Cumplir el sueño de Bolívar

Manola Zabalza Aldama

Manola Zabalza Aldama

Común denominador

En junio de 1826, Simón Bolívar convoca en Panamá a las repúblicas jóvenes de América. Su propuesta es ambiciosa: una confederación de naciones unidas por origen común, no por una sola bandera. La geografía se impone sobre el proyecto. Argentina y Chile declinan enviar representantes. La delegación mexicana llega cuando las decisiones importantes ya están tomadas. Sólo Gran Colombia ratifica el tratado final. El sueño bolivariano tropieza con un problema simple: un continente entero necesita meses para que una carta viaje de una capital a otra. La voluntad política sobra. La infraestructura para sostenerla no existe todavía.

Doscientos años después, esa confederación se construye por dos caminos a la vez, y los dos caminos cruzan por nuestra ciudad. Uno es el de los gobiernos locales, que se organizan en redes para hablar con una sola voz. El otro es el de la innovación, que conecta economías sin necesidad de un tratado firmado. La Ciudad de México recorre ambos caminos al mismo tiempo —y lo hace en un momento en que el continente necesita más cooperación, no menos—.

El primer camino lo encabeza la jefa de Gobierno, Clara Brugada, quien convocó a la Coalición de Alcaldes de las Américas para construir, junto con Bogotá, Montevideo, Santiago de Chile y San Luis, una agenda común frente a la movilidad humana: doce ciudades del continente sentadas en la misma mesa. Entre la más austral y la más norteña hay 11 mil kilómetros de por medio, la misma distancia que, 200 años antes, tardaba meses en cruzar una carta y derrotó al proyecto de Bolívar. Hoy, aunque la distancia es la misma, nuestra capacidad de atender situaciones en conjunto es mucho mejor.

El segundo camino lo encabeza la innovación. Mercado Libre opera ya en 20 países de la región y en 2026 invertirá 4,600 millones de dólares en México, cerca de 8 mil 500 empleos nuevos, la cifra anual más alta de su historia en el país. Bitso nació aquí, en la capital, en 2014, y hoy mueve dinero entre México, Brasil y Colombia —procesa cerca de 10% de las remesas que llegan de Estados Unidos, unos 60 mil millones de dólares al año—. Rappi conecta a Iztapalapa con nueve países de la región: la misma integración que formaba parte de los sueños del Libertador.

Los dos caminos se completan entre sí. Un congreso de ciudades gana fuerza cuando el comercio real lo respalda. Una aplicación gana estabilidad cuando los gobiernos sostienen la confianza entre países. La Ciudad de México construye las dos cosas a la vez: es, hoy, el lugar donde la confederación política resuelve su agenda y donde la confederación comercial decide su inversión.

El Congreso de Panamá reunió a las delegaciones que lograron llegar —la mayoría, tarde—. Doscientos años después, la confederación bolivariana depende menos de un barco que cruce el Caribe y más de una ciudad que construya los puertos, los centros de innovación y las reglas donde esa integración eche raíz. Ése es, al final, el común denominador de las confederaciones que sí funcionan: la infraestructura que usa un continente entero, todos los días, resulta más duradera. La Ciudad de México es la capital que sí llegó a la cita.

*Secretaria de Desarrollo Económico de la Ciudad de México