Ni de aquí ni de allá

Danny Iniestra llegó a México a los seis años. Pasó las siguientes dos décadas en Estados Unidos, construyó una vida y fue deportado al país del que no guardaba recuerdo alguno, aunque su cuerpo fuera una cartografía tatuada con el Ángel de la Independencia y la leyenda “Made in Mexico”. Cuando llegó, le cobraban de más en los mercados; sus vecinos lo llamaban pocho, gringo, güero. La bienvenida que recibió de su propio país, según relató, fue la de alguien que llega al lugar equivocado. 

Hay un barrio en la colonia Tabacalera, junto al Monumento a la Revolución, que existe porque esa experiencia, así como a Iniestra, le pertenece a la mayoría de los 203,685 mexicanos repatriados desde Estados Unidos que registró la Secretaría de Gobernación entre enero de 2025 y abril de 2026. Lo llaman Little LA porque las palmeras de Reforma recuerdan a Los Ángeles, donde la mayoría de sus habitantes creció, estudió y formó familia. New Comienzos, la organización civil que opera ahí desde 2015, ofrece apoyo legal, psicológico y de empleo a quienes llegan. En palabras de su directora de voluntarios, Shunaxy Estrada, el barrio es un lugar donde vincularse y sentirse identificados.

Muchos construyeron ese limbo (Little LA) porque al llegar a México no encontraron raíz. Raíz que sostuvieron en la lejanía y, al volver, quedaba de ella sólo nostalgia. Iván Porras, fotógrafo de 33 años que vivió dos tercios de su vida en Nevada y California, lo formula así: “Nací en México, pero he crecido la mayor parte de mi vida en Estados Unidos. Al ser deportado de vuelta, siento que no soy ni de aquí ni de allá”.

La sociología migratoria la denomina generación 1.5, concepto desarrollado por el sociólogo Rubén Rumbaut para describir a personas que migraron de niños y se socializaron por completo en otro país. Para quienes la barrera más difícil no es laboral, sino identitaria. Saber inglés mejor que español, tener la red afectiva al otro lado de la frontera, sentir que el lugar al que perteneces es el mismo que te expulsó. Valdría detenerse un momento en esto, pues hablamos, en principio, de connacionales, ciudadanos mexicanos; México lleva décadas celebrando a su diáspora como fuente de remesas y embajada cultural informal en el norte o en cualquier país del extranjero, pero construyó prácticamente cero infraestructura para cuando esa diáspora regresa. Hablamos de ciudadanos mexicanos a quienes damos la espalda por ser, a su vez, migrantes. Y aunque siempre quedó clara la falta de políticas migratorias dignas en este país, la omisión no deja de sorprender, como si se hubiera asumido que al cruzar la frontera norte, el único vínculo que queda con México es el que a México le convenga. 

El problema no está sólo en la política migratoria de Trump, sino, hay que decirlo, tristemente también está en la forma en que México recibe a los suyos. Un análisis longitudinal con 93 deportados en León, Guanajuato, encontró que con el tiempo las trayectorias laborales de deportados y no deportados tienden a converger, pero que el estigma social persiste mucho más allá de la reintegración económica. El rechazo llega de varios frentes: de instituciones, de empleadores que desconfían del perfil, de los vecinos que escuchan el acento. Lo que construyeron en Little LA es el intento de crear una comunidad que funja como trinchera frente a esa omisión o exclusión deliberada y las consecuencias de esa no-integración merecen tomarse en serio, pues cuando el estigma bloquea el empleo formal y la red institucional es inexistente, la vulnerabilidad se acumula pudiendo derivar en un problema que, al postergarse, se alimenta. 

México tiene obligaciones legales con esta población. Un estudio de Columbia Law School documentó que 87% de los deportados no recibió en los puntos de repatriación los servicios que la ley les garantiza, y son pocas las respuestas ofrecidas a un fenómeno que, por escala, exigiría otra cosa.

Danny Iniestra lo dice con más precisión que cualquier política pública: “La palabra ‘odiar’ es muy fuerte, pero me dolía mucho porque yo no era mexicano para el mexicano […] Entonces, si México es el país más amigable para el extranjero y el turista, ¿por qué no estamos ayudando a nuestra propia gente?”.