Mirar de frente a la violencia
Es tan peligroso romantizar el crimen, como ubicarlo en una narrativa de terror absoluto. La violencia no es normal y no podemos acostumbrarnos nunca a ésta. Pero si no comprendemos su origen y no atendemos sus causas, estaremos como hasta ahora: de pie frente a un espejo, ...
Es tan peligroso romantizar el crimen, como ubicarlo en una narrativa de terror absoluto. La violencia no es normal y no podemos acostumbrarnos nunca a ésta. Pero si no comprendemos su origen y no atendemos sus causas, estaremos como hasta ahora: de pie frente a un espejo, tratando de agarrar la imagen que nos devuelve. El delito no es un espejismo, es real, y nuestras sociedades malgastan mucho tiempo en perseguir fantasmas que no existen y, en el camino, asustarse con ellos.
No abordaré el caso más reciente de violencia extrema que ha ocupado los titulares de los medios de comunicación tradicionales y de las redes sociales, porque es tan doloroso como otros que han ocurrido en el pasado, precisamente porque las condiciones que lo propiciaron se mantienen y por eso el esfuerzo de miles de mujeres y de hombres que tofos los días ponen su vida en riesgo para construir la paz, pareciera no contar. Me referiré a lo que nos corresponde como ciudadanos para ayudar a detener en seco este problema, el principal, y que no estamos haciendo con la emergencia que expresamos cuando demandamos seguridad en el país.
La primera acción pendiente que nos toca es aumentar la denuncia. El miedo es entendible, pero hoy contamos con millones de teléfonos celulares con una cámara de video y de fotografía, aplicaciones y plataformas para exhibir cualquier hecho que afecta nuestro buen y bien vivir. Es un principio muy simple, ningún delincuente puede hacerse invisible y por ello, alguna de sus acciones es observada por vecinos, transeúntes y personas que cuentan con datos que podrían prevenir todo tipo de crímenes, desde los atroces, hasta los que consideramos, erróneamente, menores. Si quienes atentan contra nuestra tranquilidad usan los medios a su disposición para revelar sus fechorías, no es comprensible que una sociedad que exige paz y seguridad, lo haga también.
Una segunda tarea que nos corresponde es inculcar principios y valores en el hogar, y a los más jóvenes. Es falso que el camino del crimen es uno de poder y de dinero. Es una estructura piramidal, donde los puestos de arriba ya están decididos y tratar de alterar su estructura sólo se consigue a través de uno de los enfrentamientos entre bandas que disputan territorio e influencia.
No se trata de prohibir, ni de censurar, es explicar y explicarnos que el mito de las ganancias instantáneas y la aceptación social sólo está en la ficción y que el triste destino de las y los que ingresan a una organización delictiva es la prisión o la muerte. Los responsables de crianza tenemos el reto de obligar, como audiencia y consumidores, a la industria del entretenimiento para que narre la verdadera historia y no la que se expone en esos contenidos que cuentan una popularidad relativa, fundamentada más en la mercadotecnia que en los deseos del público.
Un tercer objetivo, es rechazar cualquier acto ilegal o que altere la paz. De quien sea. La ley y las normas que nos conducen en lo colectivo no pueden aplicarse a conveniencia y, mucho menos, exceptuarse cuando nosotros o alguien cercano, las quebranta. El ejemplo y la congruencia son dos valores que hemos puesto a un lado y ambos alimentan a la impunidad. Finalmente, nos falta organización. No le hemos denominado “crimen organizado” por casualidad. Le atribuimos capacidades que no tiene y facultades de las que carece. Su fuerza está en la complicidad con malas autoridades, en el miedo y en un poder económico que se está diluyendo, gracias a que el contubernio desde el gobierno se ha roto.
Agrego una labor más que es indispensable: el reconocimiento y la confianza a la mayoría de los cuerpos de seguridad nacionales. Miles de mujeres y hombres de nuestra Guardia Nacional y de nuestras Fuerzas Armadas, además de varias policías estatales y organismos de Seguridad del Estado mexicano, entre ellos el Servicio de Protección Federal, están convencidos de que esta construcción de paz es posible. Tenemos una deuda social con ellos que podemos saldar con dar el respeto que merecen y se ganan todos los días a costa, incluso, de su vida.
Así es como podemos detener y reducir la violencia. Sin más rodeos: participando, involucrándonos, y mirando de frente al problema, para solucionarlo como una sola sociedad.
