El papa Francisco en Colombia
Estos días el corazón del mundo católico está ubicado en Colombia. Hasta allá viajó el papa Francisco, entre otras cosas, para apoyar el proceso de paz que, de manera acertada y sensata, viene impulsando en los últimos años el presidente Juan Manuel Santos. Lo que Santos ha hecho no es poca cosa, pues a pesar de haber perdido el referéndum que su gobierno organizó el año pasado para ratificar los acuerdos de paz que construye con distintas agrupaciones guerrilleras desde que asumió el cargo en 2010, ha impulsado medidas reales para resolver un conflicto que inició en la década de los cuarenta del siglo pasado y que, dejado a sus impulsos, podría continuar otros ochenta años más
Las medidas impulsadas por Santos, que le ganaron el Premio Nobel de la Paz 2016, han contado con la simpatía del papa Francisco ya desde antes de que, en 2013, fuera elegido como sumo pontífice de la Iglesia. No es casualidad que en los meses que llevaron a la preparación de su viaje a Colombia, el Papa insistiera repetidamente en lo importante que es la construcción de la paz como un proceso que no se limita sólo a la ausencia de violencia, sino que requiere de un trabajo más complejo que reconozca las causas de la violencia, señaladamente la desigualdad, que las erradique y construya una paz sustentable, que no dependa de mayores niveles de violencia para existir.
La preocupación por la paz no es algo nuevo entre los sucesores de Pedro. A Pablo VI le debemos una de las formulaciones más afortunadas de lo que es la paz, aquella frase con la que concluye la encíclica Sobre el desarrollo de los pueblos, llamada en latín Populorum Progressio, que dice: si “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz, ¿quién no querrá trabajar con todas sus fuerzas para conseguirlo?”. Tristemente, siempre hay quienes no quieren hacerlo. Ahí está para probarlo el expresidente de Colombia Álvaro Uribe, quien ha dedicado algunos de sus mejores esfuerzos como expresidente a hacer todo lo posible por sabotear el trabajo de Santos quien, por cierto, fue durante tres años ministro de la Defensa de Colombia a las órdenes de Uribe.
Basta ver, en el caso del papa Francisco, el mensaje que pronunció ante los obispos colombianos el jueves por la mañana, en el que les dice que Colombia necesita de su “mirada propia de obispos, para sostenerla en el coraje del primer paso hacia la paz definitiva, la reconciliación; hacia la abdicación de la violencia como método; la superación de las desigualdades que son la raíz de tantos sufrimientos; la renuncia al camino fácil, pero sin salida, de la corrupción, la paciente y perseverante consolidación de la res publica que requiere la superación de la miseria y de la desigualdad”.
Todas estas son ideas que el papa Bergoglio viene desarrollando desde sus días como arzobispo de Buenos Aires y que cristalizó primero en su exhortación apostólica La alegría del evangelio, o Evangelii Gaudium en latín, dedica más de la mitad del capítulo cuatro a hablar de la paz, la manera de construirla y las condiciones para que sea sustentable. Uno podría incluso decir que la paz es uno de los grandes temas de este documento, pues aparece en 62 ocasiones. El núcleo de la propuesta del Papa en materia de paz está en la tercera sección del cuarto capítulo, cuando habla de cuatro condiciones para construir el “bien común y la paz social”: la primera es que el tiempo es superior al espacio; la segunda es que la unidad debe prevalecer sobre el conflicto; la tercera es que la realidad es más importante que la idea y, finalmente, explica por qué el todo es superior a la parte, al tiempo que explica cuáles son las consecuencias de estas condiciones, la más importante de ellas para construir el bien común y la paz social es el diálogo que debemos promover, sin anteponer intereses egoístas o ideológicos y sin provocar rupturas innecesarias.
Que el Papa haya insistido a lo largo de estos días en la paz, la necesidad de dialogar y la justicia social en los mensajes, que se pueden consultar en la página https://bit.ly/papacolombia2017, es algo que debería interpelarnos también en México y otros países de América Latina. No en balde somos la región más propensa a la corrupción, más desigual y más violenta de todo el mundo.
Uno de los países que más atención debería prestar a lo que dice el Papa es Venezuela, pues si algo se requiere ahora ahí es de la inteligencia y la serenidad de la que habló el Papa en Bogotá al decir: “conserven la serenidad. No porque ustedes no la tengan, sino que el momento les exige más”. Ojalá que al otro lado del río Táchira, la frontera natural entre Colombia y Venezuela, se escuche lo que el papa Francisco diga sobre la paz, sin la arrogancia que caracteriza a los políticos latinoamericanos.
