Respeto ganado
A lo largo del país, miles de mujeres y de hombres están dedicados a la seguridad pública. No es una vida sencilla. Sin desestimar la complejidad de otras profesiones, ser un integrante de una institución de seguridad, a cualquier nivel, es uno de los trabajos más ...
A lo largo del país, miles de mujeres y de hombres están dedicados a la seguridad pública. No es una vida sencilla. Sin desestimar la complejidad de otras profesiones, ser un integrante de una institución de seguridad, a cualquier nivel, es uno de los trabajos más duros dentro de nuestra sociedad. Y, posiblemente, uno de los que merecen mayor respeto.
Una historia injusta con la mayoría de los elementos de las instituciones de seguridad pública ha hecho que muchos mexicanos los perciban en un peldaño menor de la escalera social, a pesar de que todos los días exhiben un comportamiento honorable y heroico que pocas veces llega a ocupar el mismo espacio que se dedica a los pocos integrantes que cometen alguna conducta incorrecta o abusiva. No omito que, durante varias décadas, la figura del policía o del soldado fue asociada con la de un instrumento de represión del Estado hacia la sociedad; pero es momento, para beneficio de todos, que apreciemos con objetividad la labor de quienes han elegido protegernos como modo de vida.
El primer servidor público con el que entramos en contacto es el policía; en muchas otras regiones son los integrantes de nuestra Guardia Nacional; y en cientos de municipios, son los soldados y los infantes de la Marina. Ahí, en las comunidades, atienden accidentes, ayudan a la gente, hacen reparaciones en escuelas, trasladan enfermos y, tristemente, enfrentan a delincuentes que atemorizan a personas que no les aplauden por generosos, sino por violentos. En la mayoría de esas localidades, la confianza en quienes defienden la ley es alta y su valoración acerca de su presencia es lo que ha hecho que en muchos puntos del país la percepción de inseguridad baje cada trimestre.
Sin embargo, una buena parte de la sociedad sigue regateando un reconocimiento bien ganado por ciudadanos idénticos a ellas y a ellos, cuya única diferencia es haber optado por una carrera policial o militar. Familias enteras, de varias generaciones, tienen historias de vida dignas por el compromiso de sus miembros con la pacificación del país. Y a pesar de ello, seguimos utilizando vocablos despectivos como “poli” o tratamos con prepotencia y soberbia a un representante de la ley para evadir un llamado de atención, o peor, una infracción.
He tenido el privilegio de conocer muchas de esas historias y todas son de superación y de esfuerzo. Cuando tuve la oportunidad de encabezar una organización civil dedicada a la atención de víctimas y a la prevención de delitos en la Ciudad de México, teníamos una frase que resumía cómo debíamos de tratar a nuestros policías: a los buenos se les reconoce; y a los que no, se les denuncia.
Ahora, cada semana estoy en contacto con cientos de compañeras y compañeros del Servicio de Protección Federal, de una plantilla de miles. Pocas veces puede uno trabajar en un lugar con tanta gente comprometida con su institución. Decir que tienen “la camiseta puesta” es poco ante la dedicación de la mayoría de ellas y de ellos. Igual que sucede con nuestros compañeros de la Guardia Nacional, del Ejército Mexicano y de la Marina Armada de México. No por eso dejo fuera a los policías capitalinos y otros miles que forman parte de corporaciones estatales y municipales. Cuando uno escucha sus experiencias y sus motivos para hacer lo que hacen, lo único que cabe es el respeto.
En otras ocasiones lo he compartido, pero hoy es importante insistir en ello: si queremos una nación más segura –ahí están las cifras con una tendencia a la baja en casi todos los delitos de alto impacto y la percepción, medida por el Inegi, de seguridad al alza– tenemos que confiar y reconocer a los integrantes de la estructura de seguridad que lo merecen.
Dos terceras partes de la jornada laboral de un policía estatal en una ciudad considerada grande están dedicadas a atender problemas ciudadanos, desde conflictos menores, hasta disputas vecinales, que deben zanjar convenciendo a personas que no logran ponerse de acuerdo con otros semejantes que viven en la misma calle o en el mismo edificio. En el caso de la Guardia Nacional, he comprobado que su confiabilidad se sustenta en una reacción inmediata a cualquier llamado de la población y un trato directo con las comunidades para resolver cuestiones básicas de prevención. Es un trato no sólo humano, sino de ciudadano a ciudadano y ahí se encuentra la clave.
El paso que debemos seguir es el de la valoración de cada uno de los integrantes de la estructura de seguridad. Ellos son los que merecen los aplausos. Y los pocos que no, hay que señalarlos a través de la denuncia. También lo he comentado en otros momentos: los ciudadanos merecemos mejores policías, pero los policías también merecen mejores ciudadanos.
