Motocicletas, movilidad y seguridad
Uno de los efectos más notorios después de la pandemia es la multiplicación de las motocicletas y motonetas por todo el país. Alternativa económica para movernos en el tráfico de las grandes ciudades de la República, estos vehículos se han convertido también en un ...
Uno de los efectos más notorios después de la pandemia es la multiplicación de las motocicletas y motonetas por todo el país. Alternativa económica para movernos en el tráfico de las grandes ciudades de la República, estos vehículos se han convertido también en un patrimonio familiar que apoya en varias actividades que son sustantivas para cualquier hogar. Desde permitir llegar al trabajo, hasta la transportación de niñas y niños a la escuela, son una herramienta y no tanto un lujo en segmentos amplios de la población.
Esto ha provocado que en municipios y alcaldías tengamos un desfile de conductores que transportan en dos ruedas a infantes y adultos, reparten mercancías y hacen mudanzas no tan menores, el cual ha modificado las incipientes reglas de manejo y la convivencia en el espacio público destinado a vehículos, bicicletas y peatones.
Las quejas ciudadanas varían dependiendo del papel que nos toca jugar en la distribución de las áreas que corresponden a la vialidad. Para los automovilistas, los conductores de motocicletas “culebrean” con poca precaución por avenidas y calles principales, cuando no circulan en sentido contrario; los peatones lamentan que, por sus dimensiones, se deba poner todavía mayor atención en las banquetas y camellones.
La movilidad, como todo en el mundo, cambia constantemente; por eso el diseño de políticas públicas y el desarrollo de buenos hábitos ciudadanos de convivencia, permiten encontrar soluciones a los problemas cotidianos que se deben resolver. El objetivo es alcanzar una calidad de vida satisfactoria para la mayoría de la sociedad y ello demanda inteligencia, adaptación y comportamientos civiles adecuados.
Explicar este fenómeno solo desde un punto de vista económico es ver los árboles y perder de vista el bosque. Claro que para miles de hogares mexicanos es más conveniente adquirir una motoneta a plazos, para satisfacer sus requerimientos de traslado, que comprar un automóvil. Asimismo, está la necesidad de una regulación. Y aquí soy muy claro en que escribo acerca de las motocicletas de bajo cilindraje y las populares motonetas; el tema de las motos de alta gama es una discusión distinta, aunque también pertinente, sobre todo cuando tocamos ciertas prácticas que cometen en las carreteras los propietarios de vehículos de gran capacidad.
Recientemente, durante una reunión con algunos presidentes municipales, uno de ellos proponía que ninguna motocicleta ni motoneta de tipo urbano circulara sin placas, licencia del conductor y dos cascos (conductor y acompañante) para detener los accidentes que habían crecido en su localidad ante el crecimiento en número de éstas. La propuesta, muy buena, no era nueva y yo lo sabía. Hace unos siete años, cuando tuve la oportunidad de encabezar una organización civil dedicada a la prevención del delito y a la atención a víctimas en la Ciudad de México, propusimos lo mismo y estuvimos cerca de llegar a un acuerdo que hubiera sido histórico.
Todo comenzó con un mensaje en redes sociales en las que planteaba esas propuestas de regulación. La respuesta fue inmediata y, de inicio, agresiva de parte de asociaciones, clubes y aficionados al motociclismo. Sin embargo, terminamos por estar de acuerdo en muchos aspectos de la movilidad en las ciudades y en las carreteras, y pactamos una reunión presencial para seguir conversando. La sala de juntas de entonces estuvo llena de representantes de miles de aficionados a rodar y de otros grupos. Entendimos todos los retos y, unidos, encontramos posibles soluciones. El impacto fue tan positivo que, amistad aparte, pudimos reunir a las principales empresas del sector, establecer un programa de registro de placas, licencias y obligatoriedad de un casco, que desembocó en un amplio foro legislativo para convertirlo en parte de las leyes que norman nuestra convivencia pública. Tristemente, ahí quedó.
No obstante, la perseverancia es también una cualidad de una sociedad inteligente y, estoy convencido, nosotros formamos parte de una. La conducción responsable de motocicletas y motonetas no es sólo una demanda ciudadana en un país que, poco a poco, se está moviendo más en dos ruedas, sino que está relacionado directamente con la seguridad de todos. Comencemos por dialogar acerca de las mejores formas de regular su presencia, para después compartirles por qué podríamos vivir con mayor tranquilidad si mejoramos la forma en que manejamos un vehículo. Puede que sea un buen momento para abrir, de nuevo, este debate.
