Una ciudad puede reconocerse como diversa, multicultural e incluyente y, aun así, mantener prejuicios y prácticas que afectan la dignidad y las oportunidades de quienes viven o transitan en ella. Aunque en la capital del país hemos avanzado como sociedad en el reconocimiento de los derechos y la aceptación de las diferencias, la discriminación sigue presente en situaciones tan cotidianas que muchas veces ni siquiera se cuestionan.
Así lo revela la Encuesta sobre Discriminación en la Ciudad de México (EDIS CDMX, 2026), publicada el día de ayer, cuyos resultados exponen una realidad que merece atención.
De acuerdo con el estudio, 46% de las personas consultadas aseguró haber sufrido discriminación o menosprecio por al menos un motivo durante los últimos cuatro años. O lo que es igual: prácticamente una de cada dos personas en la CDMX ha experimentado alguna situación en la que fue juzgada, rechazada o tratada de manera desfavorable por alguna característica personal.
Entre los motivos de discriminación más frecuentes aparecen las opiniones políticas, con 22%; la forma de vestir o el arreglo personal, con 20%; el peso o la estatura, con 18%; la clase social, con 16%, y la edad, con 15 por ciento. Además, entre las mujeres entrevistadas, 20% señaló haber sido discriminada precisamente por ser mujer. Asimismo, 70% considera que los derechos de las personas en situación de calle se respetan poco o nada en la capital del país; lo mismo que 59% cuando se trata de personas indígenas; 62% en cuanto a las trabajadoras sexuales, y 53% en el caso de las personas trans.
Un aspecto interesante es que, al mismo tiempo, la encuesta revela que la mayoría de las personas se siente cómoda conviviendo o trabajando con integrantes de distintos grupos sociales. Sin embargo, nada garantiza que esa apertura se traduzca en un respeto efectivo a sus derechos, tal como lo reflejan los resultados del propio estudio. Ésa es quizá la parte más reveladora, pues se puede decir que se acepta a los demás y, sin embargo, seguir manteniendo prejuicios que limitan sus derechos.
Ello nos recuerda que la discriminación no afecta a todas las personas por igual. Hay sectores que, por sus condiciones sociales, su identidad o las barreras que enfrentan, siguen siendo particularmente vulnerables al rechazo y la exclusión.
Y es que discriminar no siempre significa insultar, agredir o negar abiertamente un derecho. Hay formas de discriminación que van construyéndose a partir de prejuicios y actitudes aprendidas, repetidas y normalizadas durante años, hasta convertirse en prácticas colectivas que excluyen y profundizan las desigualdades.
Por eso, combatir la discriminación requiere mucho más que leyes, campañas o discursos sobre igualdad. Es preciso atender sus causas, educar y comprender que ninguna diferencia justifica que alguien reciba un trato menos digno.
Desde luego, las instituciones tienen la responsabilidad de garantizar que los derechos se respeten, que existan mecanismos accesibles de denuncia y que las personas que enfrentan mayores obstáculos encuentren condiciones reales de inclusión.
Pero la verdadera responsabilidad ante este fenómeno es individual. No hay política o norma que pueda contra la reproducción de ideas o actitudes que, incluso de manera inconsciente, alimentan la desigualdad.
La Ciudad de México tiene en su diversidad una enorme oportunidad para demostrar que nuestras diferencias, lejos de dividirnos, pueden enriquecer la pluralidad y la riqueza cultural que la caracterizan, desde el respeto, la igualdad y la inclusión de todas y todos.
Porque la verdadera inclusión no consiste únicamente en aceptar que somos diferentes, sino en garantizar que esas diferencias nunca se conviertan en motivos de exclusión.
