El bambú tiene el crecimiento más explosivo del mundo: en el momento adecuado, crece más de un metro en sólo un día. Para llegar a ese día, pasa años echando raíces bajo tierra. El impacto de la ciencia en la economía sigue el mismo patrón: hay épocas de grandes avances silenciosos y desapercibidos. Después, en unas cuantas décadas, esos desarrollos explotan, lo transforman todo y producen prosperidad generacional para las naciones que los aprovechan.
En estos momentos que ves la pantalla de tu celular, el semiconductor que convierte la casa en computadora, que te mueves en Metro, automóvil o en avión. Toda la cotidianidad vive en el mundo de la química y la física aplicadas a la economía. Sus inventos y fundamentos –la relatividad, la petroquímica, la mecánica cuántica– nacen a finales del siglo XIX e inicios del XX (exactamente diciembre de 1900, gracias a Max Planck).
Fue tan transformador su impacto económico, que la propia disciplina de la economía decidió imitar a la física. Los teóricos neoclásicos hablan de cómo los precios gravitan hacia sus puntos naturales, de energía potencial y utilidad. Incluso el fundamento del equilibrio entre las fuerzas de la oferta y la demanda es el lenguaje de Newton adoptado y sintetizado.
Ese crecimiento explosivo se ha desacelerado: en la química y la física, el ritmo de innovación se volvió lento. Lo vemos en la tecnología que nos rodea, en un periodo de especialización y perfeccionamiento de herramientas ya conocidas. Los coches y los celulares mejoran con matices, año con año, en lugar de saltos. Ese ritmo se refleja también en el lento crecimiento económico global.
Aquí volteamos con emoción: la biotecnología está por crecer con la misma explosividad que el jardín de bambú. En la década entre 1990 y 2000 llegaron avances revolucionarios sobre el ADN y el genoma humano; en 2012, la edición genética de precisión con CRISPR. Hoy arranca un crecimiento acelerado que transformará la agricultura, la salud y los materiales. El siglo XXI será el siglo de la microbiología, y Ciudad de México ya tiene una raíz sembrada.
A finales de junio, la Ciudad de México anunció el Distrito de Innovación Tlalpan, una alianza entre la UNAM, el Tecnológico de Monterrey y la empresa Avant Santé, con más de 125 millones de dólares de inversión inicial. El proyecto ocupará la explanta de GSK, en el sur de la ciudad, para producir insumos clínicos y desarrollar terapias de medicina regenerativa –el primer complejo de este tipo en el país–.
Para detonar un crecimiento explosivo en el país hay que estudiar la economía con más microbiología: hablar de inmunidad colectiva, prevención y cooperación. Necesitamos atraer industrias que generen valor por su lugar dentro de un ecosistema económico y fortalecer los sectores donde tenemos que crecer a la velocidad del bambú. Por eso mismo, la propia profesión del economista mexicano tiene que acercarse más a Louis Pasteur que a Isaac Newton.
