Motores nuevos en fábricas viejas

Manola Zabalza Aldama

Manola Zabalza Aldama

Común denominador

En 1894, una fábrica textil de Columbia, en Carolina del Sur, presumió algo que ninguna otra en el mundo tenía: funcionaba sólo con electricidad. Sus motores eran más potentes, más limpios y seguros que las calderas de vapor. Sin embargo, su inversión no mostró ningún resultado. Los dueños colocaron el motor nuevo justo donde estaba la caldera vieja, con las mismas poleas, los mismos ejes y pasillos. Era un edificio con la lógica del vapor y la fuerza de la electricidad.  

El salto llegó cuando alguien se atrevió a dibujar la fábrica desde cero, con la nueva tecnología como punto de partida. La electricidad tenía una cualidad única: podía dividirse. En lugar de una gran máquina central, cada estación de trabajo podía tener su propio motor pequeño. En 1913, una planta automotriz aprovechó esa idea, repartió motores por toda la nave y acomodó el trabajo alrededor del recorrido del coche. Armar un vehículo pasó de más de 12 horas a cerca de 90 minutos. La tecnología llevaba casi 20 años disponible; lo nuevo fue la manera de organizarse con ella como punto de partida.

Hoy la inteligencia artificial vive su propio momento de transición. Cualquiera con un celular puede pedirle a un asistente que redacte un correo, traduzca un menú o resuma un contrato. Es útil —y también es atornillar el motor eléctrico en el hueco de la caldera. La IA comparte con la electricidad esa capacidad de repartirse: puede estar al mismo tiempo en el inventario, en la caja, en las compras y en la atención. Los avances grandes aparecen cuando un negocio se pregunta qué haría distinto con un conocimiento completo de sus productos, sus clientes y sus números en tiempo real.

La Ciudad de México tiene todo para aprovecharla, y también tiene una brecha que vale la pena mirar de frente. En casa estamos a la vanguardia: nueve de cada 10 de los hogares capitalinos tiene internet, la proporción más alta del país. El mismo celular con el que pedimos comida, pagamos la luz o vemos una serie se queda en la bolsa al llegar al trabajo. De las 425 mil unidades económicas de la capital, apenas 131 mil usaron internet para sus actividades: tres de cada diez. Nuestros negocios se han quedado atrás con respecto a los hogares.

La brecha se concentra en los negocios más pequeños. En todo el país, 93% de las empresas grandes usa internet, frente a 24% de las micro, las que tienen hasta diez personas. Y aquí, en esa brecha, puede haber una ventaja. Las empresas que se digitalizaron hace 15 años cargan sus propias poleas y ejes: sistemas viejos, procesos pensados para el papel, costumbres difíciles de mover. Siete de cada diez negocios capitalinos pueden saltarse esa etapa y diseñar su operación desde cero, con la IA en el centro. China vivió algo parecido: millones de pequeños comercios pasaron del efectivo al pago con código QR desde el celular y se saltaron la terminal para tarjetas de crédito y débito, algunas innovaciones se pueden saltar.

La electricidad tardó 20 años en transformar la industria porque primero había que imaginar una fábrica distinta. Nosotros tenemos la ventaja de conocer el final de esa historia. Aunque podemos quedarnos como una ciudad que consume las innovaciones de otros, a mí me entusiasma más una ciudad que inventa soluciones propias para sus problemas locales, y esa es la ciudad que impulsa el proyecto que encabeza Clara Brugada. Dentro de 20 años, ojalá alguien cuente cómo los negocios de Ciudad de México fueron de los primeros en repensar su modelo desde cero, con la inteligencia artificial como el nuevo motor en el centro de la nave.

*Secretaria de Desarrollo Económico de la Ciudad de México