Una vez más, contra la resignación

Es frecuente escuchar que no vale la pena leer el periódico o las plataformas de información, ver o escuchar programas de noticias porque algo nos resulta incómodo. Quizá, en esta ocasión, el lugar común al que nos remite esa frase de vale la pena, alcanza a describir con puntualidad eso que nos provoca enterarnos de aquello que ocurre en lugares no tan lejanos a la mesa en la que compartimos los alimentos. Porque difícilmente nuestra sensibilidad, en tanto seres humanos, queda intacta cuando sabemos que la violencia y la muerte son la constante amenaza con la que hemos aprendido a convivir en lo cotidiano.

Vaya que no es ajena esa costumbre de escuchar que existe crisis económica, pobreza e injusticia en nuestro país. También nos resulta muy familiar, y propio de los cuadros de costumbres y las caricaturas que nos llegan desde finales del siglo XIX, la presencia de esa cortesilla política que ha redefinido los términos de riqueza y poder a expensas de la sociedad. Permíteme, querida lectora, querido lector, hacer un breve paréntesis que, a fin de cuentas, puede sumar a entender lo que implica esta suerte de rutina en la que nos encontramos.

Nuccio Ordine –el gran profesor italiano que invitaba a la lectura con la sencillez y profundidad de la puntual reflexión que sólo articulan quienes han comprendido el sentido de la docencia–, nos recuerda en su libro Los hombres no son islas (Acantilado, 446. 2018), un texto poco conocido de Tolstói, su ¿Qué hacer?, publicado en 1886. Ordine nos conduce, a través de algunos fragmentos bien seleccionados, a observar la manera en la que Tolstói analiza la pobreza y la injustica en la que vive su sociedad. Y, en cierto momento de su texto, Ordine cita con la suavidad de una pedrada un párrafo que nos invita a cuestionarnos acerca de lo que ha implicado nuestro vínculo con el poder: “Si preguntamos a los representantes mismos de los Estados, desde el rey hasta el policía, desde el presidente hasta la secretaria y desde el patriarca al diácono, si lo que privilegian en el cumplimiento de sus funciones es el bien del ciudadano o la ventaja personal, la respuesta no podrá ser sino esta última” (pág. 75).

Resulta claro que más de una persona llegará a la conclusión más inmediata acerca de que “siempre ha sido lo mismo”. Quizá no faltarán quienes lleguen a plantear que no hay solución posible a lo expuesto por Tostói, inclusive, quienes, con el pesimismo que nos regala la historia a manos llenas, argumentarán que todo sueño que definía los posibles cambios sociales y políticos han sido eso, simples ilusiones. Vaya peligro en el que nos encontramos cuando, en la actualidad, llegamos a observar la indolencia e indiferencia que existe ante nuestra propia realidad: la que nos habla acerca de la violencia y la muerte, la que no está en concordancia con la sonrisa y el sonsonete habitual con el que nos hablan acerca de las estadísticas. Las quimeras del optimismo que sólo convencen a quienes actúan como correligionarios y fanáticos que sostienen, avalan y sostienen eso último que señala el autor de Guerra y paz y Anna Karenina.

Así, parece que nos hemos resignado a escuchar las noticias en las que la muerte y las desapariciones son tan cotidianas que poco nos puede asombrar. No es noticia que se localicen nuevas fosas clandestinas, pero tampoco es noticia la respuesta de las autoridades ante este hecho. Y también ha dejado de ser noticia el cinismo de quienes tendrían la obligación de responder por las terribles problemáticas de una realidad que ha desbordado el poder de la razón, una cortesilla política que está más preocupada porque no sea descubierto algo que revele su corrupción y la podredumbre en su ejercicio del poder.

Hace unos días, nos hemos enterado, de forma dramática, acerca del secuestro de la periodista Roxana Guzmán en Veracruz. Una vez más ese estado de nuestra nación. Una vez más una periodista. Una vez más se nos recuerda que México es uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. Lo más lamentable es que dicha noticia llegaba acompañada de otras tantas que son un rostro de la violencia que azota a nuestra sociedad y que están muy lejos de los espejismos que nos describen y narran en la tribuna presidencial.

No, no podemos resignarnos a que la violencia y la muerte sean temas secundarios para una cortesilla política que pronto estará más preocupada por sus plataformas electorales, por planear el oportuno gasto de los programas sociales, por articular campañas llenas de fuegos artificiales encendidos por el maniqueísmo tan propio del populismo. No, no podemos resignarnos a que se siga erosionando el sentido más profundo de la humanidad sólo por cumplirse aquello que el viejo Tolstói nos expresó hace más de cien años.

No, no hay resignación que sea posible cuando todo se encuentra tan cerca de nosotras y nosotros.