Percepción a la baja

Nuestra percepción es poderosa; a veces tanto, que altera el comportamiento y la manera en que vemos el entorno. Pero la sensación más fuerte no es comparable con la contundencia de los hechos. Es decir, el peso de la realidad tiende a vencer, tarde o temprano, a la ...

Nuestra percepción es poderosa; a veces tanto, que altera el comportamiento y la manera en que vemos el entorno. Pero la sensación más fuerte no es comparable con la contundencia de los hechos. Es decir, el peso de la realidad tiende a vencer, tarde o temprano, a la emoción. ¿Cierto?

Es complejo afirmar hasta dónde estamos dispuestos a llevar lo que creemos por encima de lo que realmente sucede. Existe una frase que asegura que “un optimista es sólo un pesimista mal informado”. Aunque pensar que nada es imposible es el sustento de la superación personal y de los cambios que en algún momento estaban fuera de toda posibilidad. Creer es parte sustancial para hacer. Nos gusta sentir que no hay barreras y que nuestra historia siempre será, con sus baches, ascendente. Nada malo con ello. Sin embargo, si casi en todos los aspectos de nuestra vida personal estamos seguros de que los tiempos que vendrán serán mejores, ¿por qué no podemos convencernos de lo mismo en comunidad?

Tal vez una explicación es la manera en que nos informamos, o no, acerca de lo que sucede a nuestro alrededor. Ésta es la era de la economía de la atención, en la que recibimos cientos de mensajes y demandamos brevedad para comprender lo que sea que se nos quiera explicar. Sólo que eso no quiere decir que estemos comunicados o unidos. Gozamos del mayor acceso a información que haya tenido nuestra especie y, no obstante, nunca estuvimos más en riesgo de vivir desinformados.

Esta semana el Inegi hizo pública su más reciente Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU). De acuerdo con los resultados, la percepción de inseguridad entre los entrevistados descendió a 59.1% el año pasado, la más baja en una década.

En 2013 esta sensación de inseguridad en el lugar de residencia estaba casi diez puntos arriba (68%) y en 2017 registró su porcentaje más alto (75.9 por ciento). Ese año, casi ocho de cada diez mexicanos no nos sentíamos seguros en nuestro vecindario, colonia o municipio.

¿Hace diez años teníamos razón al sentirnos inseguros y ahora vivimos engañados por esa misma sensación que nos asegura que corremos menos riesgos?

La explicación estaría en la realidad, particularmente la de las calles que frecuentamos, y ahí cada quién tendrá su propia opinión, pero la tendencia descendente no ha parado y esa disminución de la angustia y la incertidumbre la sienten hoy, según el estudio, seis de cada diez personas.

No creo que debamos ignorar la coincidencia de quienes participan en este ejercicio, ni antes ni después. Como tampoco la que expresan muchas víctimas de delitos que nos afectan a diario y cuya impresión, naturalmente, es contraria.

Otra causa que explicaría la baja podría estar relacionada con la confianza. En un país en el que la falta de ésta es la principal enfermedad social, la Marina Armada de México cuenta con 85.6% de la confianza de la ciudadanía, seguida del Ejército con 83.5%, la Guardia Nacional, 74%, y un lejano 54.1% a las policías estatales, que continúan como el eslabón más débil de la cadena de la seguridad pública nacional, a pesar de que varias de ellas están avanzando hacia una profesionalización que les dé una mejor impresión ante los ciudadanos.  Siempre he sostenido que una sola víctima es demasiado para una sociedad pacífica, pero esta tendencia ya refleja un cambio favorable para todos, porque quienes buscan afectarnos no miran colores, ni les interesa ninguna de nuestras preferencias. Esta sensación de seguridad, o de falta de ella, está implicada en la forma en que actuamos y tomamos decisiones, porque también la influye las experiencias personas y la información que nos llega.

No por nada uno de los grandes riesgos mundiales de este año serán las noticias falsas y su uso para engañar. Mi sugerencia es que analicemos esta última entrega de la ENSU y dialoguemos con nuestro entorno para saber qué opinan; al mismo tiempo, afinemos las fuentes de información que tenemos y busquemos medios y plataformas que sean confiables por su veracidad y profesionalismo. Sólo así podremos lograr el gran objetivo de la seguridad: empatar realidad con percepción.

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