Desde hace más de 15 años he repetido una idea nacida de la experiencia en las calles, en los consejos ciudadanos y en la realidad cotidiana de nuestra sociedad: “Pasar de la protesta a la propuesta”. No fue una frase hecha. Fue una convicción: la crítica sin camino se convierte en ruido, mientras que la inconformidad acompañada de una solución puede convertirse en transformación.
Con el tiempo, esa idea evolucionó. En 2014 dimos un paso más: “Pasar de la protesta a la propuesta y a la acción cuando corresponde”. La acción es el puente entre la intención y el resultado, entre la voluntad y la transformación, pero faltaba un elemento fundamental: medir. No para castigar, sino para aprender, corregir y mejorar.
“Pasar de la protesta a la propuesta, de la acción a los resultados”. Las sociedades ya no quieren ideologías que pretendan explicar todos sus problemas mientras dejan pendientes las soluciones. Quieren saber qué se va a hacer, cómo se hará, quién será responsable y, finalmente, qué se logró.
No significa renunciar a las ideas, principios o valores, sino que éstos adquieren sentido cuando mejoran la vida de las personas. Y para conseguirlo hacen falta voluntad y compromiso. Voluntad para decidir; compromiso para cumplir. Una sin el otro produce buenas intenciones. Juntos producen resultados, pero existe una condición adicional, legitimidad.
Ésta no se impone, se construye. Surge cuando las personas perciben congruencia entre lo que se promete, lo que se hace y lo que se obtiene. Un gobierno, una empresa, una institución o un liderazgo pueden tener autoridad formal, pero la confianza aparece cuando sus decisiones son comprensibles, transparentes, responsables y producen resultados verificables.
Una sociedad responsable no sólo exige, participa, y no solamente evalúa, exige rendición de cuentas. Esta fórmula funciona en cualquier sector. Cuando un ciudadano identifica un problema, propone una alternativa viable, participa en su solución y mide sus resultados, ejerce corresponsabilidad.
Primero, protestar con causa: reconocer lo que duele, falta o debe cambiar. Segundo, proponer con inteligencia: escuchar, aprender, sumar conocimiento y construir alternativas posibles. Tercero, actuar con responsabilidad: asumir que siempre existe algo que nos corresponde hacer. Cuarto, medir y exigir resultados: transparentes, verificables y sostenibles. Y quinto, construir legitimidad: lograr que las decisiones y sus resultados generen confianza porque existe coherencia entre palabra, acción y realidad.
Durante demasiado tiempo confundimos participación con reclamar, liderazgo con mandar, comunicación con convencer y gobernar con administrar. Necesitamos resolver. La protesta identifica el problema. La propuesta señala el camino. La acción demuestra el compromiso. El resultado aporta la evidencia. Y la legitimidad genera confianza.
Los ciudadanos tienen hoy más información, herramientas y capacidad para comparar. Las instituciones ya no pueden pedir confianza sólo porque representan autoridad, deben merecerla. La confianza se construye todos los días con claridad, transparencia, cumplimiento y resultados.
Los problemas deben convertirse en retos; los desacuerdos, en oportunidades para construir acuerdos; las diferencias, en fuentes de mejores soluciones. Y los resultados deben servir para aprender, corregir y avanzar. La ciudadanía moderna no puede limitarse a observar. Debe pensar, participar, actuar y comprobar. Confiar, pero también confirmar.
Pasar de la protesta a la propuesta. De la propuesta a la acción. De la acción a los resultados. Y de los resultados a la legitimidad y la confianza.
Porque, al final, una sociedad no avanza por lo que promete ni por la ideología que proclama. Avanza por su capacidad para responder, resolver y demostrar resultados.
Ésa es la ruta del progreso real. ¡Hacer el bien, haciéndolo bien!
