Por la paz, no hay otro objetivo

El terror es la herramienta para detener el progreso social y mantener inmovilizada a una sociedad a través del miedo. Este propósito siempre está respaldado por intereses que no tienen nada que ver con el beneficio general y sí con crear pánico, división y ...

El terror es la herramienta para detener el progreso social y mantener inmovilizada a una sociedad a través del miedo. Este propósito siempre está respaldado por intereses que no tienen nada que ver con el beneficio general y sí con crear pánico, división y desconfianza.

Cualquier acto de terror debe ser condenado, en donde ocurra, porque su meta es destruir no sólo en los hechos, sino también en la percepción de la gente, para intentar convencerla de que la paz no es posible y que la única solución es actuar con la misma, o más, fuerza. En pocas palabras, deshumanizarnos. Y eso es inaceptable.

Como sociedad, debemos rechazar cualquier acto de violencia, pero encontrar los caminos por los cuales se pueda evitar o reducir el conflicto. A nadie le conviene la agresión, excepto a los que siembran pánico y toman la vía de la violencia para destruir el fundamento de cualquier comunidad: la unión.

De manera corresponsable, nos toca hacer precisamente lo contrario a lo que hacen quienes usan el terror, debemos exigir la paz, demandar el diálogo y, sobre todo, pedir que los responsables sean presentados ante la justicia. La Ley del Talión no tiene cabida en una sociedad inteligente.

El respeto y la tolerancia son dos valores que sientan las bases de la construcción de la paz. No tenemos que coincidir en todo, pero sí en lo fundamental y eso es la armonía con la que podemos, y debemos, convivir. Tolerar no es soportar algo que no nos agrada de alguien o no coincide con nuestras ideas, es abrir nuestro criterio a otras interpretaciones y formas de pensar. Lo único que no puede consentirse es hacer daño a otra persona.

A lo largo de la historia, por medio de mucha manipulación y desinformación, se ha confundido a grupos sociales importantes para enfrentarse por causas inventadas o agravios que no les constan. El radicalismo con el que se han cometido los peores crímenes de la humanidad ha sido alimentado por mentiras y apoyado por un deseo equivocado de prevalecer por encima de otra cultura y de otra manera de ver la vida. Frente a eso, el único objetivo que debemos perseguir es el entendimiento.

David Ben-Gurión, primer ministro en la historia de Israel, dijo que quien no creía en los milagros, no era un realista. Yo creo que la paz es un milagro que puede producirse muchas veces y sólo basta con tener voluntad y compromiso para hacerlo realidad. Por eso, es que la solidaridad, particularmente la que provocan los momentos de emergencia, surgen actos de nobleza que parecen estar dormidos en nuestras sociedades hasta que nos damos cuenta de que la única forma de continuar como individuos es juntos y con los mismos objetivos.

El egoísmo puede ser útil para la supervivencia; pero ése es el principal error en el que caemos, no estamos sobreviviendo, lo que deseamos es prosperar y vivir mejor. Eso sólo lo da la comprensión y el sentido de pertenencia, porque no somos tan distintos como nos tratan de hacer creer y nuestra naturaleza no es el aislamiento, sino la emancipación, por medio de las emociones más nobles.

Es un hecho científico, comprobado en muchos estudios, que dar provoca una emoción mucho más compleja y rica en aprendizaje que satisfacer nuestros deseos y ambiciones. Lograr algo importante para nosotros y no tener alguien con quien compartirlo es la mayor tragedia que se puede experimentar durante nuestra existencia. Compartir nos ayuda a darle sentido a todo lo que hacemos y por eso deja una huella profunda cuando lo hacemos, aún en las ocasiones que parecen superficiales.

En cualquier momento de gran dolor, el juicio se nubla y dejamos que los peores sentimientos afloren. Ésa es la victoria del terrorista, bajarnos a su nivel para que ahí perdamos lo mismo que ha dejado en el camino: el auténtico propósito de la vida. De esa forma, sus actos, por atroces que sean, tienen una justificación y se encadenan en una secuencia infinita de agresiones que llevan a la destrucción de todo lo que consideramos bueno, moral y civilizado.

En un entorno así, la única ley es la del más fuerte, nunca el más capaz o el más inteligente. Hagamos que sea la cordura y la unidad lo que se impongan frente al terror, venga de donde venga. Esto no significa cruzarnos de brazos ni dejar de actuar cuando nos corresponda; sin embargo, significa que no perderemos, en ninguna circunstancia, lo que nos hace personas de bien y eso es la convicción de que el único destino posible que merecemos es el de la paz duradera.

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