Paquete económico

El empuje que dará el ingreso directo a muchas familias mexicanas por diferentes programas federales y un seguro incremento en el número de remesas que llegan al país, se reflejarán en el consumo interno y en la compra de otro tipo de bienes que hasta ahora fueron prohibitivos para muchas y muchos ciudadanos

Todo indica que la propuesta de presupuesto que hoy ingresará el gobierno de la República al Congreso será austero, restringido en el gasto y sin muchas sorpresas para tratar de enviar señales de confianza a los mercados que lo evaluarán con mucho cuidado.

En un entorno internacional difícil, con una guerra comercial entre las dos superpotencias mundiales, la mesura tendrá que ser una marca del paquete de ingresos y egresos que se discutirá durante las próximas semanas, en unas cámaras legislativas que forcejearán como cada año por la manera en que se repartirán los recursos nacionales.

A pesar de estas circunstancias, la promesa de no aplicar nuevos impuestos y no aumentar en términos reales los ya existentes, apretarán nuevamente el cinturón del gobierno federal, de las administraciones estatales y de sus diferentes órganos operativos.

En lo político, estos serán compromisos cumplidos que se podrán presumir ampliamente entre la población, aunque dejarán a los responsables de cuadrar los números, dentro y fuera de San Lázaro, con la complicada tarea de que los programas sociales crezcan, aunque los ingresos sean, más o menos, los mismos.

Dos indicadores de que buscarán fórmulas alternativas para compensar son las posibles cargas impositivas a los servicios surgidos de aplicaciones tecnológicas y el aumento de impuestos en refrescos, alcohol, y comida llamada “chatarra”. Nada nuevo, por cierto, pero atractivo si se busca ampliar las contribuciones.

No obstante, esta mesura no tocará durante un año la urgente reforma fiscal que haga más equitativa y grande la base de contribuyentes, así como de una miscelánea fiscal sencilla, clara y con la menor cantidad de recovecos posible.

También, otra vez, las empresas tendrán que prever escenarios en los que el gasto público se moverá con lentitud y las inversiones en coordinación con los diferentes niveles de gobierno tendrán que seguir dependiendo de los tiempos políticos, esos que cuando se mezclan con cualquier cosa, terminan por perjudicarla.

Aun así, el empuje que dará el ingreso directo a muchas familias mexicanas por diferentes programas federales y un seguro incremento en el número de remesas que llegan al país, se reflejarán en el consumo interno y en la compra de otro tipo de bienes que hasta ahora fueron prohibitivos para muchas y muchos ciudadanos.

El empleo que empezarán a generar varios de los megaproyectos de la actual administración hará un contrapeso en la tradicionalmente débil economía del sureste, mientras que en el norte deberán adaptarse a la volátil situación política en la que entrarán los Estados Unidos, donde la migración y la amenaza de tarifas elevará la incertidumbre de varios sectores comerciales.

Una salida es la reactivación de la industria de la construcción y para ello la iniciativa privada prepara un programa nacional de infraestructura que podría ayudar a reparar en algo las pérdidas que tuvieron este año en las principales ciudades del país, en particular en la capital.

De fondo, la única variable a seguir es qué harán funcionarios y legisladores para que el presupuesto alcance, genere crecimiento y aproveche el desarrollo que puede provocar la política social de la actual administración.

El nombre del juego será, nuevamente, confianza. No sólo en las decisiones económicas, sino en las políticas, en los resultados en seguridad pública y en la madurez de la relación entre empresarios y gobierno. En juego está un país distinto y mejor.

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