Los trabajadores del Instituto Mexicano del Seguro Social están lanzando sonadas advertencias de que algo está podrido en Dinamarca, diría Shakespeare, que no conoció nuestro sistema de medicina social. Contra lo que pudiera pensarse, no se trata de un sector depauperado de la burocracia, sino de empleados públicos que disponen de una condición laboral superior a los de otras dependencias gubernamentales.
Por supuesto, esa relativa superioridad salarial y de prestaciones ha llevado a reprobar el movimiento de esa comunidad a la que visiones interesadas quieren pintar como privilegiada. Pero no hay tal, pues como toda la clase laborante, ese sector viene resintiendo el alza de precios y el respectivo encogimiento de los salarios, además de que privados de los indispensables elementos de trabajo, injustamente se les reclama un evidente deterioro de la atención al público.
Pero hay otro aspecto que explica la rebeldía de quienes están en las nóminas del Seguro Social. No pocos movimientos laborales brotan, no de quienes están en las condiciones de mayor precariedad salarial, sino precisamente en aquellos que, por haberlas tenido mejores, cuentan con mayor y mejor ilustración sobre el mundo del trabajo y sus condiciones, y saben qué ingresos y prestaciones pueden mejorar, porque ya lo han logrado.
Sin embargo, es ingenuo suponer que se trata de un sector aristocratizante. Nada de eso. Tener mayor conciencia de la situación de su clase no le resta capacidad de lucha ni perjudica a sectores en situación inferior. Por el contrario, quienes se rebelan contra el deterioro de su condición laboral dan el ejemplo de qué debe hacerse para reclamar lo justo.
Hoy, los trabajadores del IMSS demandan la expulsión de su líder sindical, un charrito menor a quien Morena le dio una diputación para hacerlo su cómplice. Pero la diputación no fue más que una demostración de menosprecio, pues al líder charro de los maestros le regalaron una senaduría. Esa cooptación por el partido en el poder de los dirigentes sindicales lleva al abandono de sus responsabilidades con el gremio y da razones a sus representados para la indignación, pues a tales liderzuelos lo único que parece interesarles es el hueso.
Desde luego, ahogado el niño, los funcionarios anuncian que taparán el pozo. Pero no podrán hacerlo. El inepto director del IMSS debe largarse de inmediato, pero ya anunció que visitará los hospitales y hablará con todos los trabajadores para enterarse de los problemas que afrontan. Demasiado tarde. Eso debió averiguarlo desde su llegada al cargo, hace ocho años, porque el deterioro de los hospitales, su saturación, falta de medicamentos, incapacidad física y de personal para recibir a todos los que requieren internamiento no es de hoy, pues esos problemas, que tuvieron su origen durante los gobiernos neoliberales del PRI y el PAN, los empeoró López Obrador con su demagogia barata y su nula visión de Estado.
Para las autoridades, el que dejaran crecer el desgarriate les representa un enorme problema agravado por las insuficiencias económicas de hoy, pues las protestas afloran en racimo entre profesores, estudiantes, y otros sectores. La manifestación de antier debe tomarse como advertencia de lo que está por venir, pues nada indica que quienes ahora protestan mañana regresarán a labores con sus demandas resueltas. Por el contrario: el gobierno carece de medios materiales para satisfacer las peticiones y no se atreve a hacer una reforma fiscal, que le urge.
Se ha reducido la eficacia tranquilizante de las tarjetas de Bienestar, pues las pensiones, con todo y que mejoran el ingreso familiar, son insuficientes para afrontar la carestía y desempleo creciente, como lo exhibe el hecho, algo más que contundente, de que 55% de la población que trabaja lo hace en la informalidad, esto es, sin seguridad social, sin Infonavit, sin seguro de cesantía ni de vejez, sin jubilación ni otras medidas.
La inversión privada está francamente restringida, entre otras razones por el amasijo infame que ha hecho el morenismo del régimen legal y la desconfianza que inspira. Parece legado el momento de cambiar el rumbo, aunque le pese al cacique de Palenque y a sus achichincles.
