Buena parte de la historia política en México se ha reconstruido a partir de sus lealtades y traiciones, y la persistencia de esa clave revela un orden en el que los pactos entre personas y grupos se anteponen a la lealtad debida a las instituciones, a la administración pública y a la ley. Esa jerarquía remite a las dos caras de la política, la del juego del poder, que consiste en colocar a los propios, administrar lealtades y usar las instituciones para golpear al adversario o purgar a quien estorba, y la institucional, que supondría que quien incumple la ley recibe un castigo, gobierne quien gobierne. Cada una entiende por traicionar algo muy distinto, y en México la primera se impone con tal naturalidad que defender la segunda parece ingenuo.
Si la política se lee a partir de la traición, ésta se parte en dos y termina contradiciéndose a sí misma. Existe una traición política, la que se comete contra el grupo o contra quien esperaba protección, y existe una traición a la política, de orden jurídico e institucional, que consiste en atentar contra la independencia o la integridad de aquello a lo que uno se debe. En ocasiones, cumplir con una exige cometer la otra, porque quien antepone las instituciones puede quedar como traidor ante los suyos y quien protege a los suyos traiciona a las instituciones.
El caso de Chihuahua ofrece una cronología de ambas. Cuando la Policía Estatal detuvo el 17 de octubre a César Jáuregui, exfiscal y colaborador de Maru Campos durante 15 años, su esposa acusó a la gobernadora de traición, y los panistas gritaron “Maru traidora”, reprochándole haber entregado a uno de los suyos, acusaciones indiferentes a si Jáuregui cometió el delito que se le imputa o no. Cuando el 20 de octubre la Presidenta dejó claro que no habría inmunidad, la gobernadora pareció entender que entregar al exfiscal no le garantizaba nada, y dos días más tarde narró en entrevistas una reunión privada con Sheinbaum, revelando un secreto, irónicamente, para no quedar como traidora; mientras negaba un pacto en el que, finalmente, parecía creer.
Para algunos, Campos se volvió la gobernadora valiente que desafió a un poder empeñado en callarla, y no faltó quien se preguntara cuál sería la respuesta de una Presidenta a la que imaginan vengativa; mientras que, para otros, el relato llegó tarde y le costó la credibilidad que le quedaba. Entretanto, el término jurídico de traición, específicamente, a la patria, se volvió munición electoral y política.
Cuando la justicia es selectiva y se lee en el registro de la lealtad, culpables e inocentes comparten la misma defensa y la acusación pierde su valor como señal. Campos sembró de antemano la idea de que cualquier cosa que le ocurra será represalia por haber hablado, como si el Estado le debiera lealtad, un recurso al que acuden muchas figuras públicas y que, dada la discrecionalidad de la justicia, a veces es cierto, aunque cabe preguntarse cuántos incumplen la ley sabiendo que podrán presentar la sanción como venganza. Cada actor invoca el registro que mejor le sirve y se llega así a una paradoja en la que quien persigue parece tener una agenda y quien se abstiene parece encubrir, y se pulveriza la posibilidad misma de que una sanción se lea como justicia.
Entre la gobernadora y la Presidenta tampoco hacía falta un acuerdo, pues bastaba con que a una le conviniera quitarse de encima a un aspirante incómodo y a la otra cerrar un expediente que le hacía ruido. Esa convergencia deja ver que existen maneras más sagaces de hacer política en las que es posible pactar tácitamente en el entendido de un objetivo en común. La traición presupone una lealtad previa, un pacto que se rompe. Sin una relación de lealtad, el único código con el que se interpreta la política mexicana no se encuentra cómo describir lo que pasó, y lo fuerza a caber en él, como hace con cada sanción.
Volver a las dos caras de la política obliga a una pregunta. Cuando los equipos dan siempre la impresión de estar por encima de la ley, ¿es posible en México una justicia que no parezca ajuste de cuentas? Un país que sólo sabe nombrar la política en términos de lealtad y traición a los suyos desplaza la traición a lo nuestro.
