Si hay alguien harto, ¡que se forme!

Ninguna cifra provocó una crisis política.

Cada año, con una puntualidad que tiene algo de ritual y algo de derrota, el 8 de marzo vuelve. Y con él, el hartazgo doble: el de quienes desde afuera preguntan para qué, convencidos de que ya no hay razones para marchar; y el de quienes lo cargan desde adentro, agotadas de que los mismos números regresen cada año sin que nada sustantivo se mueva. La diferencia entre ambos es que uno parte de una optativa errada, fruto del privilegio; el otro es una obligación.

En 2024, la Red Nacional de Refugios reportó el ingreso de más de 25 mil mujeres, niñas y niños, un aumento de 11% respecto al año anterior, con centros que ya operan con lista de espera. Mayo fue el mes con más denuncias de violencia familiar registradas en la historia del país, 27 mil en 30 días. Ese mismo año, casi 6 mil niñas de entre 10 y 14 años registraron un nacimiento. El eufemismo oficial lo llama “matrimonio infantil”. Los datos del Inegi describen, en cambio, las consecuencias medibles de abuso sexual. Y sin embargo, ninguna de estas cifras provocó una crisis política. El presupuesto para atender a las víctimas se redujo.

Frente a esto, la reacción más audible en redes sociales durante los días previos al 8 de marzo es la de hombres que anuncian su hartazgo. Los comentarios debajo de cualquier denuncia de violencia digital funcionan como un coro previsible: que si sólo hacen destrozos, que si la ciudad no les pertenece, que si la Ley Olimpia les importa poco.

La teórica feminista, Sara Ahmed describe este mecanismo con precisión. El feminismo es acusado de generar el malestar que en realidad nombra. La portadora de malas noticias se convierte en el problema. El mensajero recibe el disparo.

Pero hay otro hartazgo, menos ruidoso y más hondo. El de las mujeres que llevan años marchando y viendo cómo los números no ceden. El de quienes recuerdan que en 2020 y 2021 la rabia tenía una legibilidad distinta, una presencia pública que al menos obligaba a responder. Hoy la sensación es de un movimiento que legisla, que denuncia, que marcha y que encuentra del otro lado una indiferencia institucional casi perfecta. La violencia vicaria fue tipificada federalmente apenas en 2023. Y a pesar de que se crean fiscalías especializadas, el aparato jurídico avanza a una velocidad que la violencia supera sin esfuerzo.

A esto se suma una paradoja propia del momento, y es que, México tiene por primera vez una Presidenta. Es un hito, y sería deshonesto no nombrarlo como tal. Pero ese hecho ha sido usado, como argumento de clausura. Como si la representación simbólica en la cúspide del poder equivaliera a un cambio estructural. Como si una mujer gobernando desde Palacio Nacional vaciara las calles tapizadas con fotos que reclaman a sus desaparecidas. La historia del feminismo está llena del espejismo de confundir el ascenso de algunas con la transformación de las condiciones de todas.

Por su parte, Wendy Brown, filósofa política, advirtió sobre el peligro de que las identidades políticas queden atrapadas en su propia herida, incapaces de proyectarse hacia algo distinto del dolor que las originó. Pero la trampa simétrica es confundir el agotamiento con el fracaso, o leer la persistencia de la violencia como evidencia de que la organización colectiva no sirve. Para millones de mujeres en México, el feminismo no es una postura que se adopta ni una identidad que se consume, sino una comunidad de sobrevivencia.

La organización colectiva no es una opción frente a la violencia porque la violencia tampoco lo fue.

Eso es lo que las marchas del 8 de marzo hacen visible, aunque se insista en encuadrarlas por los vidrios rotos. Son un registro colectivo de lo que existe, aunque el Estado prefiera no contarlo, o contarlo mal, o contarlo tarde. Y si hay alguien harto, que se forme.