verbo desaparecer

Yo me quedé pensando en el verbo desaparecer. Ellos dijeron: Tadeo no aparece y yo pensé en el mago que iba a nuestra primaria. Alguien desaparecía algo y luego lo volvía a aparecer.  

Sara UribeAntígona González

La desaparición forzada no ocurre como hecho consumado. Ocurre cada vez que alguien que debería buscar decide no hacerlo, cada vez que un registro se fragmenta sin metodología pública, cada vez que un caso sale del universo de los buscables por una reclasificación unilateral. Lo que el derecho internacional reconoce desde hace décadas, y que el Protocolo Homologado de Búsqueda, publicado en marzo de este año, volvió a afirmar, es que la desaparición forzada es un proceso continuo que abarca la búsqueda, la identificación, la verdad y la reparación; un delito cuyo cometido se prolonga si alguna de esas etapas permanece truncada. No “desaparecieron”, fueron desaparecidos. Y quien fue desaparecido es, en presente, desaparecido.

El 2 de abril, el Comité de las Naciones Unidas contra la Desaparición Forzada activó por primera vez en su historia el artículo 34 de la Convención Internacional, solicitando que la Asamblea General examine la situación de México. El mecanismo no establece culpables ni declara responsabilidad penal; evalúa si hay indicios fundados de que las desapariciones ocurren de manera generalizada o sistemática, y en ambos casos encontró que sí. Esta segunda palabra es nueva. Por sistemático entiéndase una arquitectura que se sostiene en el tiempo con independencia de quien gobierne, porque lo que se sostiene no es una orden, sino una condición; no sólo la de que siga ocurriendo, sino la de que el proceso nunca se complete. El propio Comité reconoció no haber encontrado indicios de una política federal centralizada de desapariciones, pero sí indicios de complicidad y aquiescencia de autoridades públicas en todos los niveles. Algunas instituciones gubernamentales respondieron a lo primero como si eso cerrara el asunto, ignorando lo segundo; enmarcando la comprensión de la desaparición forzada como un hecho puntual, desde la cual el único responsable es quien perpetra el acto, nunca quien omite su responsabilidad sobre el resto.

Sara Uribe lo narra en Antígona González y, como ilustra el epígrafe de esta columna, la escena explora una ruptura que va más allá del acto de desaparecer: la posible reversibilidad. En la magia hay un agente que controla ambos momentos del ciclo; alguien desaparece y luego vuelve a aparecer. En la desaparición forzada ese ciclo se quiebra desde el principio, pues no se reaparece, se es encontrado. Hay esfuerzo, riesgo y entrega detrás de cada búsqueda; la consigna de las familias buscadoras no es que aparezcan, sino hasta encontrarles, porque nadie aparece solo, y esperar que lo haga es una perversión de la lógica que sostiene el ciclo. Que en marzo de este año el Estado haya publicado un protocolo homologado para orientar a las familias sobre cómo buscar a sus propios desaparecidos no es un logro.

Las familias buscan porque no pueden elegir no hacerlo. Renunciar a la búsqueda sería renunciar a la única posibilidad de que alguien sea encontrado, y esa renuncia es humanamente imposible cuando la reversibilidad del ciclo; aunque rota, sigue siendo posibilidad. Pero cuando el Estado no acompaña y apoya, sino cede, les cede también el peligro. Hay buscadoras asesinadas y desaparecidas. Cada caso que sale del registro, cada persona a quien no se le busca, cada carpeta que no se abre, desaparece como fenómeno, como proceso continuo, la desaparición. 

Reducir la desaparición forzada al acto es una decisión que tiene consecuencias precisas sobre quién es responsable y de qué, y deja fuera de ese cuadro a quienes omiten buscar, identificar, decir la verdad y reparar. Reconocer la magnitud del fenómeno implica reconocer que la desaparición forzada no es un hecho del pasado que se investiga, sino un estado que persiste. Mientras eso no se entienda así, los protocolos seguirán siendo confesiones; las alertas internacionales, meros señalamientos opositores; y las familias seguirán buscando solas. Para pensar, como escribe Sara Uribe, en el verbo desaparecer, en cómo se impone y se impone, y se impone.

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